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Fiesta y serenidad

 

Beatriz Olivenza: "Fiesta". Un colorido suave y envolvente divide las impresiones vibrantes del cielo y las sensaciones tranquilas del mar.

Beatriz Olivenza: «Fiesta». Un colorido suave y envolvente divide las impresiones vibrantes del cielo y las sensaciones tranquilas del mar.

Un preámbulo exploratorio

Estimadas alumnas de los Centros de Estudio y Trabajo (Proyecto CET):

En un bello y largo poema que Lope de Vega escribió titulado “Las fiestas de Denia”, que a mí me recuerdan las conocidas fiestas de moros y cristianos, se encuentra un fragmento, una octava, donde el poeta describe una escena fes­tiva que se desarrolla en el mar, junto a la costa alicantina de Denia. Participan en ese acto festivo marineros que levantan sus remos y soldados que disparan al aire arcabuces y cañones, pescadores que jalean y caballeros que simulan torneos:

Hacen su fiesta, reman, tañen, tiran,
alborotan el mar música y truenos;
estos tornean, estos se retiran,
de humo, de agua y de contento llenos:
ya al rumbo izquierdo, ya al derecho guían
por los cristales líquidos serenos,
pareciendo, sin ver mudanza alguna,
los leños aves, y la mar laguna.

Quiero  resaltar en este fragmento dos términos que vienen unidos, la fiesta y la serenidad. La ajetreada fiesta se desarrolla “por los cristales líquidos sere­nos”.  Hasta la mar parece laguna, por sus suaves ondulaciones.

De la conexión de esos dos conceptos voy a hablar. Y me serviré de una selecta bibliografía [1] Seguir leyendo

Cenar de espaldas a la Navidad

Willem Claeszoon Heda (1594-1680): “Mesa con vajilla, viandas y vino”.  Su habilidad y gusto en el colorido de tazas y jarras, capta con exquisita sensibilidad los difíciles reflejos de las superficies. Si bien sus comidas resultan encantadoras, ordena las mesas con vasos de vino medio vacíos, restos de tarta, frutas a medio pelar o cáscaras de nueces: todo ello invita a reflexionar sobre la fugacidad de los placeres humanos.

Willem Claeszoon Heda (1594-1680): “Mesa con vajilla, viandas y vino”. Su habilidad y gusto en el colorido de tazas y jarras, capta con exquisita sensibilidad los difíciles reflejos de las superficies. Si bien sus comidas resultan encantadoras, ordena las mesas con vasos de vino medio vacíos, restos de tarta, frutas a medio pelar o cáscaras de nueces: todo ello invita a reflexionar sobre la fugacidad de los placeres humanos.

Para muchos de mis amigos la Cena de Navidad es más que un encuentro gastronómico cualquiera. Es un jalón importante entre los momentos familiares de todo el año. Es único y especial: la familia se reúne para celebrar la llegada del Amor al mundo. El menú especial que se degusta es una pincelada más de amor, pero no es el todo de esa fiesta. La familia, padres e hijos, se convierte en un equipo que se organiza con tiempo; sus integrantes colaboran para que todo sea grato.

Incluso suele ocurrir que esa cena se convierte espontáneamente en eslabón de una cadena vital que se  despliega en la casa. Un hijo recuerda aquel maravilloso menú que unos años antes había hecho las delicias de los comensales. Habría que repetirlo. Era una receta que ya la bisabuela había probado y cuidado para  maravillar y conmover. Y hoy, en esta oportunidad, se debía repetir el prodigio.

Sí, las viejas recetas de la abuela saben mejor en la Cena de Navidad.

Pero no en todos los casos ni en todas las familias ocurre este acontecimiento mágico. ¡En cuantas casas se vive de espaldas a la Navidad!  Eso suele ocurrir como efecto de una perturbación del amor que debía presidir el ámbito del hogar.

He elegido un cuento de Doña Emilia Pardo Bazán  –Dos cenas–  que me ayudan a definir el fenómeno grotesco de una cena que, rodeada de exquisiteces gastronómicas, empieza y acaba en un sinsentido, en un encuentro absurdo que es la contrahechura de una Cena de Navidad.

 

 

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