Annibale Carracci (1560-1609): “El come­dor de habas”. Cuando el pintor presenta la imagen del cliente solita­rio centrado en la función biológica del comer, vemos que su animalidad aflora desarticu­lada: su rostro desencajado, sus ojos desviados, su boca ávida, su mano aferrada al pan. La mesa no es ya un lugar de convivencia.

Mesa y convivencia

En un mundo tan globalizado como el actual, el hombre se ve con frecuencia carente de motivaciones para comer, pues en el frenético tráfago ciudadano los alimentos no son ya sentidos por él desde el punto de vista de los contactos humanos.

Baste reflexionar sobre el comportamiento alimentario de la vejez, el cual está fijado por la índole de los contactos familiares; es más, la convivencia en la vejez significa tan sólo “comer juntos”. Por eso, en la viudedad se experimenta un cambio muy fuerte en los hábitos alimentarios, ya que cada comida evoca constantemente al cónyuge perdido. Para evitar la sensación de haberse quedado solo, se tiende a comer cualquier cosa, sin sentarse siquiera a la mesa.

La comida compartida, aunque sencilla, hace que la conducta humana sea más espiritual y social.

Sentido humanizador de la mesa

Contando con una cuidada mesa, donde reposa el labrado cristal de las copas y la remansada oquedad de los platos, a través de un menú bien preparado, acompañado de un aceptable vino,  se puede producir una admirable comunicación culinaria y convivial: se transforman los rostros y las miradas, vuelan cariñosas palabras y, al final, incluso los comensales pueden disponerse a cantar. Alrededor de la mesa, los comensales reciben un mensaje de amor y de belleza que puede operar una metamorfosis anímica, espiritual.

Y es que la mesa misma bien dispuesta –con su adecuada vajilla y cubiertos, con el ritmo de sus viandas– es ya una voz que tiene algo que decir: tener algo que decir es la primera condición exigida en el ciclo de la comunicación. Además, hay un medio –mesa y viandas– de expresar lo deseado, segunda condición de la comunicación. Y hay unos receptores, los comensales, que reaccionan al mensaje, tercera condición de la comunicación. Asimismo, no es amorfo el medio físico –la disposición de mantelería, cubiertos y vajilla– utilizado para comunicar. Aunque al día siguiente los que fueron comensales apenas se acuerden de la reunión, la verdad es que interiormente ya serán otros.

Lo individual y lo común en el acto de comer

La necesidad de comer es el hecho más elemental de nuestra vida. Me siento urgido a comer en cortos intervalos de tiempo, y ciertamente nadie puede hacerlo por mí: el comer es una función completamente particular, individual, egoísta si cabe.

Aunque  hemos de cumplirla, cada uno ha de satisfacerla incondicionalmente por sí mismo. Ahora bien, este rasgo individual o egoísta del comer es idéntico o general en todos los hombres: es común a todos.

La palabra comunicativa en la mesa

Cierto es que también en el animal existe ese doble rasgo –individual y común– del comer. Pero en el hombre la «comunidad o generalidad» del comer está transida de un elemento espiritual: la palabra comunicativa, expresiva  de la razón, facultad propia de todos los humanos. Al hablar en la mesa comunicativamente ya no formamos una comunidad meramente biológica, sino también espiritual. El animal, aunque esté en manada, come siempre solo: no habla. Por eso, cuando el hombre come solo, prima en él la índole animal de su ser; por lo que necesita en ese preciso momento crearse al menos con la fantasía una compensación, en la cual entretenerse. Esos ojos perdidos del cliente solitario en la mesa de un restaurante buscan un mundo de sustitución o se complacen ya en él. De cualquier modo, están perdidos en una ilusión. El comensal solitario de una mesa de restaurante es un caso en que, incluso cuando conserve externamente las buenas formas, ha perdido el momento de socialización: se encuentra allí sólo para comer. Y aunque haya mucha gente a su alrededor, no busca la relación comunicativa misma como un valor propio. El proceso físico del comer mostrará entonces toda su fealdad.

La comida solitaria se limita a una función biológica, mientras que la comida compartida entre varios, bajo la palabra comunicativa, es una conducta más espiritual y social. El lugar físico de la mesa no está vacío de contenido cultural: representa las relaciones entre las personas, justo porque la mesa expresa la comunidad y las relaciones entre los miembros que toman parte en ella.

El problema humano de ser excluido de la mesa

De ahí que la exclusión de la mesa signifique la exclusión de la comunidad. Para castigar una culpa, la tradición benedictina de los monasterios conservaba una especie de ex-comunión (excluir de la comunidad), consistente en la exclusión de la mesa. Comer en solitario venía a ser para el monje castigado signo de una culpa y un modo de expiarla.

De ahí también que la moderna práctica del autoservicio sea tan poco unitiva. Cada individuo selecciona y consume lo que a él se refiere, yuxtapuesto externamente a los demás, sin vínculos que lo lleven a un acto de compartir.

En cambio, el comer en compañía es el fenómeno por el que el hombre trasciende de hecho o realmente su animalidad: su necesidad biológica de comer no se satisface ya de manera puramente biológica. No sólo es conveniente –o terapéuticamente recomendable– que el hombre no coma solo, sino que el modo social de comer es el único que salva al hombre de su egoísmo animal o natural. En el acto de comer, el hombre afirma su condición común de hombre y comprende a los otros en su existencia corporal: el que come a mi lado es tan hombre como yo y ambos descubrimos nuestros valores más comunes, a saber, las ganas de vivir y la fraternidad de seres vivos. El acto social de la comida unifica lo individual y lo común del ser humano.

Ingerir nutrientes y comer

Además en la comida los alimentos básicos son tomados no sólo como nutrientes biológicos, sino como expresión del esfuerzo psicológico que se pone en conseguirlos, como compensación de un trabajo. Un esfuerzo y una trabajo que normalmente también se hacen compartidos, pues son concomitantes a un proceso de labor colectiva. Con el alimento el hombre se come su propia energía separada, pero solidaria con la del prójimo.

La comida en la mesa festeja de suyo nuestro ser de hombres en común. Por eso mismo tiene la comida en la mesa un carácter alegre, superior incluso al que experimento cuando en solitario satisfago el apetito y saboreo los platos. Toda comida auténtica y humana es festiva.

Esto explica que cualquier acto de cierta trascendencia humana (desde un amor hasta una intriga) haya de compendiarse en una comida, en un banquete, donde el hombre es hombre frente al animal.

Por eso también, la mesa ha sido el espejo del comportamiento moral del hombre. De ahí que la historia de las maneras de mesa traduzca inevitablemente tanto los aciertos como los despropósitos morales de muchas civilizaciones.

En resumen, la comida en común es un doble acontecimiento antropológico: primero, de primitivismo fisiológico; segundo, de generalidad o comunidad, de donde recibe su significación supraindividual o espiritual, su valor social.

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