
Vincent Van Gogh: “Bodegón con manzanas” (1885). Empleando una perspectiva alzada, el pintor dota de un volumen esquemático a las manzanas que conforman la composición.
Suscitado por Lope
Entretenido con la lectura de Lope de Vega, uno de mis autores favoritos, me ha saltado desde unos versos la palabra «camuesa», despertándome gratas imágenes de mi niñez.
En el mercado de mi pueblo, Baeza, aparecían esporádicamente esas ricas manzanas que son las camuesas; y mi madre adquiría siempre algunas piezas para regalarnos los momentos finales de la comida. Con el correr del tiempo, muy lejos ya de los sitios de mi infancia, se fue disipando en mí la imagen de esa bella fruta.
Leía concretamente el Peribáñez de Lope; y por un momento he sentido el hálito de una remota frescura, siguiendo los delicados versos dirigidos a la hermosa Casilda:
No hay camuesa que se afeite
que no te rinda ventaja…
El verbo “afeitar” está muy bien utilizado ahí, pues no significa raer el pelo, sino adornar, componer, hermosear, que es el significado propio del latino affectare (acicalarse). Una camuesa que se afeita es que madura bellamente: la camuesa era apreciada, entre todas las manzanas, por su belleza, aroma, gusto y valor medicinal (Covarrubias), siendo el camueso el árbol que las produce, una variedad del manzano.
Los versos de Lope me han dado un tirón hacia los posos de mi memoria. Y es que desde hace muchos años temo no haberme topado nunca con una camuesa de aquellas; por eso he divertido unos minutos en navegar por internet para encontrar artículos y fotografías que me dieran pistas sobre el tamaño, color y sabor de esa manzana que todavía reflota en las nubes de mi recuerdo. Me he llevado una gran desilusión. Porque las abultadas camuesas de México en nada se parecen a las que identifico en pueblos de España; y estas últimas, entre sí, sólo se parecen en que son manzanas, pues, salvo en el nombre, no coinciden en los distintos elementos visuales y gustativos que retengo.
Confiado en Sorapán
Ahora bien, mis lejanas y gustosas fantasías organolépticas no podían andar descarriadas. Si me adentro en la tradición española vertida en novelas y libros académicos me saltan acreditaciones suficientes para quedar admirado de la aceptación y alta estima que yo tenía por la camuesa.
Por ejemplo, en el libro “Medicina española” (1616) Sorapán de Rieros hace una glosa interesante al siguiente refrán:
De los colores la grana,
de las frutas la manzana.
El autor va explicando la dimensión organoléptica –la percepción sensorial de los manjares por el gusto, el tacto, el olfato y la vista– que la gastronomía conlleva, y dice muy razonablemente que el displacer sensorial proviene de la cosa que altera y corrompe nuestra naturaleza; y el placer, de la contraria (202). El refrán aludido, por lo tanto, responde a una sinfonía organoléptica.
Por lo que a la manzana se refiere, Sorapán advierte que el refrán no traduce con el nombre de manzana el término griego «milon» o el latino «malum», los cuales comprendían, además de lo que entendemos por manzana, muy variadas frutas, como los duraznos, albaricoques, limones y cidras. Se refiere, pues, a la manzana en sentido estricto, de cualidad estíptica, fría y terrestre. Las dulces –dice él– son mas húmedas, pero templadas entre calor y frío. Las acerbas restriñen el vientre.
Y ahora viene lo más interesante para mi propósito: Sorapán estima que la más excelente es la camuesa de España: las fruta más aromática, grata y sabrosa al gusto. “Y si alguno dijere que Galeno no fue de este parecer, digo que Galeno no conoció camuesas, porque no las hay más que en España” (208). Ninguna fruta iguala en bondad a la camuesa: “porque es graciosa y suave al gusto y con facilidad se cuece en el estómago y pasa de él” (218).
Corroborado por Góngora
Con el antecedente de esta autoridad paso al Polifemo de Góngora y leo la dedicatoria –una carta casi exculpatoria– que dirige al Conde de Niebla, donde incluye una corrección estilística a la octava nº 10, referida precisamente a la camuesa. Se trata de la siguiente estancia:
la opilada
camuesa, que el color pierde amarillo
en tomando el acero del cuchillo.
Opilar es un efecto negativo que puede producir la manzana en el sistema digestivo, a saber: obstruir, cerrar el paso. Aunque el comentario de Góngora se refiere al nivel estilístico del poema, consigna también aspectos gastronómicos y dietéticos : “La camuesa –más gustosa en España que en Flandes, debido a la humedad que allá reina–, una vez mondada o partida con el cuchillo, pierde el color amarillo de la corteza, puesto que pierde la corteza. Además […] aunque en esta estancia parece aludirse a la oxidación del cuchillo por los ácidos de la fruta, en verdad la metáfora se refiere a una enfermedad y a su remedio. En efecto, el poner a la camuesa amarilla como los enfermos de opilación, que se curan con flor de acero, no parecía bien afinado a la música de mi Fábula. Es la opilación una suerte de obstrucción ocasionada por el hábito que tienen algunas mujeres de comer barro. La figura resultaba pedestre y hacía pasar, sin tránsito, del ambiente poético al ambiente casero y a la medicina doméstica. Y resolví corregir la estancia y sustituir la camuesa por la pera”.
Yo no puedo discutirle a Góngora el acierto de ese cambio; pero sí le agradezco su erudita explicación, pues ha logrado acercarme a la realidad de la fruta amarilla que anidaba en mis recuerdos.
Y rubricado por Lope
Otra vez Lope de Vega, en El rufián Castrucho, pone en boca de Teodora la descripción de una jovencita:
No tiene diez y seis años,
fresca como una camuesa.
En estos versos se encierra quizás un sentido traslaticio, pues a juicio del P. Diego de Guadix la camuesa viene de una palabra arábiga que significa “cosa que tiene semejanza de teta o pecho de mujer” (Recopilación de algunos nombres arábigos, 1593).

Esta camuesa es una fruta autóctona de los campos sureños cordobeses, con textura de manzana y forma de pera (Foto de Bibiano Montes Pérez).
Por mi parte ratifico que la camuesa de mis recuerdos no era completamente redonda, pues tenía un cuerpo ligeramente alargado.
Por último, leo la mejor alabanza que quizás Lope dirige a la camuesa, en La Jerusalén libertada (1609):
La roja y áurea hespérida camuesa
en su principio del dragón guardada…
Hespérida significa concretamente occidental, pues se dice del planeta Héspero, Venus. En su realidad frutal la camuesa puede estar entreverada de rojo y oro. Y es así como ahora la recuerdo. Sólo que viene a mi paladar con un estremecido regusto de ácido lozano, a la vez suave y dulce.
Quizás la camuesa que yo degusté en mis años mozos debía ser la que se cultiva todavía en algunos campos de Córdoba y que llegaba de vez en vez al mercado de mi pueblo.
Lo que nunca llegué a entender es por qué el “camueso”, el árbol de esa manzana, tiene en nuestra lengua una segunda acepción que es negativa: “Camueso: hombre muy necio e ignorante”; vamos, que muele y cansa cuando entra en danza.
2 mayo, 2012 at 9:15
Pues no se si hablaremos de las mismas pero por La Rioja baja eran muy apreciadas también, de hecho hay un postre típico llamado Camuesada o Sosiega elaborado al cocer en leche estas manzanas
23 marzo, 2016 at 16:39
Las mejores camuesas son las de las huertas de La Vega de Priego de Córdoba.
23 marzo, 2016 at 16:46
Son alargadas, amarillas, de olor muy bueno, y se conservan al aire libre hasta Navidad.
También las hay en Carcabuey donde tratan de conservarlas.
15 abril, 2022 at 17:16
Pocas quedan en estos pagos carcabulenses ….una pena con lo ricas que son
18 julio, 2019 at 18:09
Genial justo esto es lo que me faltaba para terminar mi trabajo, al fiiiiin T.T GRACIAS!
8 octubre, 2019 at 21:52
No he vuelto a ver camuesas desde mi niñez. Las recuerdo alargadas y amarillas.
Mi madre las ponía entre la ropa limpia: toallas, sábanas pare que la perfumase.
Meterse en la cama con su suave y grato olor producía relajación y un sueño suave.