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Dietética medieval, 11: Emociones positivas

Autodominio emocional

El dominio de las emociones es tam bién un factor dietético o de salud. La melancolía, la ira frecuente, el excesivo tra bajo: estas tres cosas consumen en breve tiempo la vida[1]. Por eso, Arnaldo obser va que “las pasiones y accidentes del ánimo mu dan o alteran el cuerpo terriblemente y ha cen notable impre sión en las obras del en tendi miento; y así, las que son daño sas de ben huirse con mucho cui dado y dili gencia: en particular, la ira y la tristeza”.

Por “accidentes” del alma en tendían los Regimina sanitatis no otra cosa que las pasio nes o emociones: lo que le pasa al alma por estar unida a un cuerpo sonpa siones; o lo que le acaece (accidit) en este mismo sentido son acciden tes; lo que le afecta por las cuali dades y com plexiones del cuerpo son afectos. Todos son términos equivalentes que se refieren a los movi mientos afectivos del alma sensitiva, tanto los excitados, como los calmosos. La con veniencia de este capítulo quedó recogida en el adagio: “mens sana in corpore sano“.

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Dietética medieval, 1: Fuentes, libros y autores

Mesa y dietética: la importancia del dietista

 

La gran tradición dietética antigua –la de Hipócrates y Galeno– quedó recogida por los médicos medievales.

La dietética griega es obra de una plé­yade de investigadores, muchos de ellos anónimos, que crearon desde el siglo V a.C. una tradición (el Corpus Hippo­crati­cum) sobre la salud del hombre.

Cuatro de los tra­ta­dos que se atri­buyen al médico griego Hipócrates (460-375 a.C.) están dedicados a los temas de la alimentación y de la dieta. Una vida sa­ludable requiere el equilibrio entre los “alimentos” que provocan un es­ta­do de plétora corporal y los “ejercicios” que sus­citan la eva­cuación, dentro de un “ambiente” ade­cuado en sus aires y en sus lugares. El sueño incluso es un factor nece­sario para “estar en forma”.

La doctrina dietética hipocrática quedó ab­sorbida en el De sani­tate tuenda de Galeno[1] –médico griego que vivió en­tre el 129 y el 201 d.C., y que ejerció en Roma su actividad–, cuya siste­mática elaboración se extendió a lo largo de la Edad Media a través de los médicos árabes[2] y de las versiones que a su vez se hicieron de estos al latín por los mé­dicos del sur de Italia (especialmente Cons­tantino el Africano, muerto en 1087) y por la escuela de traductores de Toledo (principal­mente por Gerardo de Cremona, muerto en 1187).

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Importante para el estudio de los ali mentos vegetales fue la obra de Dios córides Pedanus –médico de la época de Nerón y de Ves pasiano– estudioso de la botánica médica en un herbario conocido como De materia me dica. Interesante fue también la Diaeta Theo dori[3], un texto atri buido a Priscia nus Theo dorus, com puesto en el siglo IV, siendo quizás una re co pilación de otras fuentes antiguas. Otro tex to importante es el De observa tione ciborum[4], del médico Anthi mus[5], ex pul sado de Constantinopla hacia el año 477. Continuar leyendo

Dietética medieval, 2: Componentes fisiológicos

Modelo fisiológico dinámico

A la pregunta por el número de elemen tos básicos que componen el cuerpo huma no, un dietista antiguo respondería indi cando el cuadro adjunto


 

 

 

 

Pero a la misma pregunta, un dietista actual respondería indicando las cantidades adecuadas de oxígeno (65%), de carbono (18%), de hidrógeno (16%), de nitrógeno (3%), de calcio (2%), de fósforo (0,25%), de potasio (0,20%), de azufre (0,20%), de sodio (0,10%), de magnesio y hierro (-0,05%).

Pero un dietista medieval habría seguido explicando las siguientes  tesis bio-psicológicas.

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Dietética medieval, 3: Fuerzas y espíritus

Fuerzas o “virtutes”

 

En la dietética medieval es importante la doctrina de las fuerzas or­gá­nicas o virtutes, la cual se entronca con la teoría platónica y aristotélica del alma, el más radical y primario principio opera­tivo de todo el viviente. El alma hu­mana muestra tres nive­les, fuerzas o poten­cias: el racional (lógico), el irascible (fogo­so) y el concupiscible (deseos). Galeno establecía el primer nivel en el ce­re­bro, el segundo en el corazón y el tercero en el hígado. El alma se expresa, pues, en potencias o virtu­tes, modos de apa­ri­ción del alma misma.

La virtus es el principio particular de la operación en cualquier órgano[1].

1º La pri­mera virtus es la naturalis (physiké), con sede en el hígado, y preside las fun­ciones de reproduc­ción, nutrición y creci­miento.

2º La segunda virtus es la vitalis (zotiké), que se ori­gina en el corazón, con­cretamen­te en el ventrículo iz­quierdo, y mediante la acción que el calor cordial ejerce sobre la sangre sutil que allí penetra por el ta­bique interventricular rige la respi­ración y el pul­so por todo el cuerpo: su función es car­dio­rrespiratoria. 3º La tercera virtus es anima­lis (psychiké), a la vez cognitiva (mediante la cual se produce el conocimiento animal de sentir, imaginar, esti­mar y recordar) y motiva (afincada en los nervios y múscu­los, de la cual depende el movimiento vo­luntario y la vida de re­lación). Continuar leyendo

Dietética medieval, 4: Humores y temperamentos

Colérico. Iconografía de Ripa

 

Los humores

 

Toda la dietética antigua enseña que en todas las trans­formaciones de la sus­tancia humana perma­nece un fluido viscoso inmutable llamado “humor”, identificable al observar, por ejem­plo, las emisiones de los vómitos o la coagu­lación de la sangre; de aquí sur­gió la “doc­trina humoral”. Pólibo (400 a.C.) enumeró, en Sobre la naturaleza del hombre, cuatro humo­res básicos: la sangre, la flema (o pituita), la bilis amarilla y la bilis negra[1]. El jugo alimen­ticio o “quilo” de la primera digestión se con­vierte, por una segunda digestión operada den­tro de los órganos principales capitaneados por el hígado, en humor, el cual es a su vez causa inmediata, por una tercera digestión, de los distintos miembros sólidos. Por ejemplo, la sangre se genera en el hígado a partir de la porción templada del “quilo”. Cada humor es soporte de dos cualidades elementales: la flema, de lo frío y lo húmedo; la sangre, de lo caliente y lo húmedo; la bilis amari­lla, de lo caliente y lo seco; la bilis negra, de lo frío y lo seco[2].

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Dietética medieval, 6: Ejercicios, masajes y baños

Ejercicio guerrero

Ejercicios

 

Una vez elegido el ambiente oportuno para conservar la sa­lud, se ha de procurar el debido ejercicio. No se trata del ejer­cicio propio de los juegos, tor­neos y justas me­dievales –acce­sibles a unos pocos– cuya ex­presión novelada llena biblio­tecas; sino de “ejercicios” des­tina­dos a provocar una reacción fisiológica, con­cretamente el au­mento del calor natural.

Se trata de incrementar el calor natural que hay en el estómago y en los miembros y de expulsar las superfluidades de “la ter­cera digestión, la que acontece en los miembros: y así abre los poros y evacua las superfluidades que en ellos existen”[1]. Por eso dice Arnaldo que el ejercicio ha de preceder a la refección o comer por dos co­sas: “una, porque despierta el calor natu­ral, por quien debe hacerse la diges­tión de la comida; de donde conviene que el man­tenimiento que tomamos halle al tal calor despierto o movido y no muerto o ador­mido. La otra es porque resuelve las su­perfluidades del cuerpo y las dispone para la expulsión de ellas. Las cuales, si queda­ren dentro del cuerpo, no puede la natura­leza de los miem­bros obrar bien sus accio­nes, pues es cierto que disminuyen el ca­lor natural y atapan los lugares por donde ha de pasar el alimento.”[2].

La doctrina fisiopatológica galénica ad­mite, como vimos, que hay un “calor in­nato”, mediante el cual se llevan a cabo los proce­sos de digestión, asimilación y ex­cre­ción en el or­ganismo. El ejercicio es buen conservador de la vida humana, en tanto des­pierta el calor na­tural, gasta las super­fluidades del cuerpo y for­ti­fica las virtu­des, especialmente las naturales. Continuar leyendo

Dietética medieval, 7: Comer y beber lo justo

Ingesta adecuada

Teniendo en cuenta la complexión hu­mana, formada por los cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) se comprende la ex­plica­ción que Sorapán ofrece de nuestras necesida­des generales alimentarias: respi­rar, beber y comer. La naturaleza “compú­sonos de cuatro elementos, en que están el calor, frío, seque­dad y hume­dad en con­ti­nua guerra, por ser cuali­dades contra­rias; mas como el calor es de ma­yor activi­dad disipa la sustancia de los cuer­pos, ven­ciendo y consumiendo lo frío, lo hú­medo y lo seco y aun el propio se desvanece así, deshaciendo el cuerpo en que se sujeta. Lo que consume el calor del elemento del agua restaura el hombre con la bebida, se­gún en­seña Galeno; y lo que también des­hace del elemento del aire y fuego restaura con la respi­ración y con el mo­vimiento de los pulsos; mas lo que disipa de las partes más sólidas y secas, que corresponden con la tierra, esto no se puede restaurar, sino sólo con comida. Esta disposición o mise­ria ningún cuerpo com­puesto de la tierra, aire, fuego y agua la puede evitar. Mas el hombre con su prudencia puede buscar sa­ludables aires para la restauración de los espíritus, que cada día se pierden; y delica­das bebidas para conservar lo húmedo; y man­jares convenientes a su natural, para las partes sólidas. Es tan necesaria la res­tauración de las partes dichas, como la vida: y así la propia na­turaleza nos dio respiración; y nos dio sed, porque bebié­semos; y hambre, porque comié­semos”[1]. Continuar leyendo

Dietética medieval, 8: Digestiones

Para los dietistas antiguos, en el organismo se realizan tres coc­ciones o digestiones, cada una de las cuales deja superfluidades que deben ser eliminadas.

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Primera digestión

 

Primera, los alimentos sólidos son so­meti­dos en el tubo diges­tivo o en el estó­mago a un proceso de “cocción”, convir­tiendo en “semejante” su materia, hacién­dola “quilo” o jugo alimenticio, para lo cual se necesita calor y fuego, como el del hígado[1]. Lo no digerido, los productos de desecho, deben ser expulsa­dos me­diante evacuación intestinal. Por lo que se refiere a la eliminación de desechos de la primera digestión, se indicaba vigilar el estre­ñi­miento y las diarreas, procurando alimen­tos laxantes o astringen­tes, correspondien­tes a las funciones orgánicas opuestas. En esta misma línea se orientó el precepto die­tético de la purga, pues “se ha de tener cuidado de excre­mentar y purgar el vientre de todas superflui­dades en cuanto pu­diere”[2]. Sobre la función digestiva deben considerarse dos cosas: el pa­pel frío del estómago y la necesidad que el ca­lor tiene de retraerse durante el sueño. 1º El es­tó­mago es de cualidad fría; y el hígado le in­fluye con su calor para la digestión. Hay dos teorías medievales sobre la función pirética del hígado en la digestión: una, mitigada, otra fuerte. La mitigada explica que el hígado debe dar al estómago un ca­lor suave, como el de la gallina clueca a los huevos que empolla (sicut gallina ovum); si el hígado debe quedar en­cima del estó­mago, hay que echarse a dormir sobre el lado izquierdo. Avicena recomen­daba también esta postura; y Lobera la aceptó. Según la otra teoría, hay que echarse sobre el costado derecho, para alentar la diges­tión, de modo que el hígado caliente el es­tómago, ór­gano de la digestión, del mismo modo que el fuego calienta el caldero (si­cut ignis lebeti)[3]. A esta segunda se apunta Arnaldo. 2º La mejor digestión se hace durante el sueño, en el cual hay una estrecha relación entre la disminución del calor periférico y el aumento del calor cen­tral, aplicado éste a la digestión. El sueño no sólo es conveniente para mantener la salud, sino que es necesario, pues “en el sueño los espíritus animales se atraen a las partes inte­riores para vigorar y confortar el calor natural que en el tiempo de la vigilia se extendió a las partes exteriores: y me­diante esta reduc­ción, vuelta o retraimiento del calor y los espíritus a las partes de dentro, la digestión se celebra”[4]. Continuar leyendo

Dietética medieval, 9: Descansar y dormir

Pedro Brueguel representa, en su "Reino de Jauja", el sueño reparador de tres sujetos en el momento de la siesta, después de haber comido opíparamente.

Reposo conveniente

Una vez digerida, la comida ha de con vertirse en sustancia de los miembros. Para que ello ocurra, tiene que haber en el estómago una transformación de los alimentos, los cuales, siendo tan diferentes o heterogéneos, deben converger uniformemente y hacerse semejantes a los miembros que nutren.

Esa transformación es impulsada por el calor natural. Pero como éste se encuentra durante la vigilia dispersado por todo el cuerpo, es preciso que en el mo­mento de la digestión se recoja cerca del estómago, efecto propiciado por el sueño.

Naturaleza y función del sueño

He aquí el círculo fisiológico del sueño:

1º Iniciada la digestión, tras la comida, los humos o vapores ascienden desde el estó­mago hasta el cerebro.

2º La frialdad pro­pia del cerebro (órgano frío y húmedo) condensa esos humos y obstruye las vías que utilizan los espíritus para llegar a los sentidos y a los órganos de movimiento: la disminución de los espíritus en el cerebro apaga las funciones sensitivas y lo­comoti­vas, apareciendo el sopor. Continuar leyendo

Dietética medieval, 12: Los contrarios y los semejantes

 Teoría de los contrarios

El tratamiento dietético, para los sujetos que tienen roto el equilibrio de su complexión, ha de hacerse fundamen­talmente por los contrarios, siguiendo el principio alo­pático contraria con­trariis[1]; así, el órgano que enferma por exceso de calor ha de ser tra­tado con alimentos de naturaleza fría, etc. Por ejemplo, una en­fermedad de la sangre –cuyo humor es ca­liente, húmedo y dulce– debe ser comba­tida con alimentos fríos, secos y amar­gos; mas si la enfermedad proviene de la flema –que es fría y húmeda– se deben adminis­trar alimentos y medicinas dulces, cálidos y secos. Asimismo, la complexión seca y fría de los ancianos ha de ser girada hacia la humedad y el calor, mediante alimentos adecuados y ejer­cicios suaves que manten­gan el “calor innato”. Mas cuando las com­plexiones son temperadas (que tienen sólo un leve despunte o del elemento caliente, o del frío, o del húmedo o del seco) las pres­cripciones dietéticas se rigen por el princi­pio similia simili­bus[2]: para las cons­ti­tuciones húmedas son convenientes los ali­mentos húmedos; y para las secas, los secos. Continuar leyendo

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