Los humores
Toda la dietética antigua enseña que en todas las transformaciones de la sustancia humana permanece un fluido viscoso inmutable llamado «humor», identificable al observar, por ejemplo, las emisiones de los vómitos o la coagulación de la sangre; de aquí surgió la «doctrina humoral». Pólibo (400 a.C.) enumeró, en Sobre la naturaleza del hombre, cuatro humores básicos: la sangre, la flema (o pituita), la bilis amarilla y la bilis negra[1]. El jugo alimenticio o «quilo» de la primera digestión se convierte, por una segunda digestión operada dentro de los órganos principales capitaneados por el hígado, en humor, el cual es a su vez causa inmediata, por una tercera digestión, de los distintos miembros sólidos. Por ejemplo, la sangre se genera en el hígado a partir de la porción templada del «quilo». Cada humor es soporte de dos cualidades elementales: la flema, de lo frío y lo húmedo; la sangre, de lo caliente y lo húmedo; la bilis amarilla, de lo caliente y lo seco; la bilis negra, de lo frío y lo seco[2].
*

Melancólico. Iconografía de Ripa
Correlaciones humorales
Otras correlacion
es hay entre flema e invierno, entre sangre y primavera, entre bilis amarilla y verano, entre bilis negra y otoño[3]. Cada humor es atraído al lugar más idóneo para él: la flema a la cabeza, la sangre al corazón, la bilis amarilla al hígado, la bilis negra al bazo. La bilis y la flema son los humores que más enfermedades causan: el exceso de flema en el cerebro produce epilepsia, y el de bilis locura. El cerebro es visto, pues, como una glándula que regula lo frío y lo húmedo de la flema.
Los humores son así «elementos secundarios», resultantes de la mezcla proporcional de los «elementos primarios». Pero, en cuanto «elementos», no son cuerpos empíricamente observables, sino componentes elementales; por ejemplo, la sangre que brota de una vena incidida es ya una mezcla de los cuatro humores, en la que predomina la «sangre-elemento». Asimismo, las diversas partes del cuerpo (carne, grasa, materia hepática, sangre, etc.) son tipos distintos de esa mezcla.
*
En el orden fisiológico, los galénicos vieron el corazón como centro del sistema vascular, llegando a diferenciar las arterias de las venas; identificaron también la función del epiglotis, destruyendo el error de pensar que los líquidos ingeridos pasan al pulmón directamente para refrigerarle.
*
Complexiones o temperamentos
El médico licenciado por Osuna prescribió a Sancho (en su Ínsula Barataria) una dieta correspondiente a la complexión sanguínea y a un hábito corporal quizás obeso.
La complexión o el temperamento era, en un sujeto, la estructura equilibrada de los humores. En la enumeración que los autores medievales hacían de las «señales» de los temperamentos en las personas influyó a lo largo de la Edad Media, como se dijo, la obra pseudo-aristotélica Secreta Secretorum. Una descripción desenfadada, aunque precisa, de estas señales se encuentra en la última parte del Corbacho (1438) de Alfonso Martínez de Toledo[4], donde trata «De las complexiones» según la tradición hipocrática y galénica: «Son cuatro complexiones en los hombres: hombre sanguíneo, hombre colérico, hombre flemático, hombre melancólico. Y aunque cada cuerpo sea compuesto de estas cuatro complexiones y no sin alguna de ellas, pero la que más al cuerpo señorea, de aquélla es llamado complexionado principalmente». Sigue, pues, el esquema clásico.
*
Psicología de los temperamentos
La dietética medieval estudiaba, por tanto, las relaciones que existen entre la alimentación y el psiquismo, expresadas en las manifestaciones del comportamiento. Ya los hipocráticos subrayaban que los alimentos son capaces de modificar los «humores» del hombre, las sustancias primitivas que, al mezclarse, permitirían el buen o el mal funcionamiento del organismo.
Es interesante observar los aspectos psicológicos de cada temperamento, recogidos en los Regimina sanitatis[5].
Los sanguíneos «son de naturaleza pingüe y jovial; desean siempre oir nuevos rumores, se deleitan con Venus y Baco, con las comidas y las risas, son graciosos y bonachonamente locuaces; versátiles en todo, no propensos a la ira; el sanguíneo es generoso, apasionado, alegre, sonriente, sonrosado, amante del canto, carnoso, audaz y benévolo». Por su prevalencia de sangre –humor universal–, para conservarse sanos debían abstenerse de beber, de ejercitarse demasiado y de estar mucho al sol en tiempo de estío.
Los coléricos «son impetuosos y desean sobresalir sobre los demás; fácilmente aprenden, comen mucho y son magnánimos, generosos, ávidos de honores; hirsutos, falaces, irascibles, pródigos, audaces, astutos, gráciles, magros y de color azafranado». Por su predominio de la bilis –instrumento principal de la cocción–, debían de huir de todo lo que la excitaba, como aromas, vinos generosos, pasiones fuertes, alimentos dulces y salsas picantes.
Los flemáticos «tienen las fuerzas flacas, son anchos, pero de baja estatura; la flema les hace pingües y la sangre moderados; no se dan al estudio, sino al ocio y al sueño; el flemático es débil de ingenio, lento de movimientos, amante de la ociosidad y del sueño, escupidor, de escaso ingenio, de cara gruesa y de color blanco». Por su abundancia de flema, debían rehuir lo húmedo, beber poco vino y comer alimentos leves.
Los melancólicos son «tristes, débiles y poco locuaces; son activos en el estudio y no inclinados al sueño; constantes en propósitos, pues piensan que nada les es seguro; son envidiosos y tristes, avariciosos y fraudulentos, tímidos y de color terreo».
*
El Zodíaco en los temperamentos
En el área europea, los Regimina Sanitatis ponían incluso en relación los temperamentos con los signos zodiacales.
Aries, Leo y Sagitario, son del colérico, y corresponden al elemento del fuego.
Cáncer, Escorpio y Piscis, del flemático, correspondientes al elemento del agua.
Géminis, Libra y Aquario, son del sanguíneo, correspondientes al elemento del aire.
Taurus, Virgo y Capricornio, son del melancólico, correspondientes al elemento de la tierra.
Parece ser que fue Tolomeo, el más célebre astrónomo de la antigüedad, el que estableció la correspondencia entre las constelaciones zodiacales y las partes de nuestro cuerpo. Y hasta bien entrado el siglo XVIII se siguió creyendo que las constelaciones influían en los órganos humanos que se les asemejaban. La Escuela de Salerno acogió esta doctrina en un capítulo titulado Parallelismus signorum coelestium cum partibus[6].
Veían, pues, semejanzas entre las constelaciones del Zodíaco y las partes del cuerpo humano: cabeza, de Aries; cuello, de Taurus; brazos de Geminis; pulmón, hígado y bazo, de Cáncer; estómago y corazón, de Leo; intestinos y vientre, de Virgo; riñones y vejiga, de Libra; genitales, de Escorpio; muslos, de Sagitario; rodillas, de Capricornio; piernas, de Acuario; pies, de Piscis.
De esta forma llegó progresivamente a complicarse hasta la exageración el cuadro de los humores[7], en el que convivieron de manera ecléctica diversas corrientes de pensamiento, tanto de médicos como de alquimistas[8]. Era visto como un esquema que valía tanto para el microcosmos, como para el macrocosmos.
[1] La sangre, que se asemejaba al aire, era elemento volátil y fluido, derivado del corazón. La flema o pituita, elemento acuoso y húmedo, se derivaba del cerebro y circulaba por todo el cuerpo. La cólera o bilis amarilla, similar al fuego, era elemento volátil y caliente, segregado por el hígado. La atrábilis o bilis negra, semejante a la tierra, era un jugo pesado y frío que provenía del bazo y se vertía al estómago.
[2] Regimen sanitatis salernitanum, IV, V, 7.
[3] En la exposición versificada de Villalobos sobre los humores:
Y destos la cólera es cálida y seca,
la sangre es caliente con mucha humedad;
es húmeda el flema y de gran frialdad;
la melancolía como tierra pesa,
pues que es fría y seca de su cualidad.
[4] Alfonso Martínez de Toledo, Corbacho,.
[5] Regimen sanitatis salernitanum, IV, V, 1-4.
[6] Regimen sanitatis salernitanum, IV, VI, 2.
[7] E. Schöner, Das Viererschema in der antiken Humoralpathologie; K. Schönfeldt, Die Temperamentenlehre in deutschsprachigen Handschriften des 15. Jahrhunderts.
[8] R. Herrlinger, «Die historische Entwicklung des Viererschemas in der antiken und mittelalterlichen Humorallehre», 115.
Deja una respuesta