Piscis. Este signo del Zodiaco ha sido utilizado en muchas partes como símbolo de la reencarnación, del círculo que gira de modo que el punto de partida viene a ser término de llegada.

Todo está animado

El animismo es la creencia que atribuye vida anímica y poderes a los objetos de la naturaleza: habría por todas partes espíritus que animan las cosas, desde los volcanes a los humanos, pasando por los vegetales y animales.  En cambio, el antropomorfismo es el conjunto de creencias que atribuyen a la divinidad la figura y las cualidades del hombre o atribuyen rasgos y cualidades humanos a las cosas.

Pues bien, una forma funcionalmente compleja de religión animista y antro­pomórfica es la hindú, tal como ha lle­gado a nuestros días. Esta religión al­canza hoy la cifra de 750 millones de adeptos. En sustancia enseña que un es­píritu universal, llamado Brahmán, apa­reció primero en forma del dios Brahma para crear el universo; después se mani­festó en la forma del dios Vishnú para conservar ese universo creado; final­mente, revistió la forma del dios Shiva para destruir el universo. El espíritu uni­versal se somete a un ci­clo de creación-destrucción interminable.

Pues bien, la dieta de los ámbitos hinduístas no es ajena a las creencias animistas referidas a la reencarnación.

No existe una sola modalidad de hin­duísmo, sino muchas. Y entre las que se llaman ortodoxas hay seis sectas princi­pales. Cada grupo tiene a su vez una serie de deidades; por lo menos tres: la de su propia persona, la de su familia y la de su pueblo. Esta multi­plicación de divinida­des repercute en el modo de ver el mundo y de comportarse con las cosas: todo está animado y vivificado por las divinidades y hay que conducirse perso­nalmente de acuerdo con esa situación.

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Volver, volver, volver…

El hinduísmo puede considerarse como una religión de pueblos agrícolas que, en vez de dar el salto revolucionario que la agri­cultura del arado propicia, ha sufrido una regresión a formas cul­turales anteriores, debido precisamente a la creencia en la reen­carnación, al ciclo in­cesante e ininterrumpido de la vida, donde el final empalma con el principio. Al trazar un círculo, el punto de partida coincide con el punto de llegada. No hay progreso. Por lo mismo, no hay trascen­dencia estricta. Todo queda aglutinado de forma inmanente en la rueda del des­tino.

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Las castas inmóviles

Sucesivas capas de civilización (ca­zadoras, guerreras, pastoras, agrícolas, etc.) se fueron superponiendo en la India. El animismo antropomórfico y la reencarnación cíclica se complicó así con otro factor: el de las castas, niveles de posición social al que cada hom­bre per­tenecería desde el nacimiento y durante toda su vida. Se sabe que desde el año 500 a.C. los hindúes creían en cuatro castas o razas principales surgidas de Brahma: 1ª De su boca salieron los sa­cerdotes y maestros (brahmanes o casta superior, mantenida por las otras). 2ª De sus brazos, los guerreros y gobernantes (cha­trias). 3ª De sus muslos, los agricul­tores y comerciantes (vaisias). 4ª De sus pies, los trabajadores braceros (sudras). Fuera de estos órdenes, surgieron de las tinieblas otros hombres, los des­castados (parias). En la actualidad las castas prin­cipales se han subdividido en unas tres mil diferentes. El miembro de una casta no se mezcla con el de otra: posee un tipo de alimentación y una manera de comer distintos.

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Reencarnaciones peligrosas para la dieta

Como el hindú cree en los ciclos in­terminables, su existencia presente tiene el destino de volver a encarnarse, por lo que podría venir en la forma de otra casta más elevada o más baja, según que su conducta actual sea moral y piadosa, o no lo sea. La creencia en la reencarna­ción contribuye a que el hindú deteste matar animales, por el temor de que un animal pueda tener el alma de un antepa­sado. Aunque en principio puede el hindú comer carnes, el princi­pio general es que «nunca puede obtenerse la carne sin lesionar se­res vivos, y el daño a cria­turas que sienten es en detrimento de la consecución de la bienaventuranza celes­tial»[1]. Por supuesto, se eliminará de la dieta la sangre, principio de vida para las culturas animistas. Incluso algunos ali­mentos vegetales que tengan el color de la sangre deben ser rechazados, como los tomates y cierto tipo de lentejas. Así, pues, un hindú piadoso será vegetariano, partida­rio de la no violencia (y por eso antibelicista). Se privará también de hue­vos, ya que en este producto se halla el origen de una vida. Excluye sobre todo el pollo y el cerdo, pues estos animales se ali­mentan de desechos y son impuros. También excluyen las grasas animales[2].

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La vaca es sagrada en la religión hindú.

La plausible historia de la vaca

En estricto hiduísmo, hasta los vegeta­les podrían considerarse sagrados; y la mejor manera de volver al espíritu uni­versal sería abstenerse de todo[3]. Como cada alimento contiene una parte del es­píritu universal, el arte de cocinar es también un arte sagrado que exige de la mujer purificaciones rituales, incluso a veces ponerse vestidos limpios antes o después de tratar determinados alimen­tos.

El animal especialmente sagrado entre todos los animales es la vaca. En la sa­cralidad de este animal puede apreciarse el sentido regresivo que una cultura agrí­cola tomó, movida por creencias animis­tas y reencarnativas. Porque se ha demos­trado que la vaca se comía en la India unos 600 años a.C.

En cambio, el Código Manú, escrito en el año 200 d.C. declara que la matanza de ganado exige peni­tencia. Es posible que la vaca fuese gran­demente esti­mada en el período agrícola de la antigua civilización hindú, justo por sus rendimientos laborales en el cultivo de la tierra y por sus beneficios en leche para la alimentación y en estiércol para com­bustible. Y es posible también que, con el propósito de estimular la agricul­tura y la ganadería, esa misma civiliza­ción agrícola pro­hibiese matar vacas.

Quedó, pues, la estimación positiva de la vaca y la prohibición de matarla; pero desapareció el estímulo de progreso téc­nico que la presencia de la vaca condi­cionaba. Se consideró entonces que la vaca fue creada el mismo día en que Brahma creó a los brahmanes o sacerdo­tes. La vaca, convertida en el símbolo de la maternidad y de la fecundidad de la madre tierra, debe ser absolutamente res­petada. De modo que «todo el que mata una vaca se pudre en el in­fierno tantos años cuantos son los cabellos que hay en el cuerpo de la vaca». Nadie debe causar daño a una vaca. Por lo menos hay en la India ciento cincuenta millones de cabe­zas de ganado vacuno, muchas de ellas viejas y enfermas, capaces de arrasar co­sechas y mercados.

De suerte que el salto cualitativo y re­volucionario que la agri­cultura posibili­taba, se vio frenado involutivamente por el ani­mismo y el antropomorfismo pri­mitivo, unido a la creencia en la reencar­nación.

Muchas de las costumbres hindúes se encuentran también en el budismo, reli­gión nacida en el siglo VI a.C.

 


[1]   Código de Manú.

[2]    Los budistas de Birmania y Tailandia suelen comer pescado, pero se abs­tienen de cascar un huevo para comérselo, aunque los tenderos se las arreglan para disponer de una provisión de huevos rotos de manera «accidental». Los budistas tai  consumen cerdo, carne de búfalo, pollo, caracoles y cangrejos.

[3]    Debido a que en la India hay una cantidad enorme de alimentos prohibidos y a que otros ali­mentos declarados lícitos quedan afectados de im­pureza, puede decirse, con J. Kristeva, que “a pesar de las severísimas normas que regulan todo ali­mento, el brahmán es más puro antes de comer que después”,  Pouvoirs de l’horreur. Essai sur l’Abjec­tion, 90.

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