Libro de refranes glosados (s. XVI)

Libro de refranes glosados (s. XVI)

Los distintos modos de reaccionar el hombre al estímulo de los alimentos se recogen muchas veces, a lo largo del tiempo, en refranes, que son como sentencias, adagios o proverbios que sucintamente encierran una doctrina basada en experiencias referentes a la salud. Son muchos estos refranes, hasta el punto de formar una colección abultada de páginas, como la española de Sbarbi. El estudio de estas sentencias se llama “paremiología” (del griego παροιμία = proverbio,  y λόγος = razón, estudio).

Por ejemplo, aparece este estudio en antiguos libros dedicados a la medicina. He de resaltar la Medicina Española contenida en Proverbios vulgares de nuestra lengua, obra del médico extremeño Juan Sorapán de Rieros[1], publicada en 1616 en Granada[2]. El libro, que glosa 47 refranes castellanos pertinentes a la dietética antigua, mereció el lauro de ser recomendado a los estudiantes de la Academia de Me­dicina de Granada. Es, por lo tanto, un extraordinario documento histórico sobre la vigencia que aquella dietética tuvo en algunos círculos intelectuales españoles. Además, por su puro y correcto lenguaje, fue incluido, desde la fundación de la Real Academia Española, en el catálogo de escritores clásicos o Autoridades.

La primera parte[3] de esa obra -explica en el Prólogo- contiene “todos los refranes que pertenecen a la conservación de la salud del hombre, divididos en los que tratan de la comida, bebida, ejercicio, sueño, Venus, accidentes del ánimo y mudanzas del aire y lugares; que son las cosas en que consiste la salud usadas con moderada cantidad, calidad, modo y ocasión”. La segunda parte[4] trae “otros refranes en que también consiste la buena educación de los hijos y preservación de la peste, y algunas dudas acerca de las preñadas”.

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Costumbres y temperamentos humanos

Hay detalles vitales de este ilustre médico narrados en la pri­mera parte de su obra, cuyas páginas finales pueden considerarse como la autobiografía de su vivencia extremeña. Una vivencia llena de amor, de realismo y de ingenuo orgullo. Amparado en la tesis hipocrática de que las costumbres y condiciones de los hom­bres se corresponden con el temple de la tierra donde se crían, traza Sorapán un autorretrato localista –haciendo suyas las pala­bras de Diego Pérez de Mesa–, en el que los extremeños aparecen como “gente muy recia, de doblados miembros y grandes fuerzas, muy belicosos y feroces, bastos en la disposición de los miembros; son muy ricos y bien hacendados, sufridores de trabajos; son gente de buen trato y amistad, pero altivos y arrogantes; précianse de sus fuerzas, son en extremo jactanciosos y ostentativos, de donde sue­len emprender cosas temerarias y que parece exceden al ser natu­ral: précianse que no hay valiente sino ellos” (460). La tierra que da hombres tales es muy rica no sólo en alimentos, sino en «aires y lugares», punto destacado por la dietética antigua[5]: “Es Extremadura la región que debe ser elegida entre las demás, como más útil y conveniente para vivir vida sana y larga […]. Su temple es medio entre calor y frío, que declina algo a calor, el más aco­modado para criar y sustentar los hombres con larga vida, princi­palmente para detener los viejos con menos peligro” (446-448). Sobre la fertilidad y riqueza alimentaria de Extremadura declara que “son indicio y señal de la templanza de esta región y de sus saludables aires los abundantes frutales que en ella hay, pues sola la vera de Plasencia (como todo el mundo sabe) sustenta con di­versos géneros de sabrosas frutas la Corte y la mayor parte de Castilla. Y no sólo es abundante de frutas domésticas cualquier parte de Extremadura, mas también de silvestres castañas, bellotas y madroños con que engorda tanto número de ganado de cerda, que hay jamones y chorizos extremeños casi para toda España” (454).

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La intención de la paremiología dietética

A través de la sabiduría de los refranes españoles desea Sorapán que el hombre de la calle se libre del “récipe del médico, de la espátula del boticario y de la cinta del barbero”, como dice en el Prólogo.

Para confeccionar la lista de refranes tenía a su disposición varios índices publicados durante el siglo XVI.

Por ejemplo, las glosas de Los Proverbios (1437) de Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana.

Asimismo, el que fue­ra profesor de Retórica y Griego de la Universidad de Salamanca, el Comendador Hernán Núñez, había publicado en 1578 un volu­men de 492 páginas con el título de Refranes o Proverbios en Ro­mance, dedicados al Marqués de Mondéjar.

Otro catálogo, orde­nado por materias, se debió al escritor jiennense Joan de Aranda, con el título Lugares comunes de conceptos, dichos y sentencias en diversas materias, editado en Sevilla por Juan de León en 1595[6].

Junto al de Hernán Núñez, Sorapán debía tener cono­cimiento de la difundida Philosophia vulgar en refranes amplia­mente glosados, que compuso en 1568 el sevillano Joan de Mal-Lara[7]: este libro, del que sólo se publicó la primera parte, trata principalmente de refranes morales y familiares, y pudo darle pie a Sorapán para aportar con su labor la glosa de temas físicos y médicos. Confiesa Sorapán que la mayoría de estos refranes los halló en la recopilación que hizo el Comendador Hernán Núñez sin comentario alguno. Y él los viste y adorna.

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La sabiduría profunda del refrán

En el Prólogo Sorapán eleva muy alto la calidad del saber implicado en el refrán, llegando a decir que éste es nada menos que un «principio evidente de suyo» (per se noto), del orden de aque­llos juicios que, en lenguaje aristotélico, por su patente verdad se imponen inmediatamente a la inteligencia sin razonamiento ni discurso, pues “por su experimentada verdad, tiene adquirida tanta autoridad, que no tiene necesidad de ponerse en tela de disputa para ser creído”.

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El refrán como “dicho”

El refrán es un dicho. Y el dicho, según Sbarbi, es “aquella ex­presión sucinta de uso más o menos común, casi siempre doctrinal o sentenciosa, célebre y por lo regular aguda, con novedad en su aplicación, antigüedad en su origen y aprobación en su uso”[8].

Suele distinguirse el refrán del apotegma, que es dicho breve y gracioso, y del apólogo, que es largo. Éstos son más fruto de la elucubración individual que de la tradición, más de la intención filosófica personal que de la experiencia común de los pueblos. Porque “el dicho, o es vulgar o no: si lo primero, toma el nombre de refrán, si lo segundo, el de adagio o proverbio […]. El refrán es, por lo regular, festivo; el adagio, doctrinal; el proverbio, histórico”[9].

De ahí que Rodríguez Marín defina el refrán como “un dicho popular, sentencioso y breve, de verdad comprobada, general­mente simbólico y expuesto en forma poética, que contiene una regla de conducta u otra cualquiera enseñanza”[10], teniendo como propiedades principales la permanencia y la generalidad.

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El cancionero y el refranero

El pueblo condensa en refranes su pensar y en cantos su sentir. Y si el can­cionero es el termómetro que mide la temperatura afectiva del co­razón popular, el refranero “es el barómetro que mide la presión del aire ambiente de las naciones”[11]. Experiencias, modos de con­ductas, ritos y supersticiones son vaciados por el pueblo en el molde de un refrán. Para ejecutar un acto o para adoptar una de­terminación ofrece el refrán un consejo, una orientación, una valo­ración.

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El refrán como fruto de experiencia

Desde luego el refrán se engendra la mayoría de las veces de la experiencia, de la dilatada observación de un fenómeno del mundo moral o del mundo físico[12]. Otras fuentes de la paremiología son tanto las fábulas o cuentos –el refrán sintetiza el rasgo más saliente de éstos–, como la historia real y las creencias. Por su parte, los refranes médicos –dice Castillo de Lucas– “tienen su origen, unos, en la observación directa de la naturaleza, sea la función fisiológica del hombre o la evolución de sus enfer­medades; otras veces proceden de reglas que oyeron a médicos famosos, muy dados en lo antiguo a esquematizar, y aun en el presente”[13]. Es lo que ocurre en la obra de Sorapán, donde muchos refranes son conectados, como a su fuente, a los aforismos hipocráticos, a las sentencias galénicas y a las reglas avicenianas.

La inspiración científica o médica de sus explicaciones la debe Sorapán a la gran tradición dietética greco-latina y árabe. Recono­ce la importancia de Hipócrates, pero considera que sus libros son “mancos, confusos y sin guardar orden en ellos, y tan sucintos que es imposible entenderlos sin comentario” (97). Nombra también a Teofrasto, Dioscórides y Galeno. Este último, que tanto escribió, se detuvo mucho en “reprender a otros”, por lo que apenas se pueden leer sus obras en toda la vida, costando mucho trabajo separar el trigo de la paja. Otros autores antiguos nombrados por Sorapán quedan calificados de parcos o de oscuros como Oribasio, Paulo Agineta, Aecio y Celso. También considera insuficientes a los autores árabes, como Serapión, Rassis, Hali-Abas y Al-farabi. Avicena (980-1037), en cambio, es elevado al rango de gran maestro, por su enorme saber y claridad expositiva (100).

Entre los autores que pertenecen a la Baja Edad Media y al Renaci­miento cita a Amaldo de Vilanova, Marsilio Ficino, Laguna, Mer­cado, Vallés, Vega y Savonarola, entre otros.

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La interpretación de los refranes

No es posible penetrar en la sentencia del refrán dietético si no se realiza una «glossa» o hermenéutica sobre la doctrina dietética que el refrán sucintamente manifiesta. Para la cultura alimentaria, no es preciso estudiar las dimensiones lingüísticas referentes a la forma, bibembre o polimembre, del refrán; ni a su ritmo; ni a los elementos onomatopéyicos, a las aliteraciones, hipérboles y paradojas que encierra; ni a sus inflexiones gramaticales; ni al uso del adjetivo, del sustantivo y del verbo; ni a sus infinitivos, que podrían ser ordenados por grupos[14], etc. Baste remitir, para estos temas lin­güísticos, a otras investigaciones, como la de W.E. Bull[15], la de J. Haller[16] o la de Josef Felixberger[17].

Lo que un amante de la cultura alimentaria debe saber es la doctrina sobre la salud del cuerpo humano oculta en los aforismos y refranes médicos –los cuales cifran con brevedad y agudeza los secretos de la naturaleza–, incluso la sistemática científica que sirve de soporte a la misma glosa de los refranes. Pongo un ejemplo para terminar.

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“Si quieres vivir sano, hazte viejo temprano”

En este refrán  se indica la aplicación de la pru­dencia a la técnica o arte culinario: “Esta sentencia –dice Sorapán– significa lo propio que prudente; y que lo propio es decir hazte viejo tem­prano, que hazte prudente temprano” (6). Ciertamente los viejos padecen menos enfermedades agudas –causadas por cólera y san­gre– que los mozos; pero las largas, enfadosas y prolijas acompa­ñan casi siempre la vejez. El refrán afirma, pues, “que aunque la naturaleza de los viejos es más enferma que la de los mozos, por su prudencia –que es natural a la vejez– pasan la vida más sanos” (7). Por la prudencia hacemos elección de los bienes y de los ma­les, apartándonos de muchas ocasiones y peligros de enfermedades en los cuales cae el imprudente y temerario. El mozo ha de com­portarse “ahuyentando de sí las ocasiones enemigas a la salud, ejercitándose moderadamente, de suerte que esté ágil para cual­quier movimiento corporal, comiendo templadamente y bebiendo de la propia; durmiendo siete horas de noche y ninguna de día, aborreciendo el camal vicio, como muy viejo, si no quiere pelarse y tener en su rostro mil manchas, nacidos, talparias, llagas y noc­turnos dolores” (15)


 [1] Nacido en Logrosán (perteneciente a la antigua diócesis de Plasencia), junto a Guadalupe, hacia el 1572; muerto en Trujillo hacia el 1638.

[2]  Es un volumen dividido en dos partes. Fue impresor de la primera Martín Fernández Zambrano, quien la fechó en 1616; y de la segunda Juan Muñoz, fechada en 1615. Como la fe de erratas de ambas partes data del 14 de enero de 1616 y la tasa es del 24 de febrero de ese mismo año, esto significa que las últimas galeradas -con las páginas iniciales de la fe de erratas y las finales de índices- las imprimiría Fernández Zambrano, como muy pronto, en marzo de 1616. Fue reeditado en 1875 por José María Sbarbi en el tomo III de su Refranero General Español, impreso en Madrid en A. Gómez Fuentenebro. En 1935 hizo otra edición “El Siglo Médico” en Bolaños y Aguilar. Una edición fotomecánica de la obra de Sbarbi se hizo en 1980 por Linotipias Monserrat de Madrid. Del volumen de 1616 hizo una edición facsímil la Institución Pedro de Valencia de Badajoz en el año 1979; y otra en 1991 la Universitas Editorial de Badajoz. Remitiré a la páginas de la edición de 1616.

[3] Consta de 517 páginas que glosan 43 refranes.

[4]  Glosa 4 refranes en las siguientes 77 páginas independientes.

[5]  Juan Cruz Cruz, Dietética Medieval. El Régimen de Salud de Arnaldo de Vilanova, Seminario de Alimentación y Cultura, Universidad de Navarra, 21994, 27-28, 79-84.

[6]  También el médico cordobés Francisco del Rosal (c. 1560-1610), compuso un extenso elenco con el título Origen y etimología de todos los vocablos originales de la lengua castellana, cuyo Alfabeto tercero y cuarto trata de La razón de algunos refranes; esta obra no se editó y fue conocida sólo por copias hechas, aunque recibió en 1601 la licencia para imprimirse. B. Bussell Thompson ha editado los Alfabetos tercero y cuarto, con erudita introducción y buen acopio de notas, en Tamesis Books Limited, London, 1976.

[7] “Refrán -dice Mal-Lara- es una razón, que tiene dignidad que saca de los misterios de la Philosophia, representa cuanto sabía la antigüedad. Es también un dicho celebrado que tiene cierta novedad avisada con que particularmente se conoce” (3).

[8] José María Sbarbi, “Disertación acerca de la índole, importancia y uso de los refranes”, en El refranero general español, Madrid, 1874, vol. I, 1.

 [9]  José María Sbarbi, “Disertación” vol. I,1.

[10] Francisco Rodríguez Marín, “Los refranes”, Discurso leído ante la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el día 8 de diciembre de 1895, incluido en Más de 21.000 refranes castellanos, Madrid, 1926, XVIII-XIX.

[11] Francisco Rodríguez Marín, “Los refranes”, XV.

[12] “Y es, en cuanto a los refranes tocantes al mundo físico, que allí donde se dan los mismos fenómenos, y la atención popular ha averiguado el orden en que se suceden, las circunstancias en que se verifican y, siquiera de un modo meramente empírico, las reglas por que se rigen, no puede faltar la fórmula paremiológica comprensiva de esas reglas; y es, por lo que hace a los refranes que atañen al mundo moral, que siendo la humanidad una, y una la conciencia universal, y unas en todas partes las leyes que presiden el raciocinio, unas han de ser también las inducciones y deducciones debidas a la experiencia”. Francisco Rodríguez Marín, “Los refranes”, XXVII.

[13] Antonio Castillo de Lucas, Refranero médico, C.S.I.C., Madrid, 1944, XII.

[14] Hasta dieciocho grupos son estudiados por Bertini en los refranes castella­nos: “La sintassi del refranero”, Studi in Onore di Angelo Monteverdi, Mo- dena, 1959,1, 82-99; “Más aspectos sintácticos en los refranes españoles del siglo XV: formas infinitivas”, Thesaurus, BICC XVIII (1963), 357-383.

[15] Time, Tense and the Verb. A Study in Theoretical and Applied Linguistics, with Particular Attention to Spanish, Berkeley, Los Ángeles, 1960.

[16] Altspanische Sprichwörter und sprichwörtliche Redensarten aus der Zeit vor Cervantes, Regensburg, I, 1883.

[17] Untersuchungen zur Sprache des spanischen Sprichwortes, Wilhelm Fink Verlag, München, 1974.

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