Camile Pissarro (1830-1903), “La cosecha”. Con fuerte estilo impresionista y brillantez cromática toca el tema de la vida de unos campesinos que hacen acopio de su cosecha. Captura el momento real con gran lirismo.

 

Nuevas tierras de cultivo

Me preguntan si son suficientes los recursos alimentarios existentes en el mundo para calmar las necesidades de los 6.900 millones de seres humanos de principios del siglo XXI. En realidad esta pregunta se viene repitiendo desde hace más de un siglo. Y se le han dado diversas respuestas, en función de la relación que puede existir entre población y alimentos.

Lo primero que debemos conocer es la extensión mundial de tierra disponible para la agricultura. Las aguas se extienden por 361.000.000 Km2. El total de tierras emergidas (sobre el nivel del mar) es de 149.000.000 Km2: de estas, las agrícolas vienen a ser  5.500.000 Km2; los bosques ocupan 40.000.000 Km2; los espacios no cultivados son, como mínimo, 50.000.000 Km2. El resto, muy amplio, se incluye en relieves (montes, montañas) y otros fenómenos geográficos.

Hay un primer modo -no el único- de contribuir a satisfacer la creciente demanda de alimentos, a saber: poner nuevas tierras en cultivo. Eso se está realizando de una manera muy lenta y con éxito moderado.

No lo ven así algunos pesimistas, al afirmar que la tierra del mundo se deteriora y que el equilibrio de los sistemas alimentarios está siendo socavado por la deforestación, la erosión del suelo, el cultivo excesivo y la desertización. Sin embargo, con datos en la mano, se prueba que la cantidad de tierra arable en el mundo aumenta anualmente. Por ejemplo, en la década que va de 1950 a 1960 la tierra de labor aumentó un 9% (1% anual) en 87 países que representan el 73% de superficie emergida. La India, en concreto, recuperó en ese período 100.000 kilómetros cuadrados de tierra cultivable. Desde 1963 a 1975 hubo un porcentaje de incremento del 7,4%.

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La India o el secreto de la autosuficiencia alimentaria

Si cupiera hablar de un país identificable como hambruno por excelencia, ése sería, según la «voz común», la India. Se ha venido repitiendo que nunca “será autosuficiente en alimentos”. Y sin embargo, la India logró ya en 1977 una reserva de grano de 22 millones de toneladas, teniendo que enfrentarse al problema del almacenamiento de stocks, expuestos a que la lluvia los pudriese y a que los roedores los devorasen. El potencial de la India para aumentar su producción de alimentos es enorme; y de hecho su situación alimentaria mejora progresivamente, debido a varios factores, entre los cuales deben destacarse los incentivos directos al agricultor y el precio de apoyo al producto, los cuales sustituyeron al control burocrático de precios sobre los alimentos. Este es un incentivo decisivo para producir más y mejor, pues de él se derivan más beneficios económicos para el agricultor.

Asimismo la medida política de apoyar con préstamos la compra de fertilizantes y semillas, permitió encauzar otras energías laborales hacia la realización de conducciones de agua. Al mejorar la tierra, el campesino hindú  obtiene con un trabajo ligeramente superior al normal más y mejores cosechas. Asimismo, con las nuevas técnicas de roturación, regadío y fertilización encuentra más campo para cultivar.

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Holanda, voluntad de sobrevivir

Mirado cuantitativamente el problema, puede afirmarse sin vacilación que el recurso de la tierra cultivable está en constante aumento, debido a la roturación de tierras nuevas y a la recuperación de tierras estériles. La tierra puede crearse incluso allí donde no hay tierra, como en Holanda, cuya mitad casi de superficie actual pertenecía al mar y fue recuperada creando diques y drenando las aguas. Holanda, más que una tierra, es una voluntad de sobrevivir.

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Queda mucha tierra por cultivar

A nivel mundial hay todavía más de 1.000 millones de hectáreas de tierra apta para ser puesta en cultivo. Si al final del neolítico, con la invención del arado, se produjo la primera gran revolución humana –pues se pudieron labrar suelos pesados–, en el siglo XX los tractores y la dinamita han desarraigado los impedimentos que entorpecían el cultivo de la tierra. Además el costo real de la roturación y cultivo de la tierra hoy día es menor de lo que era en el pasado, cuando todas las labores agrícolas tenían que hacerse a mano o con la ayuda de animales, y ello  con grandes gastos.

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Hacer producir más

Además, la técnica actual está en disposición de transportar agua de riego a las regiones áridas, las cuales serían recuperadas para la agricultura. Un caso típico de transformación de tierra desértica en campo feraz lo encontramos en la región central de Columbia, al este de Washington: el agua, bombeada desde el río Columbia y sometida a un nuevo sistema de riego por aspersión –mediante un brazo gigantesco que da una vuelta completa cada 12 horas a un campo redondo de media milla de diámetro– fertiliza constantemente una tierra semiarenosa, cuyos productos sorprenden por su excelente calidad.

En otras zonas donde el agua es escasa o salina se emplea el sistema de regadío por goteo. El perfeccionamiento de la maquinaria y del cultivo mismo puede ocasionar incluso un problema de superproducción.

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La Revolución verde

Lo que ha sido llamado Green Revolution, la «revolución verde» sólo significa que la técnica ha logrado, por ejemplo, variedades de trigo, de arroz y maíz de grandes rendimientos. Además, el incremento de cosechas por año en unidad de superficie es un modo cualitativo de ampliar, por intensificación, el recurso de tierra cultivable.

Ocurre que está creciendo el rendimiento por unidad de superficie. Pero esta revolución requiere grandes inversiones en fertilizantes, plaguicidas, riegos, junto con la energía petrolífera que, en países subdesarrollados, encarece y a veces hace inviable cualquier plan macroscópico de cultivo agrícola.

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Cultivar menos hectáreas para producir más

Allí donde esas inversiones no constituyen problema financiero grave, como en Estados Unidos, disminuye la cantidad de tierra cultivada, porque la aplicación de grandes máquinas de labranza y equipos de cosechadoras adaptados a las superficies llanas hace que aumente la producción agrícola total. Por ejemplo, en New Hampshire se cultivaban a mediados del siglo XIX 9.500.000 km2; pero a mediados del siglo XX se habían reducido a 2.000.000 km2.

En realidad el mundo puede producir una cantidad mucho mayor de alimentos de los que produce ahora, incluso en sitios tales como la India y Bangladesh.

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El reto alimentario de la técnica

Si los países de baja producción se pusieran a producir a los niveles actuales de la agricultura del Japón y de Taiwan, con la tecnología presente, la producción mundial de alimentos aumentaría hasta el punto de alimentar a cualquier población previsible.

Eso sin contar con futuras técnicas espaciales, como las derivadas de colocar unos grandes espejos en órbita que reflejasen la luz solar sobre el lado nocturno de la Tierra, para evitar las heladas nocturnas e incrementar el tiempo disponible de maduración.

Dejando aparte ese sofisticado, pero realmente posible, lado de la técnica, continuamente aparecen nuevos métodos que mejoran e incrementan la producción de alimentos, técnicas de riego mínimo con máximo rendimiento mediante aplicación de ordenadores: espárragos, lechugas, tomates –por citar productos de alto rendimiento en vitaminas y minerales– son cultivados bajo techo.

Por ejemplo, se plantan lechugas en un medio especial sobre bandejas móviles, las cuales se trasladan periódicamente de áreas con luz a otras oscuras para simular períodos diurnos y nocturnos, con lo que se obtienen más cosechas. No sólo las gallinas pueden ser sometidas a períodos cortos de luz y oscuridad para producir dos huevos… al día.

Asimismo, nadie duda ya de que el dinero invertido en investigación de semillas y fertilizantes obtiene interés a corto plazo. Lo mismo hay que decir de la adaptación científica de los cultivos a condiciones particulares.

De todo esto se sigue que los suministros de alimentos crecerán más deprisa en nuevas condiciones económicas y sociales.

El hecho de que el crecimiento de la población eleve la demanda de alimentos, requiere más trabajo y más inversiones a corto plazo para satisfacer esa demanda.

También aumentará el consumo por persona, sin merma para las posibilidades de la tierra.

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Distribución equitativa de los recursos alimentarios

Al aumentar las cosechas, baja el precio de los granos y… suben las lamentaciones de los labradores. La oferta de cereal ha crecido, debido a dos factores:

-primero, a la investigación, que ha elevado los conocimientos agrícolas;

-segundo, al incremento de la capacidad de transporte para llevar los productos al mercado.

Aunque los precios suben en sentido absoluto, no suben en sentido relativo: si se ponen en relación los precios del trigo con el índice de precios al consumidor, se obtendrá un diagrama con notable tendencia a la baja, a pesar de la creciente demanda. Es lo que pasa actualmente con el aceite de oliva en España.

Sobre el aumento de conocimientos, deben destacarse las técnicas para superar la sequía. Un ejemplo: los granjeros del sur de California sufrieron una importante sequía en 1977; incluso sus pozos se secaron. Pero sus cosechas eran altas. ¿Por qué? Porque abrieron nuevos pozos y cambiaron el tradicional sistema de riego inundante por sistemas de aspersión o riego por goteo.

Fue la creatividad, la imaginación, aplicada al trabajo lo que permitió superar la sequía y reducir probabilidades de cosechas reducidas.

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La ambigua lección de la abundancia alimentaria

Incluso puede ocurrir que una superabundancia de alimentos produzca una crisis tan importante como la provocada por la escasez. Por ejemplo, en Europa, al igual que ocurre entre los industrializados norteamericanos, los gobiernos mantienen un mecanismo protector de la agricultura y de la ganadería, garantizando a los productores unos precios superiores a los que obtendrían en un tipo de mercado libre.

Pongamos cuatro ejemplos europeos, sacados del período que va de 1980 a 1986: la mantequilla, la carne de vacuno, la leche y los cereales. En este tiempo, el stock de mantequilla aumentó de 250.000 a 1.700.000 toneladas; como se trata de un alimento que se estropea fácilmente, acaba siendo vendido a terceros países a precios ridículos. La carne de vacuno almacenada representó el 25% de la exportación mundial. También sobra leche de buena calidad; y para evitar más excedentes la Comunidad Europea paga un subsidio por litro no producido. Los excedentes de grano han aumentado de tal manera que suponen 1/4 de la producción mundial, lo cual ha acarreado el descenso de los precios; también se pagan subsidios por hectárea no cultivada.

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El problema de la acumulación de alimentos

Pero no queda aquí la cosa. No sólo la financiación agrícola, sino el simple hecho de mantener los stocks, origina en la sociedad un coste adicional importantísimo. Cada familia debe subvencionar al sector de la producción alimentaria y, además, pagar unos precios superiores a los del mercado libre. A pesar de estas subvenciones, la renta agrícola de la Comunidad Europea ha bajado a niveles alarmantes.

Sobre los productos alimenticios, el verdadero temor actual no es el propio de una crisis de escasez, sino el de una crisis de superproducción que acarrea tres situaciones paradójicas:

-primera, una acumulación de stocks desbordantes;

-segunda, una elevación de la contribución del ciudadano al sector primario de la alimentación;

-y tercero, una renta baja de las empresas agrícolas.

En realidad, la superficie cultivada de cereales en Estados Unidos y Canadá se está reduciendo, como antes se dijo, debido al abundante almacenamiento y al hecho de que con menos tierras cada vez se sacan mejores cosechas.

Por tanto, ahora el peligro general no proviene de la escasez por incapacidad de «producir», sino de la abundancia, la cual puede provocar dos efectos concatenados:

-primero, que los gobiernos incentiven al agricultor para «no producir», mediante subsidios encaminados a dejar tierra sin cultivar;

-segundo, que controlen los precios a medida que la producción disminuye.

Si los países productores intentan reducir así la producción pueden provocar escasez en lugares donde las disponibilidades de almacenamiento no son capaces de conservar muchos alimentos de un año al siguiente.

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El hambre como disparate humano

La pregunta del principio (si son suficientes los recursos alimentarios existentes para calmar las necesidades de los habitantes de nuestro globo) queda en parte respondida con lo dicho. Pero sólo en parte: porque las políticas económicas y administrativas que se practiquen pueden provocar tragedias mayores que la limitación física de la producción de alimentos. Lo cual no provendría entonces ni del crecimiento poblacional, ni del incremento de la renta, ni de los límites físicos de la tierra, sino de los “disparates de las instituciones humanas”.

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