Tiempo y fugacidad en los bodegones de Echauri

 

Bodegón de Miguel Echauri

Miguel Echauri: Bodegón a la intemperie

El simbolismo de la caducidad

Miguel Echauri es un pintor navarro con mucha experiencia a cuestas. Y  la de sus “bodegones” es magnífica.

En una primera aproximación, podría parecer que los bodegones de Echauri son excesivamente realistas y que carecen de una expresión simbólica, si se entiende el símbolo como una representación sensible que lleva asociada una significación o idea moral que trasciende la realidad representada.

Por ejemplo, el bodegón de Georg Flegel (1566-1638), titulado Bodegón con pan y golosinas tiene una simbología que consta de dos ideas morales, que son: la forma de las golosinas y la presencia de insectos. Así vemos que algunos dulces tienen la forma de “a”, mientras que el bizcocho tiene forma de “o”, clara referencia a alfa y omega, principio y fin. Asimismo, el pan y la barrita de azúcar que hay sobre él forman una cruz; y encima se posa una libélula, símbolo de la vanidad. Sobre una barrita de azúcar que sobresale en un cuenco repleto se para una mariposa, símbolo de la resurrección. Todo el cuadro de Flegel absorbe ideas morales y religiosas que se “añaden desde fuera” a las figuras. Su pintura es, pues, simbólica en este sentido “externo”.

Comparados con los de Flegel, muchos dirían que los bodegones de Echauri carecen de simbolismo propio y no van más allá de lo que representan, a saber, meras realidades (una manzana, una cebolla, una col), que no trascienden de sí mismas, que se quedan en su frío aparecer.

Pero, a mi modo de ver, lo propio del bodegón de Echauri está en el empeño por penetrar en la bodega de su memoria familiar y rescatar de allí para la eternidad lo efímero, en salvar del momento fugaz una granada, un pan, una cebolla, un limón, una fruta cualquiera. A su vez, y a diferencia de otros pintores de bodegones, deja que ese alimento, esa granada, ese limón, quede en el justo trance “interno” de estar a punto de pasar y cesar, pero sin consumirse todavía.

Por lo tanto, no es cierto que el bodegón de Echauri carezca de simbolismo. El símbolo inequívoco e “interno” de los bodegones de Echauri es el tiempo gastronómico en su preciso trámite de pasar. No antes de pasar, ni después de pasar, sino “pasando”, en gerundio. Echauri cumple aquella invocación que, en la obra de Goethe, Fausto hacía al instante fugaz: “¡Detente, eres tan bello!” (Verweile doch, bis du so schön”.

 La estética del instante

Miguel Echauri: bodegón con peras

Miguel Echauri: bodegón con peras

Echauri cumple la estética del instante. Ese instante  que tiene como dos caras: una que mira a la duración de la esencia misma de un limón o de una manzana, esencia que reaparece en cualquier otro limón o manzana; y otra cara que se vuelca a la cesación, al ocaso de ese concreto limón o de esa concreta manzana surgida en el lienzo.

El valor de la simbólica de Echauri radica en que a la vez que otorga a lo fugaz una apariencia de estabilidad, imprime también en la turgencia del limón, en la superficie de la manzana o de la pera, la marca y el destino de su desvanecimiento, a través de una mancha de pintura, de un breve surco pardo, o de un resalte sutil.

Echauri pinta el instante que se resiste a diluirse, el momento que no quiere pasar. Una pera pintada por Echauri, expresa una porción brevísima de tiempo que se resiste a disolverse. Pero la representación que hace Echauri avisa siempre de que es ineludible el paso, de que es inevitable el lance que va de la maduración al ocaso.

Echauri ha tomado el tiempo fugaz de los alimentos como símbolo constante y profundo de su obra. Y este es un valor estético preciso.

Y hay algo más en esta dirección simbólica “interna”. En algunos de sus bodegones crea Echauri un efecto de perspectiva que dota a la imagen de una densa profundidad que le sirve para producir la sensación de intemporalidad,  a sabiendas de que esa ilusión es una treta, un trampantojo, para que el observador se tome un momento de respiro y retenga en su retina el objeto y así degustar con imaginación incluso gastronómica la esencia misma de lo figurado.

A propósito: la gastronomía tiene también en su entraña el mismo ser del tiempo fugaz. No hay, ni habrá, una gastronomía eterna. Ni siquiera como arte culinario. La historia reciente de los premios de cocina muestra que la gastronomía implica una evolución incesante, en la que no sólo las sensaciones gustativas y olfativas,  sino también las ópticas y auditivas exigen cambios, inesperados modelos, nuevas técnicas que, con nuevos simbolismos, despierten y asombren al apetito más delicado.

Ahora bien, a veces somos empujados por la exagerada pasión de la novedad, olvidando que en el trasfondo de lo perecedero está  la maestra del apetito, la tradición.

Reitero que la materialidad de los objetos de Echauri, diligentemente trazados, expresa la belleza puntual de lo perecedero. Él hace bueno lo que escribió Covarrubias acerca de los alimentos que se conservaban en la bodega, que eran los que mejor resistían la corrupción y que, sin embargo, tenían el sino de descomponerse con el tiempo.

En los bodegones de Echauri se cruza un conflicto entre la inmutabilidad de la esencia que se oculta en el seno de cada alimento y la mutabilidad  o evanescencia del instante mismo concreto en que se muestra.

 

El paisaje como reafirmación espacial del tiempo gastronómico

Miguel Echauri: bodegón con paisaje

Miguel Echauri: bodegón con paisaje abatido

Por otro lado, los cuadros de Echauri toman muy en serio el reto de la pintura de bodegones, que es “imitar la naturaleza”. Pero él interpreta esa imitación desde la perspectiva de un movimiento descendente, el de la caducidad. Y a mi juicio se necesita mucha pericia técnica para representar esa caducidad con el mayor parecido a una realidad que se esfuma poco a poco. Echauri no intenta idealizar sensorialmente la naturaleza del alimento, sino captarla en su realidad efímera o fugitiva.

De ahí que en sus bodegones el paisaje no sea un simple telón de fondo para disponer las frutas y los objetos; el paisaje es más bien una reafirmación espacial del tiempo huidizo, donde se recortan relieves erosionados por el viento y mordidos por las tormentas: un telón de fondo que hace juego con la fugacidad: edificios mutilados y castillos derruidos.

Además, Echauri enfoca la composición de sus bodegones de forma arquitectónica, pero los materiales de esta arquitectura están también mordidos por el tiempo y muestran una inquietante pátina de vejez.

Por ejemplo, para realzar la precariedad de sus frutas, de sus hogazas y de sus utensilios elige una serie de plataformas ajadas, como cortinas viejas, armarios desencajados, cobertores deslustrados, cajas desvencijadas y calderos magullados. Todos esos enseres le sirven como tribunas para subrayar aún más la fugacidad de lo propiamente gastronómico.

 

El detallismo para lo efímero

Echauri-5

Miguel Echauri: Bodegón sobre un cobertor astroso

Un aspecto asombroso de los bodegones de Echauri está en el modo detallista y minucioso de tratar con sus pinceles los aparejos y enseres que se asocian con el motivo del cuadro. Por ejemplo, un cobertor o alfombra de grandes dimensiones, cuyos innumerables dibujos rectangulares, ya ajados, debían de tener originariamente una traza colorista, es perseguido por la atención de Echauri hasta niveles increíbles: hace pictóricamente perfecto lo que en la realidad ni siquiera se vendería como harapo. Esto significa amor por lo efímero. Es como si Echauri le dijera: por favor, no pases, aguanta los alimentos que tienes encima.

Estas piezas acompañantes pertenecen también a la simbólica de la fugacidad, aunque sus motivos se adscriban a la vida real; pero son tan protagonistas de la fugacidad como los alimentos mismos detallados, que no son otros que los panes, las frutas o el tímido bizcocho que aparece en uno de sus lienzos.

Por otro lado, no hay en las mesas de sus bodegones signos de cierta consistencia como pueden ser las cucharas y los tenedores. Pero sí hay cuchillos; y el cuchillo le sirve algunas veces para cortar el espacio pictórico.

Y sobre todo porque el cuchillo es el símbolo de lo que secciona el pan o la fruta, esos elementos gastronómicos  que ya están amenazados internamente por la fugacidad misma del tiempo.

Echauri se permite también incluir cafeteras y chocolateras para significar que en la perspectiva del comensal hay todavía signos de verticalidad, de permanencia que frenan la inestabilidad y no están sometidos completamente al rápido desgaste de los alimentos.

La memoria recóndita de Echauri

Pero ¿de dónde saca Echauri esa permanencia que en cada alimento se cruza conflictivamente con la fugacidad del instante? Creo que la ha sacado de su casa natal, de su entorno familiar y de las gentes con las que ha convivido; y están en el hondón de su alma, un fondo que está en todo hombre y que puede llamarse memoria recóndita, la cual se abre y extiende hacia el pasado.

Una  característica esencial de nuestra vida ordinaria estriba en que todo lo que vivimos en un momento no desaparece con este presente ni se hunde en la nada. Más bien, lo vivido pasa a un oscuro trasfondo, dejando allí su huella, conservándose como un poder activo, y desde allí se infiltra en cada momento presente.

Este estrato fundamental de la vida anímica es la memoria recóndita, la que hace que nuestra alma esté siempre nadando en el pasado.

Lo que quiero decir es que cuando se habla de la memoria conviene pensar no sólo en aquella forma ordinaria de evocación puntual en que los hechos pasados penetran de nuevo en la conciencia en forma de representaciones fácilmente recordables: entonces, rememoramos voluntariamente, intencionadamente, el pretérito en su punto exacto. Junto a esta memoria recordativa o evocativa existe otra forma en la que lo vivido antaño está implícitamente presente, y no de modo voluntario, sino inconsciente, pero no obstante está latiendo en el aquí y en el ahora: a esa presencia del pasado en el presente llamo memoria recóndita.

La memoria profunda en el bodegón

Miguel Echauri: Bodegón con memoria

Miguel Echauri: Bodegón con memoria profunda

Pues bien, los bodegones de Echauri pertenecen a la evocación de una memoria recóndita. Me atrevo a decir que allí está todavía muy especialmente su yo infantil, su yo adolescente y su yo juvenil.

Precisamente nuestro actual ser vital y nuestro carácter es la condensación de aquella historia que hemos vivido desde nuestro nacimiento.

 Con lo que vengo diciendo, y mirando los bodegones de Echauri, el concepto de presente (en una naranja, en una manzana, en una col) adquiere una significación muy distinta de la que tiene el tiempo externo marcado por las manillas del reloj. Alguien podría decir: estos objetos de Echauri son de un pasado que, no solamente pasó, sino que ya ha caído en el olvido. Quien esto dice, quizás no se ha dado cuenta de que la integración real del presente de esos objetos se debe a la memoria profunda.

Echauri nos muestra que aquella hogaza de pan, aquella col de la abuela, aquella manzana de su niñez, aquella pera de su juventud, aquellas granadas de su campo adolescente siguen vivas, por fugaces que sean, y no se reducen al punto cronométrico de una hora exacta; tienen siempre una extensión vital que penetra en todo nuestro presente.

Y termino.

 Mi primera conclusión es la siguiente: lo que ante un bodegón de Echauri experimentamos es la materia prima de una gastronomía popular y elemental.

El presente de los bodegones de esta exposición abarca, pues, lo que en el sentido del tiempo del reloj es ya pretérito; pero lo cierto es que Echauri lo experimentó en su entorno familiar y social, en el tiempo que no es del reloj, sino de la intimidad, y por eso persiste en emociones y en valores vitales.

Así, pues, cuando veamos y admiremos un bodegón de Echauri  no lo percibiremos  como un objeto más que viene de la experiencia externa de una actual mejana o de un campo ribero, sino que lo asimilaremos  al tiempo total de su alma, al trémulo hervor de su tradición familiar y social.

La segunda y última conclusión a la que llego es la siguiente: me parece absolutamente cierto que Echauri no hace ficciones alimentarias; y que su punto de partida está en las cosas que tiene delante, como las frutas y los panes; todo ello confiere al conjunto, en su titilante fugacidad, la enseñanza de un factor agridulce para una gastronomía que no es eterna, ni en su materia ni en su forma. Como dije al principio, bajo el signo de la caducidad, Echauri quizás grita en cada uno de sus bodegones las mismas palabras que Fausto dirigía al instante, al momento: “¡Detente, eres tan bello!”.

 

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1 Comentario

  1. Me gusta muchísimo la síntesis de gastronomía, arte, antropología que hace el autor de la web. Sabiduría, en definitiva.

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