
La portada del libro de Marinetti tuvo varia fortuna. La presente fue adoptada por Gedisa para la edición española
Principios antropológicos
Estamos acostumbrados –quizás demasiado– a leer y escuchar muchas cosas acerca de la «nueva cocina», de la «cocina del futuro», del «porvenir del cocinero innovador», etc. Y –¿por qué no decirlo?– nos acongojamos cuando la propaganda dirigida nos fuerza a sentir que, en la cocina, cualquier tiempo pasado fue peor. Acabamos con cara de papanatas cuando un cocinero «pointe de la mode» pretende seducirnos con su arte.
Quiero recordar, al respecto, que hace ya muchos años el «futurismo culinario» tuvo su momento de gloria; y quiero volver a pensar sus ilusiones, sus principios, sus formas; simplemente para contrastarlos con los actuales.
Parece superfluo mencionar ahora aquel movimiento que nació hace un siglo, y en el que muy lateralmente participaron ilustres personajes como Unamuno y Cocteau. La figura menos importante y más polémica fue la que más bulla metió en su momento, Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944), autor del Manifiesto futurista (1909), donde alaba el ultranacionalismo aristocrático, el belicismo, el irracionalismo y el hedonismo; pero sobre todo exalta la originalidad, la energía y la audacia. Rechaza el inmovilismo, el tiempo, el espacio, los centros de la cultura antigua, los museos; adora la velocidad y preconiza un mundo nuevo, con sedes… de ilusiones.
Con una gran fe en el movimiento industrialista, tenía su modelo vital en la «estética de la máquina, de la física y de la química». Cuando estas tendencias trascendieron a la estética general se hicieron varios «manifiestos futuristas» en el campo de cada una de las artes. Así, en 1910 apareció el Manifiesto de la pintura futurista; en 1912 el Manifiesto técnico de la escultura futurista; en 1914, el Manifiesto arquitectónico. También el arte gastronómico tuvo el suyo, escrito en 1930 por Marinetti, y recogido con algunos escritos de sus amigos en el libro La cocina futurista[1].
El manifiesto culinario del futurismo reconoce –con cierta ingenuidad– «la influencia de la alimentación en las capacidades creativas, fecundadoras y agresivas de las razas», pues, «se piensa, se sueña y se obra según aquello que se bebe y se come»[2]; pero estima que «los hombres se han nutrido hasta ahora como las hormigas, las ratas, los gatos y los bueyes». Para remediarlo, «se propone el objetivo alto, noble y útil a todos de modificar radicalmente la alimentación de nuestra raza, fortificándola, dinamizándola y espiritualizándola con novísimas viandas en las cuales la experiencia, la inteligencia y la fantasía sustituyan económicamente a la cantidad, la banalidad, la repetición y el costo»[3]. Frente a las comidas engordantes y paralizantes, propone que el alma futurista, joven y despierta, sienta la rapidez, elasticidad y energía de un cuerpo liberado, nutrido con alimentos sanos, enérgicos, sabrosos, agradables a la vista, al tacto y al paladar, que den vigor abundante y sustancia en pequeña cantidad[4]; alimentos extraidos de la tierra cálida, inquieta y volcánica del área mediterránea. Los futuristas iniciaron sus experiencias gastronómicas en el restaurante «Penna d’Oca» de Milán, el 15 de noviembre de 1930, con una lista de platos que iba desde el caldo de rosas y sol hasta los corazones oportunistas de alcachofa. Se hizo también famosa la futurista «Taberna del Santopalato» de Turín, centro de visitas especiales.
Quizás nos recuerden estas «visitas» del gusto a esas otras actuales «excursiones gastronómicas», señaladas incluso en las guías oficiosas y oficiales. ¡Nada nuevo bajo el sol!
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Prescripciones culinarias
El futurismo culinario exige no sólo la «abolición del volumen y del peso en el modo de concebir y valuar la nutrición», sino la «abolición del cotidianismo mediocrista en los placeres del paladar»[5]. Para potenciar este segundo efecto, exige:
1º Una «armonía» original de la mesa (cristalería, vajilla, decoración) con los sabores y colores de las viandas.
2º La «originalidad» de las viandas.
3º La invención de apetitosos complejos o composiciones de «gran plasticidad formal», «cuya armonía original de formas y colores nutra los ojos y excite la fantasía antes de tentar los labios»[6].
4º Estas plásticas composiciones deben mostrar, además de colorido, cualidades táctiles y olfativas. Es decisivo «el uso del arte de los perfumes para favorecer la degustación: cada vianda debe ser precedida por un perfume que será irradiado desde la mesa mediante ventiladores»[7]. Los perfumes, como la música, son «apropiados para crear en el comensal un estado de ánimo optimista singularmente útil para una buena digestión»[8].
5º Con objeto de que estos complejos plásticos puedan dar un «placer táctil prelabial» se suprime el uso del tenedor y del cuchillo y se exige la aplicación directa de los dedos.
6º Para evitar tensiones extra-gastronómicas, se suprime la elocuencia y la política en la mesa.
7º En fin, como la fantasía es una función psicológica totalizadora, Marinetti propone que ésta sea estimulada continuamente en la mesa, presentando rápidamente «entre plato y plato, bajo las narices y los ojos de los convidados, algunos platos que ellos comerán y otros que no comerán, para favorecer la curiosidad, la sorpresa y la fantasía». Esa estimulación imaginativa se verá también favorecida por «la creación de bocados simultáneos y cambiantes que contengan diez, veinte sabores degustables en pocos instantes. Estos bocados tendrán en la cocina futurista una función inmensificante análoga a la que las imágenes tienen en la literatura. Un determinado bocado podrá asumir una entera zona de vida, el desenvolverse de una pasión amorosa o un largo viaje al Extremo Oriente»[9].
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Una incipiente cocina molecular
Por aquellas páginas y prácticas andaba ya larvada la nueva cocina molecular: el uso del arte de los aromas para favorecer la degustación, la aplicación de sonidos que potenciaran el disfrute sensual de sabores concretos, la variedad rápida de emboques en corto tiempo. Y, en cuanto a instrumentos, la dotación de artefactos científicos que perfumaran las bebidas y los alimentos, las lámparas ultravioleta para irradiar algunas sustancias y hacerlas más asimilables, los electrolizadores para deconstruir jugos y extractos, los dispositivos para pulverizar frutos secos y especias, los aparejos de destilación a presión ordinaria y al vacío, las autoclaves, los dializadores, los indicadores químicos que dieran cuenta de la acidez y alcalinidad de las salsas, y permitieran corregir excesos o defectos de especias, sal o azúcar[10].
La plasticidad de algunos de los platos ofrecidos nos deja todavía hoy con una sonrisa de suspense en la boca. Por ejemplo, el «Carneplástico», un plato que quiere ser una interpretación sintética de los paisajes italianos, estaba compuesto por «una gran albóndiga de carne de ternero asada, rellena de once variedades diversas de verduras cocidas». Tenía forma de cilindro, «dispuesto verticalmente en el centro del plato»; estaba «coronado por una espesa capa de miel» y sostenido en la base «por una anillo de salchicha que apoya sobre tres esferas doradas de carne de pollo»[11].
Por cierto, ese cilindro, pero con sabor a tortilla de patatas, no hace mucho que lo tuve que «degustar» en un conocido restaurante. ¡Nada nuevo bajo el sol!
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Las fobias gastronómicas
Marinetti proclamó que «la cocina futurista será liberada de la vieja obsesión del volumen y del peso y tendrá por uno de sus principios la abolición de la pastasciutta. La pastasciutta, en cuanto complaciente al paladar, es un plato pasatista [hoy diríamos pasota] porque engorda, embrutece, engaña en su capacidad nutritiva, nos hace escépticos, lentos, pesimistas. Es por otra parte patriótico favorecer como sustituto el arroz»[12]. Los defensores de la pastasciutta son melancólicos y propagandistas de la melancolía: tapan con una pirámide farinácea el agujero negro de su tristeza, pero no lo alegran. Recuerdan los futuristas que ya Schopenhauer calificó el alimento farináceo italiano como «la comida de los resignados»[13]. La polémica obsesiva del futurismo contra la pastasciutta –tan entrañable para muchos italianos– es una de las facetas más divertidas de este movimiento, quizás no exenta de alguna razón. Querían impedir que el italiano se volviera «cúbico, torpe, rechoncho, de una compacidad opaca y ciega»; deseaban una agilidad de cuerpos «adaptados a los ligerísimos trenes de aluminio que sustituirán a los actuales de pesados hierros, maderas y acero», mediante una alimentación «apropiada para una vida cada vez más aérea y veloz»[14]. Sostenían que cuando el artista inspirado, el orador impetuoso, el agricultor tenaz comen pastasciutta desarrollan un escepticismo irónico y sentimental que trunca su entusiasmo. Basan parte de su análisis en apreciaciones de profesores y clínicos. Por ejemplo el doctor napolitano Signorelli decía que, «a diferencia del pan y del arroz la pastasciutta es una alimento que se engulle, no se mastica. Este alimento amiláceo es en gran parte digerido en la boca por la saliva y el trabajo de transformación es desempeñado por el páncreas y por el hígado. Esto conlleva un desequilibrio acompañado por disturbios de estos órganos. De ello derivan: desgana, pesimismo, inactividad nostálgica y neutralismo». El gran clínico Nicola Pende aseguraba que «los grandes consumidores de pastasciutta son de carácter lento y pacífico, aquellos que lo son de la carne son de carácter veloz y agresivo».
El futurismo exige además que la industria química y dietética se ponga al servicio de la «aligeración» y «dinamización corporal», dando al cuerpo «las calorías necesarias mediante equivalentes nutritivos gratuitos en polvo o píldoras, compuestos albuminosos, grasas sintéticas y vitaminas. Se llegará así a una real disminución del costo de la vida y de los salarios con relativa reducción de las horas de trabajo […]. Este, siendo reducido a dos o tres horas, permite perfeccionar y ennoblecer las demás horas con el pensamiento, las artes y la degustación de comidas perfectas»[15]. Asimismo, tenían la intención de crear platos económicos para salir airosamente de una comparación con la pastasciutta. Con ellos habría de seguirse también el espíritu revolucionario de modificar los hábitos y preparar el paladar para la futura alimentación de una vida cada vez más aérea y veloz. ¡Nada nuevo bajo el sol!
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Dietética, estética y ética futuristas.
Las discusiones sobre la cocina futurista no se limitaron al ámbito gastronómico, puesto que su voluntad revolucionaria se expresaba en muchas ramas de la vida y del arte.
Precisamente cuando nuevas tendencias estéticas, nuevas formas de vida, nuevos complejos arquitectónicos reemplezaron los modos estéticos en que soñaban los futuristas, decayó también el interés de la cocina futurista. Aunque dejó jirones gastronómicos de cierto valor asimilados en la cocina contemporánea. Y todavía hoy se podrían seguir usando con éxito algunos términos del glosario futurista, encaminado a determinar las afinidades y el complementarismo de cualidades sensibles subjetivas con elementos nutritivos objetivos[16].
La propuesta futurista no habla de nutrientes –elementos químicos que, como los aminoácidos, son constitutivos de las proteínas y, por tanto, de la sustancia celular– sino de alimentos, considerados preponderamente desde sus cualidades organolépticas. Pone en una relación estrecha el tipo de alimentación con el carácter y el modo de ser de los pueblos, aunque sólo llega a dar sobre ello vagas indicaciones biológicas, carentes de contrastación científica. Y a su vez, no separa con nitidez en el alimento el aspecto «nutritivo» del aspecto «estético». Ello oscurece algunas de sus iniciativas «nutricionistas» más interesantes. El aspecto estético, por otra parte, tiende a instaurar una sensualización excesivamente «carnal» del alimento, dejando al individuo varado en la pura epidermis gustativa, olfativa y táctil de su ser. De este modo, el comer se convierte para la cocina futurista en un objetivo terrestre para un ser también intraterrestre –escueta definición de la gula–, sin considerar la articulación del alimento en el orden racional íntegro del ser humano, orden que gradúa jerárquicamente tanto el aspecto nutritivo como el aspecto estético de la comida.
Mirando las nuevas cocinas, los cocineros de vanguardia, las revoluciones alimentarias, uno tiene la sensación de que, en sentido vanguardista, se suceden repeticiones formales ¡Nada nuevo bajo el sol!
No hace mucho, un local de Hurley, cerca de Londres, tuvo la feliz ocurrencia de repristinar un banquete de aquella cocina futurista: había terrinas de gelatina de zanahoria y brócoli, también piruletas de pescado, solomillo de cerdo que simulaban volar con alas de perdiz… unos camareros que en el ínterin se transformaban en bailarines de charlestón. Quizás sólo faltó al final pacharán con un fondo de endivias.
[1] F. T. Marinetti y Fillià, La cocina futurista, Gedisa, 1985.
[2] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 25.
[3] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 9-10.
[4] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 39.
[5] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 27.
[6] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 29.
[7] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 30.
[8] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 33.
[9] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 30.
[10] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 31.
[11] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 29.
[12] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 24.
[13] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 42.
[14] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 26.
[15] F. T. Marinetti y Fillià, op. cit., 28.
[16] He aquí algunos de estos términos: «comperfume» y «disperfume», «contáctil» y «distáctil», «conruido» y «disruido», «conmúsica» y «dismúsica», «conluz» y «disluz».
Comperfume: «La afinidad olfativa de un determinado perfume con el sabor de una determinada vianda; ejemplo: el comperfume del puré de patatas y la rosa». Disperfume: «El complementarismo de un determinado perfume con el sabor de una determinada vianda; ejemplo: el disperfume de la carne cruda es el jazmín».
Contáctil: «Afinidad táctil de una determinada materia con el sabor de una determinada vianda; ejemplo: el contáctil del pastel de plátanos y el terciopelo». Distáctil: «El complementarismo de una determinada materia con el sabor de una determinada vianda». Etc.
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