Categoría: 3. Cultura (página 7 de 7)

Los enigmas de la comida light

Frederick Yeates Hurlstone (1800-1869), "Sancho intenta comer". Con rotunda expresividad se muestra el gesto contrariado de Sancho, al que se le niega una y otra vez el objeto de sus preferencias gastronómicas. Sólo se le permite comer alimentos "ligeros" (light)

Los deseos gastronómicos y el marketing alimentario

Es preciso darse cuenta de las reper­cusiones que lo light, en tanto que ofer­tado por la pu­blicidad actual, tiene en el tono emotivo del hombre y en el impulso inducido por ese tono emotivo.

Se ha di­cho que lo light encie­rra un compromiso subconsciente entre «salud, forma y gu­la». Del tono emotivo, o sea de la afecti­vidad –y no de la razón–, se desen­ca­denan unas motivaciones por lo light que no siempre es­tán justificadas.

El con­sumi­dor se ve seducido además por un inteligente marketing que se in­tro­duce en su imaginación excitada por ese compro­miso entre «salud, forma y gula», com­promiso que exige menos calorías, me­nos azúcar, menos coles­terol, menos alcohol, me­nos cafeína, menos ni­cotina…, pero sin renun­ciar al sabor, a la textura, al aroma. Seguir leyendo

El placer de comer en una venta: ecos de hospitalidad

Valero Iriarte (s. XVII-XVIII), “Don Quijote en la venta”. El Caballero es asistido por la gente de la venta.

Las ventas se han distinguido como espacios emblemáticos del viajero, no importa si peregrino o cazador o montañero. Aunque ahora son en buena parte sitios donde sirven comidas y bebidas, tienen un sello especial, y su papel singular requiere un reconocimiento de su presente y de su pasado.

Es patente, en primer lugar, la realidad ambigua de estas ventas, pues no están suficientemente contempladas como tales en el ramo de la hostelería: alguien ha dicho que no son ni restaurantes, ni bares, ni casas de comidas, aunque sean todo eso a la vez. Seguir leyendo

El secreto gastronómico del Roscón de Reyes

Jacob Jordaens, “El rey bebe” (1640). En la vigilia de la Epifanía se celebraba una fiesta familiar, en la que participaban los criados. A quien le tocaba el haba metida dentro de una torta resultaba ser el rey de la velada: se le colocaba una corona en la cabeza. En el cuadro se representa a la persona de más edad como rey, el cual distribuye los cargos «cortesanos» entre el resto de personas. El que hacía de rey pagaba los costes de la fiesta. Jordaens expresa una celebración de personas arremolinadas en torno al anciano rey, entregadas desaforadamente a la bebida: el rey brinda con ellas animadamente. Aunque son visibles los excesos.

Desde hace varios años soy convocado, en la víspera de la Epifanía, por los organizadores pamplonicas de la «Cabalgata de los Reyes Magos» a participar como miembro de un jurado que evalúa un concurso de «Roscón de Reyes», abierto a todos los entusiastas de este grato confite, exceptuados los que están implicados en el negocio de la restauración. Es muy emocionante contemplar, al entrar en el salón del jurado, varias mesas en que se exponen las sutilezas de los concursantes, estelas de ilusión y entrega a la fiesta que se celebra.

El Roscón de Reyes ha llegado al seno de nuestras familias probablemente a través de dos tradiciones superpuestas: una, pagana; otra, cristiana.

La tradición pagana se remonta a las fiestas de invierno que se celebraban en el Imperio Romano, desde mediados de diciembre a finales de marzo. Durante esas fiestas se preparaban con higos, dátiles y miel unas tortas redondas que se repartían entre el pueblo. En su interior se introducía un haba seca, símbolo del sol y de la fertilidad: el haba que se planta al comenzar el invierno venía a ser una promesa de cosecha en primavera. Por eso, quien encontraba el haba escondida en la masa podía considerarse afortunado, por lo que era nombrado «rey de reyes» durante unas horas o unos días. Seguir leyendo

Aquel viejo vino español

Guerrit van Honthorst, "Violinista con copa de vino" (1624). Admira el intenso rojo cereza del líquido, sus reflejos, su transparencia, su limpidez... pero jamás tuvo la oportunidad de catar unos vinos tan excelentes como los que la técnica actual ha hecho posibles.

 

El caballero ha tomado en su mano una transparente copa de de vino. La observa fijamente mientras la balancea con un suave giro. Se la lleva a los labios y amaga un sorbo; paladea y  exclama: ¡Pardiez, gran clase! Este caballero, español por más señas, podría haber sido  Don Juan:  el de Tirso o el de Zorrilla. Pero aquel Don Juan, bebedor y porfiado, jamás tuvo la oportunidad de catar unos vinos tan excelentes como los que la civilización ha hecho posibles en su copa, con sus técnicas, sus inoxidables y su control de temperatura. Seguir leyendo

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