El influjo del imaginario social
Desde la edad infantil la conducta alimentaria puede responder a un conflicto con el entorno, incidiendo en la manera de comer, en los horarios, en el número de comidas, en la cantidad y calidad de las mismas, etc. Conflictos que encierran aspectos psicológicos, sociales y constitucionales, a veces de difícil diferenciación. Pero los aspectos psicosociales son claramente identificables en lo que se llama el “imaginario social”.
Por «imaginario social» se entiende el conjunto de imágenes o ideas que se imponen en la mente de los individuos, debido a intereses de su entorno –sean comerciales o estéticos o profesionales–, y que se refieren al mejor modo de estar en forma, de aparentar, de tener éxito con el propio cuerpo. Estas imágenes responden en realidad a profundas tendencias del individuo a sobresalir, a ser reconocido, a triunfar. Cuando estas imágenes conforman la conciencia juvenil, por ejemplo, de una chica, actúan como filtros que no permiten evaluar otra cosa que no sea la expresión del éxito o del triunfo. Es impresionante la influencia de la sobrevaloración cultural de la delgadez sobre la conducta alimentaria restrictiva.
A ese “imaginario social” responde un tipo de trastorno alimentario, bastante común o frecuente, a saber, la bulimia, en la cual se altera la cantidad de la ingesta.
En la bulimia aparece una sensación intensa de hambre insaciable, seguida de atracones de comida.
El fenómeno de la bulimia es conocido desde antiguo. Muchos galenos, como Sorapán de Rieros (s. XVII) la describen bajo la expresión de «hambre canina«.
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El atracón compulsivo
Hacia la adolescencia y primera etapa de la edad adulta –cuando hay rasgos de insatisfación, inmadurez, hipersensibilidad, impulsividad y poca tolerancia a la frustración–, se puede presentar la bulimia (del griego bous = buey, y limós = hambre, «hambre de buey»), fenómeno que –sin ser debido a un trastorno somático conocido– encierra por lo regular dos conductas complementarias: una, la ingesta de gran cantidad de comida; otra, la provocación deliberada de vómitos y abuso de laxantes. Se da predominantemente en el sexo femenino: 4,5% de mujeres, 0,4% de varones.
De modo específico aparece frecuentemente tras un largo período de dieta severa y se caracteriza por una preocupación insistente por la comida y el peso corporal.
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Del atracón al vómito, y vuelta
En el proceso bulímico se pueden identificar dos fases alternantes:
a) Manifestación de un hambre voraz con frecuentes atracones de comida, imprevistos o planificados. Incluye la espera ansiosa de la hora de la comida y los veloces atracones –consumo rápido de grandes cantidades de alimentos en un corto período de tiempo–. Tales atracones: se suelen realizar en secreto o disimuladamente y acaban con sensación de malestar físico (por distensión abdominal, debida a la tripada). Pero terminan con desazón psíquica, en la cual se incluyen el sentimiento de culpa y el autodesprecio después del episodio de voracidad, con la conciencia de que la ingesta es anormal y el temor de no ser capaz de parar de comer voluntariamente.
b) Prevención o control del aumento de peso mediante vómitos autoinducidos, para reducir la ansiedad y el miedo al sobrepeso; con abuso de laxantes y diuréticos, aplicación de dietas hipocalóricas, ayunos y ejercicio exagerado.
La reducción de la ansiedad y de la sobrecarga –reducción procurada por el vómito y el ayuno– facilita de nuevo el atracón. Y así sucesivamente, de modo alternante.
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Pérdidas somáticas
Estas fases nunca son tan extremosas que amenacen la vida del individuo. Ahora bien, tras la fase de vómitos suele aparecer la deshidratación o pérdida de líquidos corporales, la cual acarrea además desequilibrios electrolíticos (con pérdidas importantes de iones de potasio, cloro, sodio, calcio, magnesio y fósforo). También es frecuente la esofagitis, como consecuencia de los vómitos autoinducidos y del paso del jugo gástrico y de los alimentos del estómago al esófago. Asimismo, pueden originarse arritmias cardíacas, debilidad muscular, dilatación gástrica, colon irritable, erosión del esmalte dental (con pérdida de piezas dentarias) y aumento del tamaño de las glándulas salivales. En las chicas aparecen trastornos menstruales.
Cuando la bulimia aparece tras un período de dieta severa, es fácil concluir que una comida baja en carbohidratos altera el mecanismo hipotalámico regulador (feed-back) de la ingesta y aumenta la demanda de carbohidratos. La dieta severa actuaría como un factor que desencadena en el hipotálamo un mecanismo de sobreingesta.
Lo que apareció inducido por aspectos psicológicos acaba actuando con mecanismos biológicos. Y la adolescencia se puede convertir para la chica en un infierno psicológico clandestino.
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