
Salvador Dalí: “Cesta de pan”. El pan blanco actual, comparado con el pan integral, es en un 70% más pobre en vitamina B6, en un 58% más pobre en ácido pantoténico, en un 47% en ácido fólico, en un 60% en potasio.
El alimento expoliado
Cuando un niño europeo o norteamericano tiene en su mano una simple bolsa de patatas fritas, en realidad lleva consigo un sinfín de operaciones químicas que han podido reducir el delgado trozo de patata a una especie de papel secante al que se le ha adherido la grasa y la sal empleadas en su fabricación. Pero antes de eso, la patata ha estado obedientemente sometida al imperio de la química. Primero fue agredida químicamente mientras estuvo en tierra, para no ser atacada por insectos. Después de su recolección, fue tratada con acetato de metilo para que no germinara. En el proceso de fritura y envasado se le pudo añadir conservantes y aromas artificiales. Cuando el eslogan publicitario proclama al fin el carácter natural de ese producto, en realidad puede estar ofreciendo casi un detrito, carente de elementos nutritivos originales y, además, peligroso para la salud (R. J. Courtine, 46-66).
Esa patata –un producto tan extendido y generoso– se podría tomar como símbolo de las manipulaciones químicas que sufren actualmente nuestros alimentos.
Mediante el perfeccionamiento de las modernas técnicas alimentarias la humanidad no saca ya el total de sus calorías ni de las carnes en estado natural, ni de las frutas y legumbres frescas: se acomoda progresivamente a productos preparados por congelación o conservación, intervenidos incluso por algún procedimiento químico.
La multiplicidad de productos naturales nutritivos repartidos sobre la tierra se ve reducida cualitativamente a unos cuantos alimentos preparados, fácilmente identificables en un supermercado. Con el aumento del consumo de grasas y azúcares preparados disminuye la carga de vitaminas y minerales.
Hasta un producto tan entrañable y cotidiano como el pan ha sido saqueado de sus aportes nutritivos (R. J. Courtine, 69-90). El grano de trigo posee una reserva de minerales y vitaminas indispensables para que de él pueda germinar una nueva planta. La harina blanca, completamente limpia de salvado, se queda sin la parte más nutritiva del grano, la que sirve ahora para alimentar el ganado. El pan completo, aunque sea menos apetitoso, es más nutritivo (J. Trémolières, 48-52). «El pan blanco actual, comparado con el pan integral, es en un 70% más pobre en vitamina B6, en un 58% más pobre en ácido pantoténico, en un 47% en ácido fólico, en un 60% en potasio; y otras vitaminas y minerales desaparecen en la misma proporción. Los únicos elementos que se añaden de hecho, al emplear aditivos químicos (bajo la etiqueta de «enriquecido»), son el calcio, que es una cosa buena, y el sodio, que puede ser perjudicial a la salud» (P. Farb / G. Armelagos, 244-245).
En su preparación y acondicionamiento el alimento puede perder aportes nutritivos (principalmente vitaminas y minerales), adquirir sustancias cancerígenas por los aditivos químicos, aumentar peligrosamente su componente de sal, adherírsele nitritos, etc.; todo esto lo convierte en un sistema mórbido, un «agresor», una amenaza para la salud.
La salud es, en nuestro cuerpo, el resultado de un equilibrio de elementos tales como glúcidos, proteínas, lípidos, agua, sales minerales, vitaminas y oligoelementos que vienen del suelo; luego es claro que del cultivo del suelo depende también nuestro futuro. Pero el suelo actualmente explotado da muestras de agotamiento, viniendo la química a recargar sus energías con abonos que sustituyen tanto a la vieja reja de arado que aireaba la tierra como al efectivo estiércol de origen animal que la engrasaba. Es cierto que los pesticidas e insecticidas eliminan insectos o parásitos que infligen enfermedades al campo; pero también les debemos una toxicidad cada día mayor en los alimentos, agresiva para la salud humana. Y aunque las legislaciones ponen condiciones de aplicación, no pueden detener por sí mismas su uso a veces indiscriminado: en especial queda prácticamente fuera de control la toxicidad a largo plazo de los pesticidas depositados en las tierras. Lo cierto es que las intoxicaciones graves por insecticidas organofosforados van creciendo en el mundo entero (R. J. Courtine, 41-45).
En su preparación puede perder el alimento ciertos aportes nutritivos. Cuando una legumbre ha de ser protegida en un envase, debe someterse a congelación o deshidratación, sufriendo antes una limpieza con agua hirviendo o vapor, procedimiento que destruye entre el 10 y el 50% de elementos hidrosolubles como la tiamina y la vitamina C. Lo mismo ocurre con las aves precocinadas y congeladas, o con la leche tratada al vapor (esta pierde proteínas, enzimas y vitaminas, hasta el 60% en el caso de la vitamina B6)
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El alimento atosigado
Pero tan inquietante como lo que se retira de los alimentos es lo que se les añade, pues pueden sufrir directamente varios asaltos químicos: el de hormonas y antibióticos (ambos reiteradamente prohibidos), el de conservantes y colorantes (R. J. Courtine, 46-66). Y a pesar de que hay productos excluidos por la mayoría de las legislaciones vigentes, la frecuencia con que su utilización indebida salta a los medios de comunicación hace que se viva en una permanente inquietud sobre el sistema alimentario de nuestros países.
a) Se sabe que las hormonas han sido utilizadas, como los estrógenos, para acelerar el crecimiento del ganado, aves y bovinos en particular. La mayoría de las actuales legislaciones impiden la utilización de algunas hormonas, pero silencian el uso de otras (con lo cual autorizan lo que no está prohibido), en vez de proteger al consumidor con la aplicación del principio de listas positivas: todo lo que no estuviere explícitamente autorizado, debería quedar prohibido.
b) Los antibióticos se han administrado indebidamente a los animales criados para carne, a fin de acelerar su crecimiento y darles más posibilidades de sobrevivir en estabulaciones superpobladas y faltas de higiene. Cuando el ser humano ingiere esas carnes puede crear paulatinamente reductos microbianos (como estafilococos) resistentes a los antibióticos, puede perder el equilibrio y contraer una sordera debido a la estreptomicina, puede caer en anemias producidas por el cloranfenicol, etc. El antibiótico es empleado también contra las enfermedades de las plantas. E incluso se aplica en la preparación de algunos alimentos, como huevos, carnes, leche y queso fundido, controlado este último por la nisina (R. J. Courtine, 50-52). «Cada año, en Estados Unidos, son casi 1.400 toneladas de antibióticos administradas al ganado y a las aves. Una parte se desecha por las vías naturales, otra es metabolizada, pero el resto se deposita simplemente en los tejidos que serán más tarde consumidos por los seres humanos. Los médicos normalmente sólo prescriben antibióticos a sus enfermos tomando ciertas precauciones, pues los microorganismos tienden a mostrarse cada vez más resistentes a este género de tratamiento; pero se encuentran impotentes para prevenir la ingestión regular de antibióticos, cuando estos provienen del plato de sus pacientes» (P. Farb / G. Armelagos, 247).
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El alimento disfrazado
No tan agresivo para la salud puede resultar el uso de aditivos. Se suelen distinguir tres tipos de estos (P. Ariès, 143-170).
Aditivos de salud: vitaminas, minerales, oligoelementos, sacarina. Son los más aceptados.
Aditivos de textura: antioxidantes, estabilizantes, emulsionantes, etc.
Aditivos de apariencia: colorantes, aromatizantes, conservantes, etc.
Decía Pavlov que la digestión comienza por la vista. Y así, un alimento que place a la vista parece mejor. El mercantilismo alimentario se aprovecha de este criterio psicológico para utilizar al menos mil aditivos, los cuales entran regularmente en la preparación de alimentos, a título de colorantes y de aromas sintéticos.
Ciertamente los aditivos cumplen una función positiva, pues permiten:
1º Dominar la naturaleza, preservando los alimentos de degradaciones microbianas y encimáticas.
2º Vencer el tiempo: haciendo el producto mucho más fácil de utilizar y disponible fuera de estación.
3º Vencer la monotonía, porque hacen variar a voluntad el gusto, la textura y el color de los diversos alimentos. La industria alimentaria introduce la modificación sensorial del alimento: color, aroma, sabor, textura, forma.
4º Reforzar las cualidades de subproductos para rentabilizarlas mejor (v. gr. aceitunas rellenas con pimientos reconstituidos a partir de algas). El aditivo puede garantizar que el producto dure más, sea más energético, sea más saludable y más rico.
Un peligro cultural de esta invasión del aditivo está en que el producto natural puede llegar a ser un mal competidor del artificial. Es más, las sensaciones desencadenadas por productos artificiales pueden parecer más verdaderas. Y así, un producto aromatizado «a la fresa», no sólo se le puede parecer más a la fresa real, sino que la puede rebasar en perfección organoléptica. Para el comensal moderno el problema será advertir que no tiene más experiencias sensoriales que las autorizadas por la industria. Y entonces el gusto se convierte en un elemento industrial comparable a los otros productos de la técnica.
1. Los colorantes, añadidos a los alimentos por razones comerciales, no juegan ningún papel en la conservación o en el aporte de elementos nutritivos, y pueden llevar o producir sustancias cancerígenas. «Como el color de las frutas tiende a desaparecer rápidamente después de la recolección, quienes las acondicionan les añaden colorantes brillantes para simular el frescor y la perfección. Los primeros colorantes empleados por la industria alimentaria eran de origen natural; pero como tenían el inconveniente de palidecer con el sol y tendían a que se despellejaran los alimentos comercializables, los químicos han puesto a punto colorantes sintéticos más estables para esta industria. Pero prácticamente todos los utilizados en estos últimos años son o bien cancerígenos o bien se descomponen en sustancias que lo son» (P. Farb / G. Armelagos, op. cit., 247).
Se estima que el consumo mundial de moléculas aromatizantes se eleva a unas 15.000 toneladas (pues sólo un 15% viene de los naturales).
2. Por último, hay que mencionar los conservantes. Algunos de ellos, los nitritos, son aditivos naturales que se utilizan, por ejemplo, para preservar de botulismo a los embutidos y a las conservas. Cierto es que también se convierten en nitritos los nitratos que poseen unos productos vegetales tan familiares como la lechuga, la espinaca, la remolacha, la zanahoria y el apio: esos nitratos son convertidos por ciertas bacterias del sistema digestivo en nitritos, pero en proporciones insignificantes y nunca agresivas. Mayores cantidades de nitritos, en cambio, concentran las carnes conservadas (P. Farb / G. Armelagos, 246-247).
Asímismo, la sal es peligrosa como aditivo, pues causa la hipertensión arterial, una afección que bloquea el funcionamiento de los riñones y predispone a enfermedades del corazón. Los antiguos desconocían estos efectos cuando luchaban por la posesión de la sal, aunque conocían su utilidad en la preservación de la carne y del pescado. La sal era para ellos un punto de referencia económico seguro. Un buen esclavo valía, para un griego, su peso en sal; y como honorario de sal, salario, se pagaban desde la Edad Media las jornadas de trabajo (francés salaire, inglés salary). Quizás como secuela de su antiguo valor, hoy se consume sal en exceso. Un europeo o un norteamericano ingieren por término medio unas cinco cucharadas pequeñas de sal, cuando en realidad sus necesidades de sodio serían colmadas con una sola cucharadita.
Las tribus de hombres primitivos que en la actualidad habitan algunos puntos del planeta no consumen más sal que la encerrada normalnente en el alimento natural de su entorno y carecen de hipertensión, incluso en la ancianidad. «Una porción normal de guisantes sacados directamente del jardín sólo contiene dos miligramos de cloruro de sodio; pero la misma porción envasada contiene cien veces más. La ingestión excesiva de sal se ha convertido en una mala adaptación […].Las cantidades de potasio disponibles, y del que tenemos necesidad en el proceso de contracción de los músculos –incluido el músculo cardíaco– tienden a ser insuficientes por relación a las cantidades de sodio de nuestro régimen. Pero el desequilibrio de estas dos sales minerales arrastra una acumulación de agua en los tejidos, aumentando el volumen de sangre y, por tanto, de la presión arterial y del ritmo cardíaco. El acondicionamiento de los alimentos no hace sino agravar la situación, en la medida en que aumenta la cantidad de sodio y disminuye el de potasio» (P. Farb / G. Armelagos, 245-246).
Todos estos problemas son causados indudablemente por aspectos del progreso en la producción de alimentos. Pero no por el progreso en sí mismo, sino por los elementos irracionales y descontrolados que pueden acompañar a todo proceso humano. En la actualidad, como dice Grande Covián, «poseemos capacidad técnica para hacer que el tratamiento industrial de los alimentos pueda realizarse sin deterioro de sus propiedades nutritivas y sin cambios inaceptables de sus propiedades organolépticas, y es evidente también que la utilización de los recursos alimenticios hará cada vez más necesario el tratamiento industrial de los mismos» (F. Grande Covián, 57). El futuro del progreso alimentario está, pues, en la razón misma: en la investigación biológica para producir mejor y conservar mejor –investigación extraordinariamente avanzada hoy–, unida al inexcusable estudio de los efectos que sobre el hombre causan las sustancias puestas a su disposición –estudio sorprendentemente rudimentario en la actualidad, y sustituido por vulgarizaciones y esquemas engañosos–.
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Ariès, Paul: La fin des mangeurs. Les métamorphoses de la table à l’âge de la modernisation alimentaire, París, Desclée de Brouwer, 1997.
Courtine, Robert J.: L’assassin est à votre table, París, La Table Ronde, 1969.
Farb, Peter / Armelagos, George: Anthropologie des coutumes alimentaires, París, Denoël, 1985.
Grande Covián, Francisco: Alimentación y Nutrición, Barcelona, Salvat, 1985.
Trémolièrs, Jean: Partager le pain, París, Robert Lafont, 1975.
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