Stanhope Alexander Forbes (1857-1947), "Brindis de boda". El cuadro sintetiza admirablemente el espíritu del brindis, dentro de una modesta ambientación, con unos pocos invitados de familia, entre los cuales se levanta el joven marino que, disfrutando quizás de un permiso, brinda al final del convite por la felicidad de la hermana recién casada.

En España “brindar” viene de una expresión alemana: Ich bringe dir’s, que significa “te lo ofrezco”. Esta palabra llegó al español por medio de los soldados alemanes de Carlos V que en 1527 celebraron su victoria sobre Roma gritando esa expresión con sus copas alzadas.

Como acto de cortesía y de buenas maneras, la acción de brindar es muy simple: primero se levanta en alto la copa, a la altura de los ojos,  iniciando un gesto reverencial con la cabeza, o entrechocando la copa con la de los otros; antes se expresa un deseo por la felicidad de alguien.

Significado humano del brindis

Brindar es una manera de mesa que tiene como protagonista especial al vino, alma a veces de la comida. Expresa un aspecto del ser moral del hombre que no sólo opera metódica­mente para apor­tar a su cuerpo los ali­mentos necesarios, sino también  para hacer de la comida un punto de reunión: primero de su familia y después de sus amigos, de modo que en una comida los convidados vengan a formar un solo cuerpo y un solo sentir.

¿Para qué se brinda? Los motivos esenciales del brindis se centran en la amplia gama de promoción material, es­piritual, social, artística y religiosa de un ser humano. Cualquiera de estos aspectos es un motivo para brindar.

¿Por quién se brinda? Por alguien grande, y es grande porque lo queremos.

¿Por qué se brinda? También por algo grande, aquello que queremos para el amigo.

Tiene, pues, el brin­dis, una afinidad con la magnanimidad o grandeza de alma. En realidad, a alguien “grande” sólo se le puede obsequiar con lo mejor de noso­tros mismos, con la propia libertad. En el brindis hay dos libertades que se miran. No se brinda desde una situación de ne­ce­sidad, ni por una situación de nece­si­dad.

Los motivos del brindis

Se puede brindar, en primer lugar, por al­go perso­nal: para no dejar solo a al­guien; o para procurar abrirle un ámbito de vi­da, ofre­ciéndole ayuda, amistad, me­dios, facili­dades, soluciones, oportuni­dades.

Se puede brindar, en segundo lugar, por algo gene­ral: social, estético.

Se puede brindar, en tercer lugar, por nuestra vida espe­cífica de seres racionales: seres compro­metidos en una comunidad básica de vida, en una misma condición de seres humanos.

¿Con quién se brinda? Puede ser so­lamente con otro, a través del lenguaje del amor y de la amistad íntima. Puede ser con varios, mediante el gesto y el len­guaje de la amistad social. Se puede brindar con muchos: mediante el gesto y el lenguaje de la camaradería.

El vino, sustancia del brindis

¿Con qué se brinda? Especialmente con vino, bebida que dispone a la alegría y despierta la imaginación.

El vino encie­rra una profunda dimensión simbólica, la cual conjuga las facultades humanas más específicas: la voluntad, la inteligencia y el sentimiento.

En primer lugar, expresa la voluntad humana, y por eso fue entendido como licor de vida, de eterni­dad, de inmortalidad y de juventud: ca­paz de distender y unificar el propio ser, poniendo cultura en la técnica, relajación en la neurastenia de la gran ciudad, risa en el llanto y en la tristeza de la vida la­boral, espíritu en la materia, concordia en la disgregación.

El vino manifiesta también la inteligencia, por lo cual se comprendió como elixir de conocimiento universal y profundo: de sabiduría, de verdad, de vida contempla­tiva y activa.

Por último, el vino expresa el sentimiento: y así fue entendido como néctar de alegría y de amor: elixir que supera los obstácu­los y es unitivo. Capaz de eternizar el pre­sente, frente a la eternización del pa­sado, poniéndonos ante el gran mo­mento: lo eterno en el tiempo.

El brindis es relacional, se refiere al otro

El ilustrado Voltaire indaga, en su Dictionnaire philosophi­que, el ori­gen de la costumbre de brindar a la sa­lud. Y pre­gunta socarronamente si beber vino a la salud de uno mismo no es más natural que beberlo a la salud de otro. Voltaire inquiere sobre la utilidad que puede re­portar a la salud del otro el vino que yo bebo. Habría que decir: en el fondo, ninguna. Pero Vol­taire olvidaba quizás que al brindar por otro no trato yo de realizar un acto útil sino un acto inútil (un valor interio­ri­zado en la utilidad misma), en sintonía to­tal con su promoción de vida. Por su­puesto que no le deseo mal alguno, pero entre todos los bienes que al beber le de­seo es el principal el de vivir. Por eso el própino de los antiguos romanos signifi­caba aparentemente “bebo ante tí para que tú también bebas, te invito a beber” ; pero, más profundamente “bebo el primero deseándote un vivir feliz”. Ese acto, en cuanto que es comunitario, era co­rrespondido inmediatamente por el brin­dis de la otra perso­na que, de no ha­cerlo igual, mostraría no desear la felicidad de los demás invitados.

Por todas estas razones el brindis crea la sociedad convivial, frente a la superfi­cial sociedad ingestiva que en estado ebrio levanta el vaso sin motivación alguna, salvo el de una inconsciente evasión.

El brindis en la historia

Los antiguos griegos tenían la costumbre de alzar la copa con vino en convites amistosos, diciendo: “Bebo por la amistad” (philotesías, porque philotès significaba amigo).

Ya Homero describe varias veces el acto solemne del brindis en los héroes de la primitiva Grecia. Por ejemplo, pone a la encanta­dora Hebe ofreciendo a los Inmortales el divino néctar y narra cómo estos dioses olímpicos se invitan mutua­mente a beber, pre­sentándose la copa los unos a los otros. Esto es lo que ya ha­cían en la mesa los griegos, de pie y con la copa en la mano. Relata asimismo cómo Ulises y Ayax son invitados a un festín que Aqui­les les ofrece; al final de la comida se levanta Ulises, le presenta la copa y dice: ¡Salud, Aquiles! Y el mismo Ulises, a punto de dejar la patria de los feacios, asistiendo al banquete de despe­dida, se le­vanta al final, toma una copa, la pone en manos de Arete, esposa de Alcinoo, y le dice: ¡Yo te saludo, que seas feliz!

En la Grecia clásica se hacía pasar, en el preliminar de los con­vites, la copa de mano en mano para beber los unos a la salud de los otros, en medio de una ale­gría desbordante. Designaban in­cluso un symposiarca (rey del festín) para que fi­jara el instante y el modo de llevar los sucesivos brindis. Si alguno salía de un con­vite en el que nadie se había acordado de brindar por su salud se sentía afren­tado y no podía considerarse amigo de aquella casa. Al final de la comida llega­ban los brindis solemnes, hechos a gran­des tragos, que todos debían realizar. Estos brindis eran acompañados con melodías y cantos. Se finalizaba brin­dando en honor de los dioses lares y de los héroes familiares.

También en Roma se practicaba el brindis. Hacia el final de la República y comienzos del Imperio se realizaba con gran suntuo­sidad y lujo, al final de la comida, una vez que los platos habían sido retirados. Se distinguían dos tipos de brindis: uno, a la salud de los asistentes y otro, la libatio, ofrecida a los dioses arrojando algunas gotas de vino sobre la mesa o sobre la tierra. En los convites particulares presentaban la copa y decían simplemente: própino. Cuenta Ovidio que si había mujeres, el varón enamo­rado escribía a veces sobre la mesa con vino el nombre de la agraciada antes de pasarle la copa. Era de rigor brindar también por el Emperador ausente, non solum in conviviis publicis sed privatis quoque.

La ambigüedad social del brindis

El brindis era, para el amigo, el mo­mento de la gran confianza y, para el enemigo, la hora propicia de la gran traición, del vene­no, de la venganza tai­mada. De Cleopatra, por ejemplo, se cuenta lo siguiente: “Al finalizar la cena, Cleopatra invitó a Antonio a brindar; él aceptó y tomó la corona de Cleopatra, deshojando sus flores en su propia copa; cuando se la llevaba a la boca, la reina le sujetó el brazo, diciéndole: conoced a la mujer contra la que sos­pecháis injusta­mente. Si yo pudiese vivir sin vos, señor, ¿me falta­rían ocasiones y medios? A continuación mandó que viniera un es­clavo, ordenándole beber de la copa de Antonio. El desgraciado bebió y expiró al instante”.

Un brindis similar al de los antiguos era el de los medievales centroeuropeos paganos (Celtas, Galos, Bretanos y Ger­manos): “bebo por tí”, decía uno, dándole la copa a otro. Y bajo la misma fórmula iba pasando de mano en mano.

En la tradición cristiana se mantuvo el brindis, aunque no hizo falta una libatio con vino para dar gracias a Dios por la comida. Bastaba una sencilla oración de entrada (la bendición) y otra de salida (la acción de gracias). Pero no todos los pueblos cristianos realizaron fielmente esta costumbre. Como muchos alemanes abandonaran esta práctica, el concilio de Maguncia del 847 consi­deró oportuno exhortar a los curas y a los monjes para que pro­movieran las oraciones de la mesa. Estas exhortaciones fueron inúti­les. El papa Honorio III (1216-1226) re­currió a una estrata­gema gastronómica para que los alemanes volviesen a acor­darse de Dios en las comidas: concedió indulgencias especiales a todo ale­mán que bebiera un vaso de vino después de las comidas finaliza­das con una acción de gracias.

Brindis, convivencia, convite

La costumbre del brindis ha perdu­rado intacta en todas las cul­turas avanza­das y en las variadas formas o excusas de estar el hombre en la mesa con otros –política, vida familiar, galantería, amis­tad, etc.–, señal inequívoca de su signifi­cación simbólica uni­versal: la de sellar un orden de convivencia.

En la mesa se busca la promoción indivi­dual y específica (comunitaria) de la vida mis­ma, en su totalidad. Su fin no es algo de la vida, sino el subsistir de la vida misma. Por eso, en su profundo sentido antropológico, el brindis de la mesa no festeja la consecución de algo particular, sino la unión de los presentes en el acto fundamental de mantener su vida de se­res racionales y sociales. ¿Por qué no hablar en este sentido de una convivencia en el convite (symposium griego, convivium latino), sociedad que no se establece para alcanzar un fin distinto de la vida misma?

No está fuera del orden convivial el uso del vino, por cuanto el vino despierta la imaginación y dispone a la alegría, dos factores convenientes en las reuniones en torno a la mesa. El culto que muchos pueblos antiguos profesaban al vino, en forma de ofrenda a divinidades paganas, encierra el aspecto suprazoológico de la verdad del hombre como ser imaginativo y lúdico. Con vino se brinda muy ade­cuadamente por la vida semidivina del hombre como ser abierto al mundo con sus sentimientos, su voluntad y su inteli­gencia, brevemente como ser espiritual y social.

El brindis, en  fin, ha sido en la socie­dad tradicional un modo de unión afir­mativa con los demás: no una fusión dionisíaca, porque no buscaba la disolu­ción de la personalidad, sino todo lo contrario: la afirmación noble de la personalidad propia y ajena.

El brindis en entredicho

Pero en la sociedad industrial, la im­posición de la comida globalizada hace que se pierda  el sentido del convite tra­dicional, basado en el sentido del tiempo convivial. Por lo tanto, la ingestión de bebida es un elemento más del proceso de la “jornada laboral”, no una incisión vertical y ociosa en ese proceso, no una conjuración de lo mecánico y de lo útil. En el verdadero brindis uno mismo se siente nuevo: ello implica la afirmación del carácter supratemporal del hombre, el cual no ingiere como el animal: al brin­dar habla, ejerce la palabra, el logos, lo que los filósofos antiguos vieron como la plenitud de las capacidades humanas. El brindis es la hora de gratitud existencial.

Los usos actuales del brindis son, en sus maneras, más severos y graves –¿quizás menos cordiales?– que los anti­guos. Es probable que, en un mundo tan tecnifi­cado como el nuestro, no se vea ya el sentido profundo del hombre en el acto de comer. La pérdida del brindis sería un signo inequívoco de po­breza espiritual.

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