Fernando Botero, "Niña imaginando". Acodada en la barandilla de una galería, la niña gorda sueña quizás con un cuerpo delgado y esbelto.

 

 

Un cambio de sentido

La imagen del propio cuerpo está in­vadida hoy por los di­ferentes factores económicos, sociales y publici­tarios que asumen la del­gadez como “modelo” o ar­quetipo es­tético. No son ajenas a ello algunas ideas filo­só­ficas. La imagen de sí que hoy deter­mina la rela­ción del joven con su cuerpo está configu­rada por unas pautas colectivas que han cambiado el sentido y los valores de las sociedades occiden­ta­les.

La imagen que muchos jóvenes -ellos y ellas- tienen de sí mismos es en realidad un tro­pel de nuevas aspiraciones individuales que invaden a todos los grupos y clases. También la relación del hombre a los otros y al mundo están impulsadas por aquellas aspiraciones que exigen compro­meterse con el cuerpo para la sexualidad, el de­porte y la dieta. 

 

Dualismo antropológico e individualismo psicológico

Me temo que la actual “imagen social” del cuer­po lleve implícito un dualismo en el interior del hombre mismo, dualismo configu­rado por las ideas básicas que impreg­nan nuestra so­ciedad de corte indivi­dualista, en la que el individuo vive para sí mismo, siendo los demás unos instrumentos para su propio fin. En esa sociedad individualista queda el sujeto, en primer lugar, sepa­rado de la na­turaleza y de los demás; y, en se­gundo lugar, –como efecto de lo ante­rior– se­parado de sí mismo y de su cuerpo.

 

El cuerpo, instrumento inmediato

Una de las consecuencias más impor­tantes de este doble distanciamiento -de los demás y de uno mismo- con­siste en la instrumentación general que se hace de los otros y del pro­pio cuerpo. Ahora bien, los otros son más inmane­ja­bles e imprevistos que el propio cuer­po; en cambio, el individuo dispone de su cuerpo de modo mejor y más metódicamente.

De modo que el propio cuerpo se convierte fácilmente en mero objeto (en mero te­ner): en valor intercam­biable, que propor­ciona oportuni­dades de pro­vecho mate­rial o social. El cuerpo se hace ex­presión de la sociedad de consumo: es signo de un status y es, por eso, objeto de in­ver­sión; es un capital y un fetiche.

 

Intracuerpo y extracuerpo

Si he de mantener una forma corporal “perfecta” para ser aceptado y triunfar socialmente, entonces mi intracuerpo -el cuerpo que yo siento desde el interior- ha de estar sano y en forma; y mi extracuerpo -el cuerpo que los demás miran- ha de tener apa­riencia cuidada. Los temas sociales sobre el cuerpo son recurrentes: la be­lleza, la salud, el exo­tismo, la forma, la línea, el ejercicio.

A esa doble dimensión del cuerpo se acercan los mercantilistas,  los espe­cialistas del cuerpo. Y dicen: el cuerpo masculino exi­toso ha de ser joven, alto, fuerte, conquistador, bronceado, musculoso, desgrasado, de­sodoriza­do, desenfadado. Y el cuerpo femenino ha de ser joven, alto, ma­quillado, bronceado, seductor.

 

El cuerpo, mercancía social

El cuerpo se me convierte entonces en una mer­cancía. Y, por tanto, ha de ser dominado por mí: primero, para conseguir éxito con él; segundo, para con su forma do­minar a los de­más. Para ello el cuerpo ha de estar dis­ponible; y un modo de disponibilidad –no la única– es la delgadez. El gordo queda estigmati­zado, es culpabilizado (es el antiéxito); provoca ansiedad, porque parece que es signo de indolencia.

 

Refuerzos para dominar el cuerpo

La imagen que cada joven se forma de sí mismo está hecha mediante modelos o arquetipos sociales que, por su apariencia, por sus productos y por sus técnicas, refuerzan el dominio del cuerpo.

Apariencia modélica:

– lipofóbica o antiobesidad (con estigmatización del gordo);

– atractividad de top-models y artistas.

Productos modélicos:

– comidas y bebidas light (dulces, desnatados, cerveza);

– productos adelgazantes, laxantes y diuréticos;

– dietas mágicas.

Técnicas modélicas:

– gimnasias con procedimientos moldeadores;

– cirugía estética: liposucción, lipoescultura y lipectomía;

– aparatos de masajes estéticos: vibradores, depiladores

 

Viene el anuncio alimentario

A la formación de una distorsionada ima­gen social del cuerpo con­tribuye en buena medida el anuncio alimentario (en televi­sión, radio, prensa). Dicho anun­cio suele cubrir cuatro objetivos:

. Hace que descienda la autoestima; o se eleve el sentimiento de ver­güenza y culpa. Su primer mensaje subliminal es: “¿Te molesta tu cuerpo?”. El receptor debe de­cir inconscientemente: “Sí, me molesta”.

. Reviste al modelo de cinco ideas dispa­res, pero que han de significar lo mismo unitariamente:

– el modelo tiene, aparentemente, grandes dotes espirituales (inteligencia y li­ber­tad);

– el modelo triunfa social y económicamente;

– el modelo muestra esbeltez y leve peso corporal: parece que ser libre sería sólo tener ese cuerpo;

– el modelo promete un placer que supera cualquier sacri­fi­cio;

– el modelo afirma la facilidad y rapidez para conse­guir ese placer. De ahí los slogans correspondientes: “Libera tu cuerpo”, “Triunfa sin es­fuer­zo”, “El placer de adelgazar”, “Del­gada en una semana”.

. Asocia atractivamente (por impacto mul­tisensorial de medios ópti­cos y acús­ticos) el producto alimentario al cuerpo deseable y encantador. Al eslógan “¡Cam­bia tu vida!” hay que res­ponder comprando el pro­ducto en cuestión.

. Despierta el ansia de satisfacción cor­poral y seguridad psicológica: el recep­tor debe decir inconscientemente: “Quie­ro reali­zarme como ése/ésa, estando delgado como el modelo propuesto y comiendo el pro­duc­tolo indicado por el modelo.

 

Dominarse o ser dominado

La mayoría de la gente no se da cuen­ta de que las leyes esenciales con que expresa su cuerpo –que uno cree vivir espontáneamente– son en realidad domi­nadas ahora por las leyes de la imagen social, incorpora­das inconscien­te­mente. El hombre moderno cree que domina li­bremente su cuerpo, pero no es cierto: es dominado a su vez por la ima­gen so­cial acerca del cuerpo.

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