A la pregunta por el número de elemen tos básicos que componen el cuerpo huma no, un dietista antiguo respondería indi cando el cuadro adjunto
Pero a la misma pregunta, un dietista actual respondería indicando las cantidades adecuadas de oxígeno (65%), de carbono (18%), de hidrógeno (16%), de nitrógeno (3%), de calcio (2%), de fósforo (0,25%), de potasio (0,20%), de azufre (0,20%), de sodio (0,10%), de magnesio y hierro (-0,05%).
Pero un dietista medieval habría seguido explicando las siguientes tesis bio-psicológicas.
La primera tesis es que la naturaleza está constituida por «elementos» (stoikheíon) primarios o irreductibles, de cuya combinación surgen los múltiples seres del universo. El estudio de la naturaleza (fisiología) conlleva el conocimiento de sus elementos (estequiología). Uno de los primeros científicos griegos, Empédocles (495-435 a.C.), identificó cuatro elementos: el agua, el aire, la tierra y el fuego. No eran estos elementos algo concreto, sino «principios de lo concreto»: la tierra de mi huerto no es el «elemento tierra», sino una combinación concreta de los cuatro elementos, en la que predominaría el elemento básico tierra. Lo mismo hay que decir de la composición del cuerpo humano: la buena «complexión» de éste –a la que debe contribuir la dietética– depende del equilibrio de dichos elementos, aunque sea uno el predominante[1].
Esta doctrina empedocleica estuvo vigente hasta el siglo XVIII. Otro griego, Demócrito (460-371 a.C.), llegó a determinar esos elementos como «átomos» (o indivisibles), diferentes entre sí por su figura y tamaño.
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Cualidades
La segunda tesis es que esos elementos cuantitativos conllevan, según Alcmeón (500 a.C.), otros elementos cualitativos: lo húmedo y lo seco, lo frío y lo cálido[2]. Heráclito introdujo la idea de que lo cálido, cuyo sumo portador es el fuego, tiene una superioridad cosmobiológica sobre las demás cualidades[3]. El calor es una fuente de energía presente en la estequiología líquida del organismo. Galeno enseñaba que el calor natural, esencia y condición de la vida, era de dos tipos: el innato y el cambiante. El calor innato residía en los órganos y no se modificaba con las estaciones, aunque iba disminuyendo con la edad, como el óleo en la lámpara. El calor cambiante es el que el corazón transmite a través de la sangre a todas las partes del cuerpo: se modifica con las estaciones[4]. Esta doctrina perduraría hasta el siglo XVIII.
Teniendo en cuenta este factor calórico, en el siglo XV Savonarola expresó la estructura de la vida con la bella imagen galénica: «Dos son las causas de la vida, conviene a saber: el húmedo radical y el calor natural. Por falta del húmedo radical y por su terrificación falta la vida; y semejantemente, faltando el calor se sigue la muerte»[5]. Para los griegos la vida resultaba de un «calor natural básico», siendo su asiento o foco principal el corazón y su máquina fisiológica el estómago, cuya parte carnosa inferior (o fundus) absorbe mayor calor, mientras que la delgada parte superior (o panniculosus) es más fría y emite los estímulos del hambre. El aire sostiene el calor natural; mientras que el alimento restaura la humedad radical que se mantiene en los miembros con los distintos humores. En fin, por el vigor del «calor innato» y de la «humedad radical» se pueden diferenciar las etapas de la vida: la infancia está caracterizada por el predominio de los humores calientes y húmedos; la vejez, en cambio, por los humores fríos y secos. De este «humedum radicale» le hablaba a Sancho el médico de Barataria.
Los alimentos expresan también las propiedades estequiológicas[6]. Por ejemplo, la carne de volátiles sería más seca, más ligera y digerible que la de cuadrúpedos y, por tanto, no sería pesada para el organismo. El funcionamiento del cuerpo humano está garantizado por el gasto de «calor innato» y de «humedad radical», los cuales se van consumiendo con el ejercicio habitual. Si se hacen esfuerzos excesivos, puede desecarse la «humedad radical» y sobrevenir una vejez anticipada. Y si se come de manera exagerada puede alterarse el grado natural del «calor innato» por un proceso de ebullición o de putrefacción.
[1] En los macarrónicos versos de Villalobos:
Así que doquiera que en este comedio
se topan y encuentran los cuatro elementos,
quebrantan sus fuerzas y aguramientos,
y la cualidad que así queda en el medio,
es la complexión y los temperamentos.
Francisco López de Villalobos (1473-1549), médico que fuera de los Reyes Católicos y del Emperador Carlos V, publicó siendo muy joven la «obra trovada» El Sumario de la Medicina con un tratado sobre las Pestíferas bubas (1498), a la que pertenecen los versos citados, inspirados en la más pura tradición galénica. Cfr. la reedición de 1948, 233.
[2] En expresión rimada, parecida a un trabalenguas, de Villalobos, 234:
Pero como sea imposible de ser
la tal cualidad igual totalmente,
a veces se halla más humedescer,
y a veces más seca se puede hacer
y a veces más fría, también más caliente,
y a veces más húmeda y fría acontesce;
también fría y seca se pueda hallar,
y seca y caliente podrá resultar,
y húmeda y cálida a veces paresce,
y a veces igual, que es la más singular.
[3] G. E. R. Lloyd, «The hot and cold, the dry and wet in Greek philosophy».
[4] Benedicenti, 273.
[5] Savonarola, 191-192. De igual manera se expresa Fray Luis de Granada: «Lo mismo hace el calor natural en nuestros cuerpos que la llama en la lámpara, el cual siempre gasta y consume nuestro húmedo radical, y por esto conviene restaurar lo que así se gasta con el manjar que se come. Donde se ha de notar que de este manjar toma el cuerpo para sustentarse la grosura y aceitoso que hay en él […]. Y porque nunca es tan perfecto lo que se restaura como lo que antes había, de aquí viene poco a poco el húmedo radical a perder de su vigor y virtud, y cuando éste del todo se menoscaba, viene a acabarse juntamente con él la vida». Símbolo, XXV, 413.
[6] Castor Durante da Gualdo, Il tesoro della sanità. Nel qual si insegna il modo di conservar la sanità e prolungar la vita e si tratta della natura dei cibi e dei rimedi dei nocumenti loro, (1565 en latín, 1586 en italiano), ed. por E. Camillo, 1982, 136. A su vez, el universo estaba estructurado de modo jerárquico y ascendente: en el centro está el mundo sublunar, sujeto a corrupción, en el que se distribuyen la tierra (fría y seca), el agua (fría y húmeda), el aire (caliente y húmedo) y el fuego (caliente y seco). Por encima del mundo sublunar se encuentra el mundo astral, incorruptible, con una multitud de esferas jerarquizadas.
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