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Dietética medieval, 5: Ambiente idóneo

Por Juan Cruz Cruz el 23 de noviembre de 2011

Mariano J. M. B. Fortuny (1838-1874): "Viejo al sol" En el cuadro se resalta el naturalismo de la figura: el declive de la piel y los músculos caídos por la edad, expuestos al calor de las primeras luces de la mañana. El artista nos muestra la figura del anciano sobre un fondo neutro para acentuar algunos contrastes, bañándolo con una espléndida luz solar, en la que el hombre se siente feliz, disfrutando del momento. La pintura refleja la particularidad del gesto del rostro, donde el anciano manifiesta su ánimo sereno y radiante.

“Cámbiale de aire al viejo, y mudará el pellejo”

Los autores antiguos de un Régimen de salud, desde el griego Hipócrates al catalán Arnaldo de Vilanova, pasando por los árabes, proponían como primera regla dietética elegir un ambiente idóneo: lo que llamaban aires y lugares.

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Aires

Para el corazón tiene el aire dos funcio­nes, dicen los salernita­nos: refrigera su ca­lor in­nato, evitando que se consuma la hume­dad ra­dical; y elimina los humos pro­ducidos por las combustiones fisiológicas. El corazón atrae el aire necesario para su refrigera­ción mediante la diástole; y ex­pulsa los humos dañinos a sus teji­dos y a los espíritus vitales mediante la sís­tole[1].

A finales del siglo XV confirma Savo­narola que Avicena y Galeno hacían más caso del aire solo que de las demás activi­dades die­téticas,  porque da más alteración a los cuerpos humanos que todas ellas: “y esto ve­mos por experiencia: que alguna vez están los hombres enfermos de tales enfermedades que ni por buenos manjares ni por medicinas pue­den sa­nar, y pasán­dose de un aire a otro sanan. Y por tanto, dice Avicena que no toda enfer­medad se cura con su contrario, antes se cura con mu­darse de lugar a lugar y de aire a aire”[2]. El aire es lo que impide la extinción del ca­lor vital o “calor natural” localizado en el cora­zón; mien­tras que el ali­mento impide la extin­ción del “húmedo radical”. Ese ca­lor natural perma­nece de la misma manera que la llama se man­tiene viva si hay aire. Según la doctrina galé­nica, el aire entra en el cuerpo principal­mente a través del cora­zón, cuya sangre arte­rial lo lleva vivífica­mente a los órganos y miembros, pero también entra por los poros de la piel[3].

Es más, según Arnaldo de Vilanova, el aire puro no sólo es provechoso para el cuerpo, sino también para el ánimo, “porque todas las operaciones del entendimiento, así que sean aprehen­diendo, como juzgando o dis­cerniendo, más clara y perfectamente se hacen cuanto más puro y bueno es el aire”[4]. El buen aire poten­cia a la inteli­gen­cia en las dos funciones bási­cas que los clásicos le asignaban: aprehender y juzgar, aprehendendo et iudicando, según el texto la­tino de Arnaldo.

Ahora bien, el cambio de aires puede ser perjudicial a los viejos. Enferman los viejos mudando el aire, por dos razones: “la pri­mera por su debili­dad; y la segunda por la gran fuerza que tienen para al­terar los cuerpos las mudan­zas de las regiones y aires: la cual altera­ción no puede sufrir la flaqueza de los viejos, y así son vencidos y privados de la vida con facilidad”[5]. La causa de la fla­queza del anciano está en el aumento de frialdad, la cual inhibe las ac­ciones[6].

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Lugares

El Tacuinum Sanitatis de Ibn Butlan intro­duce, además del aire, también las re­giones, las estaciones y los vientos[7]. Había cuatro ti­pos de regiones, en conso­nancia con el pre­dominio de cada una de las cua­lidades elemen­tales: caliente, fría, húmeda y seca. La región ideal para la conserva­ción de la salud era la de clima templado. Si la región fuere caliente en ex­ceso “es cierto que los humores, la sangre y los espíritus se inflaman y se aumenta y pre­domina la cólera y se causan enferme­dades agudas, ábrense los poros, disípase el calor natural y abréviase la vida”. Si la región fuere muy fría “los espíritus se en­torpecen, engrué­sanse los humores, aumén­tase el calor natural, celébrase mejor la coc­ción y alárgase la vida”. Si la región fuere hú­meda “el calor natu­ral se embota, engén­dranse crudezas y de ellas desti­lacio­nes y en­fermedades largas”. Finalmente, si la región es muy seca y are­nosa, “hace los cuerpos duros, macizos y fuertes, consume los abundantes humores e impide que no se co­rrompan”[8].

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Estaciones

También en cada una de las estaciones climáticas, o en los distintos tiempos del año, se han de tomar precauciones diferen­tes. La complexión del organismo sufre influencia de las estaciones: el cuerpo au­menta su sequedad y calor en el verano; pero incrementa su frial­dad y humedad en el invierno, pudiendo ocu­rrirle una alte­ra­ción enfermiza.

Explica Savonarola que en la prima­vera el aire es ca­liente y hú­medo; en el es­tío es caliente y seco; en el otoño es frío y seco; y en el invierno es frío y húmedo. Cada estación tiene un influjo especial en el organismo.

En la primavera “comiénzase a multi­plicar la sangre, y por esto en aquel tiempo es buena y segura la san­gría”[9]. La prima­vera, época en que se mez­cla temperada­mente el principio activo (calor) con el principio pasivo (humedad) y aumenta el volumen de los humores san­guí­neos, invita a excluir la ingestión de elementos calien­tes, como el vino y las carnes ovinas y bo­vinas (sustituibles por las más ligeras de volátiles). Es también la mejor época para ayunar.

En el estío viene la sed y “mengua el apetito de co­mer, como dice Avicena, y en­tonces se mul­ti­plica la cólera roja y hay en­fermedades colé­ricas, como tercianas y fiebres coléri­cas; así que entonces se deben usar viandas frías y húmedas, habiendo siempre respeto al estó­mago”.

En el otoño se multiplica la melancolía y “vienen cuartanas y en­ferme­dades que sur­gen de cólera adusta como sarna, cán­cer, car­buncos y semejantes, por ende se deben usar manjares húmedos y de frialdad templada”[10].

 


[1]  P. Gil-Sotres, “Los «Regimina Sanitatis» y la higiene medieval”.

[2]   M. Savonarola, Libreto de tutte le cosse che se magnano, 166-167.

[3]    J. Sorapán, Medicina Española contenida en Proverbios vul­gares de nuestra lengua, I, 439.

[4]    Arnaldo de Vilanova, nº 1.

[5]   J. Sorapán, I, 437.

[6]   J. Sorapán, I, 439.

[7]   “Estas, autumnus, hyems, ver; ventus orienta­lis, ventus occidentalis, ventus meridianus, ventus sep­tentrionalis; muscus, camphora, candele; camere estuales, camere hyemales” (105-191).

[8]     J. Sorapán, I, 440-441.

[9]    M. Savonarola, 167.

[10]  M. Savonarola, 168.

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