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Dietética medieval, 4: Humores y temperamentos

Por Juan Cruz Cruz el 25 de noviembre de 2011

Colérico. Iconografía de Ripa

 

Los humores

 

Toda la dietética antigua enseña que en todas las trans­formaciones de la sus­tancia humana perma­nece un fluido viscoso inmutable llamado “humor”, identificable al observar, por ejem­plo, las emisiones de los vómitos o la coagu­lación de la sangre; de aquí sur­gió la “doc­trina humoral”. Pólibo (400 a.C.) enumeró, en Sobre la naturaleza del hombre, cuatro humo­res básicos: la sangre, la flema (o pituita), la bilis amarilla y la bilis negra[1]. El jugo alimen­ticio o “quilo” de la primera digestión se con­vierte, por una segunda digestión operada den­tro de los órganos principales capitaneados por el hígado, en humor, el cual es a su vez causa inmediata, por una tercera digestión, de los distintos miembros sólidos. Por ejemplo, la sangre se genera en el hígado a partir de la porción templada del “quilo”. Cada humor es soporte de dos cualidades elementales: la flema, de lo frío y lo húmedo; la sangre, de lo caliente y lo húmedo; la bilis amari­lla, de lo caliente y lo seco; la bilis negra, de lo frío y lo seco[2].

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Melancólico. Iconografía de Ripa

Correlaciones humorales

Otras correlacion

es hay entre flema e invierno, entre sangre y primavera, entre bilis amarilla y verano, entre bilis negra y otoño[3]. Cada humor es atraído al lu­gar más idóneo para él: la flema a la cabeza, la sangre al cora­zón, la bilis amarilla al híga­do, la bilis ne­gra al bazo.   La bilis y la fle­ma son los humores que más enfermedades causan: el exceso de flema en el cerebro produce epi­lepsia, y el de bilis locura. El cerebro es visto, pues, como una glándula que regula lo frío y lo húmedo de la flema.

Los humo­res son así “elementos secun­da­rios”, resul­tantes de la mezcla propor­cional de los “elementos primarios”. Pero, en cuanto “elementos”, no son cuerpos empí­rica­mente observables, sino compo­nentes ele­men­tales; por ejemplo, la sangre que brota de una vena incidida es ya una mez­cla de los cuatro humo­res, en la que pre­domina la “san­gre-elemento”. Asimis­mo, las diversas partes del cuerpo (carne, grasa, materia he­pática, sangre, etc.) son tipos distintos de esa mezcla.

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Flemático. Iconografía de Ripa

En el orden fisio­lógico, los galénicos vieron el corazón como centro del sistema vascular, llegando a diferenciar las ar­terias de las venas; identifica­ron tam­bién la función del epi­glo­tis, destru­yendo el error de pensar que los líquidos inge­ri­dos pasan al pulmón directa­mente para re­fri­gerarle.

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Complexiones o temperamentos

El médico licenciado por Osuna prescribió a Sancho (en su Ínsula Barataria) una dieta corres­pondiente a la complexión sanguínea y a un hábito corporal quizás obeso.

La complexión o el temperamento era, en un sujeto, la estruc­tura equilibrada de los hu­mores. En la enumeración que los auto­res me­dievales hacían de las “señales” de los tempe­ramentos en las personas in­fluyó a lo largo de la Edad Media, como se dijo, la obra pseudo-aristotélica Secreta Secretorum. Una descrip­ción desenfadada, aunque precisa, de estas se­ñales se en­cuen­tra en la última parte del Corbacho (1438) de Alfonso Martínez de Tole­do[4], donde trata “De las complexiones” según la tra­dición hipo­crática y galénica: “Son cuatro complexiones en los hombres: hombre sanguíneo, hombre colérico, hom­bre fle­má­tico, hombre melancólico. Y aun­que cada cuerpo sea compuesto de estas cuatro com­plexiones y no sin alguna de ellas, pero la que más al cuerpo señorea, de aquélla es llamado complexionado princi­palmente”. Sigue, pues, el esque­ma clá­sico.

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Psicología de los temperamentos

La dietética medieval estudiaba, por tanto, las rela­ciones que existen entre la alimentación y el psiquis­mo, expresadas en las manifesta­ciones del compor­tamiento. Ya los hipocrá­ticos sub­rayaban que los alimentos son ca­paces de modificar los “humo­res” del hombre, las sustancias pri­miti­vas que, al mezclarse, per­mitirían el buen o el mal funcionamiento del organis­mo.

Es interesante observar los aspectos psi­co­lógicos de cada tempe­ramento, recogi­dos en los Regimina sanitatis[5].

San guïneo. Iconografía de Ripa

Los sanguí­neos “son de naturaleza pingüe y jovial; desean siempre oir nuevos rumores, se de­leitan con Venus y Baco, con las comidas y las risas, son gra­cio­sos y bonachona­mente locuaces; versátiles en to­do, no pro­pensos a la ira; el sanguíneo es generoso, apasionado, alegre, sonriente, sonro­sado, amante del canto, carnoso, audaz y be­né­volo”. Por su prevalencia de sangre –hu­mor universal–, para conservarse sanos debían abstenerse de beber, de ejercitarse de­masiado y de estar mucho al sol en tiempo de estío.

Los coléricos “son impe­tuosos y desean sobresalir sobre los demás; fácilmente aprenden, comen mucho y son magnánimos, generosos, ávidos de hono­res; hirsutos, falaces, irascibles, pródi­gos, audaces, astutos, gráciles, magros y de co­lor azafranado”. Por su predominio de la bilis –instrumento principal de la cocción–, debían de huir de todo lo que la excitaba, como aro­mas, vinos generosos, pasiones fuertes, ali­mentos dulces y salsas picantes.

Los flemáti­cos “tienen las fuerzas flacas, son anchos, pero de baja estatura; la flema les hace pingües y la sangre moderados; no se dan al estudio, sino al ocio y al sueño; el flemático es débil de inge­nio, lento de mo­vimientos, amante de la ocio­sidad y del sueño, escupidor, de esca­so inge­nio, de cara gruesa y de color blanco”. Por su abundancia de flema, debían rehuir lo hú­medo, beber poco vino y comer ali­mentos leves.

Los melancólicos son “tristes, débi­les y poco lo­cuaces; son activos en el estu­dio y no inclina­dos al sueño; cons­tantes en propósitos, pues piensan que nada les es seguro; son en­vidiosos y tristes, avaricio­sos y fraudulentos, tímidos y de color te­rreo”.

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El Zodíaco en los temperamentos

En el área europea, los Regimina Sa­nitatis ponían incluso en relación los tem­peramentos con los signos zodiacales.

Aries, Leo y Sagitario, son del colérico, y corresponden al elemento del fuego.

Cán­cer, Escorpio y Piscis, del flemático, co­rrespondientes al elemento del agua.

Gé­minis, Libra y Aquario, son del san­guí­neo, correspondientes al elemento del aire.

Tau­rus, Virgo y Capri­cornio, son del me­lan­cólico, correspondientes al elemento de la tie­rra.

Parece ser que fue Tolomeo, el más céle­bre astrónomo de la anti­güedad, el que esta­bleció la correspondencia entre las conste­la­ciones zodiacales y las partes de nuestro cuerpo. Y hasta bien entrado el si­glo XVIII se siguió creyendo que las cons­telaciones in­fluían en los órganos humanos que se les ase­mejaban. La Escuela de Salerno acogió esta doctrina en un capítulo titulado Parallelismus signorum coeles­tium cum partibus[6].

 

Veían, pues, semejanzas entre las constela­ciones del Zodíaco y las partes del cuerpo humano: cabeza, de Aries; cuello, de Taurus; brazos de Geminis; pulmón, hí­gado y bazo, de Cáncer; estómago y cora­zón, de Leo; in­testinos y vientre, de Virgo; riñones y vejiga, de Libra; genitales, de Escorpio; muslos, de Sagitario; rodillas, de Capri­cornio; piernas, de Acuario; pies, de Piscis.

De esta forma llegó progresivamente a complicarse hasta la exageración el cuadro de los humores[7], en el que convivieron de ma­nera ecléctica diversas corrientes de pensa­miento, tanto de mé­dicos como de alquimis­tas[8]. Era visto como un esquema que valía tanto para el microcosmos, como para el ma­crocosmos.


[1]    La sangre, que se asemejaba al aire, era ele­mento volátil y fluido, derivado del corazón. La fle­ma o pituita, elemento acuoso y húmedo, se deri­vaba del cerebro y circulaba por todo el cuerpo. La cólera o bilis amarilla, similar al fuego, era ele­mento volátil y caliente, segregado por el hígado. La atrá­bilis o bilis negra, semejante a la tierra, era un jugo pesado y frío que provenía del bazo y se vertía al es­tómago.

[2]    Regimen sanitatis salernitanum, IV, V, 7.

[3]    En la exposición versificada de Villalobos sobre los humores:

Y destos la cólera es cálida y seca,
la sangre es caliente con mucha humedad;
es húmeda el flema y de gran frialdad;
la melancolía como tierra pesa,
pues que es fría y seca de su cualidad.

[4]     Alfonso Martínez de Toledo, Corbacho,.

[5]      Regimen sanitatis salernitanum, IV, V, 1-4.

[6]    Regimen sanitatis salernitanum, IV, VI, 2.

[7]    E. Schöner, Das Viererschema in der anti­ken Humoralpathologie; K. Schönfeldt, Die Tempe­ra­men­tenlehre in deutschsprachigen Handschriften des 15. Jahrhunderts.

[8]    R. Herrlinger, “Die historische Entwicklung des Viererschemas in der antiken und mittelalterli­chen Humorallehre”, 115.

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