Categoría: 2. Dietética (página 5 de 6)

La búsqueda de la salud personal y social a través de la alimentación

Dietética medieval, 10: Evacuaciones correctas

Galeno enseñaba que había tres planos de facultades biológi­cas en el hombre: el anima­lis, localizado en el cerebro, con sus fun­ciones cognitivas; el vitalis, localizado en el corazón, con sus funciones vivifican­tes a través de la sangre; y el naturalis, lo­cali­zado en el hígado.

Por su parte, las facultades o virtutes natu­rales son también tres: la de engendrar (generativa), la de aumentar el cuerpo (aug­menta­tiva) y la de nutrirlo o alimen­tarlo (nutritiva). La facul­tad de en­gendrar tiene ne­cesidad de la de aumentar, y ésta de la de nu­trir o sustentar. A su vez, la nutritiva tiene ne­cesidad de otras cuatro: la de atraer lo necesa­rio (vis atractiva), la de retenerlo (vis re­ten­tiva), la de transfor­marlo o cocerlo (vis con­versiva) y la de expelerlo (vis expulsiva).

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1. Todas son necesarias, pero la última cum­ple un papel muy es­pecial. «Para que el hom­bre tenga el au­mento que su virtud le pue­de dar, ha de carecer de impedimen­tos, que es la detención de los excremen­tos; que no ha­biendo este de­tenimiento, las facul­tades natu­rales hacen bien su oficio (como dice Galeno), dando la que alimenta sustento conveniente a la virtud de crecer, de manera que el cuerpo sin impedimento alguno llegue en su aumento al término que la causa eficiente y material le pueden dar»[1]. Los impedimentos del crecimiento son, por tanto, las superflui­dades[2]. Seguir leyendo

Dietética medieval, 5: Ambiente idóneo

Mariano J. M. B. Fortuny (1838-1874): "Viejo al sol" En el cuadro se resalta el naturalismo de la figura: el declive de la piel y los músculos caídos por la edad, expuestos al calor de las primeras luces de la mañana. El artista nos muestra la figura del anciano sobre un fondo neutro para acentuar algunos contrastes, bañándolo con una espléndida luz solar, en la que el hombre se siente feliz, disfrutando del momento. La pintura refleja la particularidad del gesto del rostro, donde el anciano manifiesta su ánimo sereno y radiante.

«Cámbiale de aire al viejo, y mudará el pellejo»

Los autores antiguos de un Régimen de salud, desde el griego Hipócrates al catalán Arnaldo de Vilanova, pasando por los árabes, proponían como primera regla dietética elegir un ambiente idóneo: lo que llamaban aires y lugares.

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Aires

Para el corazón tiene el aire dos funcio­nes, dicen los salernita­nos: refrigera su ca­lor in­nato, evitando que se consuma la hume­dad ra­dical; y elimina los humos pro­ducidos por las combustiones fisiológicas. El corazón atrae el aire necesario para su refrigera­ción mediante la diástole; y ex­pulsa los humos dañinos a sus teji­dos y a los espíritus vitales mediante la sís­tole[1].

A finales del siglo XV confirma Savo­narola que Avicena y Galeno hacían más caso del aire solo que de las demás activi­dades die­téticas,  porque da más alteración a los cuerpos humanos que todas ellas: «y esto ve­mos por experiencia: que alguna vez están los hombres enfermos de tales enfermedades que ni por buenos manjares ni por medicinas pue­den sa­nar, y pasán­dose de un aire a otro sanan. Y por tanto, dice Avicena que no toda enfer­medad se cura con su contrario, antes se cura con mu­darse de lugar a lugar y de aire a aire»[2]. El aire es lo que impide la extinción del ca­lor vital o «calor natural» localizado en el cora­zón; mien­tras que el ali­mento impide la extin­ción del «húmedo radical». Ese ca­lor natural perma­nece de la misma manera que la llama se man­tiene viva si hay aire. Según la doctrina galé­nica, el aire entra en el cuerpo principal­mente a través del cora­zón, cuya sangre arte­rial lo lleva vivífica­mente a los órganos y miembros, pero también entra por los poros de la piel[3]. Seguir leyendo

¡Higos! Una antigua panacea

Tomás Yepes (1600-1674), “Bodegón con higos”. La iluminación tenebrista resalta la calidad de los frutos y subraya sus contornos, resueltos con finos matices.

Yo, en la higuera

Mi abuelo tenía una casa en el pueblo, con un gran patio (el corral, decíamos). Crecían allí dos maravillosas higueras, una de higos blancos, otra de higos negros; y con dulzores distintos. No eran altas. En época de cosecha, allá por julio venían las brevas; por agosto, los higos. De mañana yo trepaba a las higueras para sentir el placer de tener entre mis dedos la fresca madurez de aquellos frutos, de pezón largo e interior rojo.

Estoy convencido de que aquellas deleitosas experiencias  infantiles, tan primarias y naturales, se adentraron tanto en mi inconsciente que hoy no me atrevería a designar como buenos o malos los frutos que no hayan sido tamizados calladamente por aquel estrato gastronómico originario de mi infancia.

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Culinaria de los higos: Postres, potajes, masas

1. Cuando hace unos años incluí en mi libro La cocina mediterránea en la época del Renacimiento la edición del Libro de los guisados de Ruperto de Nola (escrito a finales del siglo XV), me llamaron la atención aquellas recetas que, desde antiguo, aprovechaban los frutos de temporada, como los higos; y sobre todo, expresaban la magia interna de sus preparaciones, como la «burnia de higos». Seguir leyendo

Escasez y abundancia de alimentos

Camile Pissarro (1830-1903), “La cosecha”. Con fuerte estilo impresionista y brillantez cromática toca el tema de la vida de unos campesinos que hacen acopio de su cosecha. Captura el momento real con gran lirismo.

 

Nuevas tierras de cultivo

Me preguntan si son suficientes los recursos alimentarios existentes en el mundo para calmar las necesidades de los 6.900 millones de seres humanos de principios del siglo XXI. En realidad esta pregunta se viene repitiendo desde hace más de un siglo. Y se le han dado diversas respuestas, en función de la relación que puede existir entre población y alimentos.

Lo primero que debemos conocer es la extensión mundial de tierra disponible para la agricultura. Las aguas se extienden por 361.000.000 Km2. El total de tierras emergidas (sobre el nivel del mar) es de 149.000.000 Km2: de estas, las agrícolas vienen a ser  5.500.000 Km2; los bosques ocupan 40.000.000 Km2; los espacios no cultivados son, como mínimo, 50.000.000 Km2. El resto, muy amplio, se incluye en relieves (montes, montañas) y otros fenómenos geográficos.

Hay un primer modo -no el único- de contribuir a satisfacer la creciente demanda de alimentos, a saber: poner nuevas tierras en cultivo. Eso se está realizando de una manera muy lenta y con éxito moderado.

No lo ven así algunos pesimistas, al afirmar que la tierra del mundo se deteriora y que el equilibrio de los sistemas alimentarios está siendo socavado por la deforestación, la erosión del suelo, el cultivo excesivo y la desertización. Sin embargo, con datos en la mano, se prueba que la cantidad de tierra arable en el mundo aumenta anualmente. Por ejemplo, en la década que va de 1950 a 1960 la tierra de labor aumentó un 9% (1% anual) en 87 países que representan el 73% de superficie emergida. La India, en concreto, recuperó en ese período 100.000 kilómetros cuadrados de tierra cultivable. Desde 1963 a 1975 hubo un porcentaje de incremento del 7,4%. Seguir leyendo

También la alimentación hace al hombre

 

La pintora danesa Anna Kirstine Brondum Ancher (1859-1935) muestra en esta escena íntima, “Dando de comer”, a una madre alimentado a su hijo. Destaca la riqueza de colores vivos, en un espacio donde una intensa luz se proyecta sobre los personajes. El niño empieza a dominar su masticación.

El hombre en el orden de los Primates

En Nebraska fué desenterrado un diente fosilizado que inicial­mente los biólogos tomaron por el de un humano primitivo. Tras un estudio más detallado se averiguó que perteneció a un cerdo. ¿Por qué se produjo este error inicial? Sencillamente porque el modo de alimentación puede ser determinante del número, género y forma de los dientes de un mamífero. Y resulta que el cerdo es omnívoro, habiendo perdido, lo mismo que el hombre primitivo, la alta especialización cortante de los incisivos (por ejemplo, los de un caballo) y la potencialidad perforante de los caninos (por ejem­plo, los de un tigre). De hecho, el tipo de comida acaba modulando la configuración corporal.

El impulso de alimentación fue un resorte interno de la evolu­ción de los primates superiores, de los que se moduló la corpo­ralidad humana, en contacto con factores ambientales y ecológicos, entre los cuales se halla en un lugar destacado el modo (arte o técnica) de nutrición omnívora.

En cuanto a su cuerpo, el hombre es clasificado en el reino animal como perteneciente al orden de los «Primates», siendo congénere de homínidos fósiles tales como el Australopithecus ro­bustus o el Homo habilis.[1]. El Autralopithecus y el Homo habilis vivieron hace más de mi­llón y medio de años, encontrándose sus restos en el Sur de Africa. Desconocían el fuego. Las posteriores formas fósiles propiamente humanas del Homo erectus tienen una antigüedad de quinientos mil años, y están representadas principalmente por el llamado Pite­cántropo (Hombre de Java) y el Sinántropo (Hombre de Pekín). El hombre actual pertenece al tipo único del Homo sapiens, subgrupo de los humanos, cuyas antiguas formas –como la del Hombre de Neanderthal– vivieron desde hace doscientos mil a treinta mil años. Seguir leyendo

Agresiones alimentarias toleradas

Salvador Dalí: “Cesta de pan”. El pan blanco actual, comparado con el pan integral, es en un 70% más pobre en vitamina B6, en un 58% más pobre en ácido pantoténico, en un 47% en ácido fólico, en un 60% en potasio.

El alimento expoliado

Cuando un niño europeo o nortea­me­ricano tiene en su mano una simple bolsa de patatas fritas, en realidad lleva consigo un sin­fín de operaciones quími­cas que han podido reducir el delgado trozo de patata a una especie de papel secante al que se le ha adherido la grasa y la sal empleadas en su fabricación. Pero antes de eso, la patata ha estado obediente­mente some­tida al imperio de la quí­mica. Primero fue agredida químicamente mientras es­tuvo en tie­rra, para no ser ata­cada por in­sectos. Después de su reco­lección, fue tratada con acetato de metilo para que no germinara. En el proceso de fritura y en­vasado se le pudo añadir con­servantes y aromas artificiales. Cuando el eslogan publicitario proclama al fin el carácter natural de ese producto, en rea­lidad puede estar ofre­ciendo casi un de­trito, carente de elementos nutritivos ori­ginales y, además, peligroso para la sa­lud (R. J. Courtine, 46-66).

Esa patata –un producto tan exten­dido y generoso– se podría to­mar como sím­bolo de las manipulaciones químicas que sufren ac­tualmente nuestros ali­mentos.

Mediante el perfeccionamiento de las modernas técnicas ali­mentarias la huma­nidad no saca ya el total de sus calorías ni de las carnes en estado natural, ni de las frutas y legumbres frescas: se acomoda progresivamente a productos preparados por congelación o conservación, inter­venidos incluso por algún procedimiento químico.

La multiplicidad de productos natu­rales nutritivos re­partidos sobre la tierra se ve reducida cualitativamente a unos cuantos alimentos preparados, fá­cilmente identificables en un su­permer­cado. Con el aumento del consumo de grasas y azúcares preparados disminuye la carga de vitaminas y minerales. Seguir leyendo

Avances y remiendos alimentarios: conservar y modificar

Adriaen Van Utrecht: “Despensa” (1642). Un bodegón –típico del barroco holandés–exuberante, abundante en manjares y objetos que presenta: da a conocer la riqueza originaria y directa de su nación.

Conservar

 

Con la aplicación del maquinismo, la llamada «revolución in­dustrial» trajo al ámbito alimentario, desde el siglo XVIII, cuatro maneras de conseguir mejores alimentos: la conservación, la mecani­zación, el comercio y el transporte.

Sin embargo la conservación de los alimentos ha existido desde hace varios milenios en aquellas antiguas regiones de Asia y Eu­ropa cuyas posibilidades lo permitían (mediante la aplicación del adobo, de la maceración, del vinagre, del hielo, de la sal, del azú­car, del ahumado, de la cocción y del secado). Seguir leyendo

Del comer y engordar

 

En su óleo "El gordo al arco" (a la portería) el pintor argentino Alejandro Varela (1963-) expresa, con gestos gráficos y francos, las desigualdades sociales que sufren los individuos con prevalencia de sobrepeso y obesidad; incluso entre los niños. Un sobrepeso que está relacionado con factores de riesgo genéticos, ambientales y del estilo de vida que afectan a todo el espectro social; mientras que la obesidad está muy vinculada con el menor nivel educativo familiar y es un marcador de desigualdad en salud.

Muchas energías renovables

Si los norteamericanos –cuyo excedente corporal de grasa se cal­cula en un bi­llón de kilogramos– se decidieran a adelgazar hasta lograr un peso ideal, y si esa energía pu­diera ser aprovechada me­cánicamente, se haría recorrer 18.000 kilómetros al año a 900.000 automóviles.

Y si esas ca­lorías se convirtiesen en electricidad, se podrían alimentar de co­rriente durante un año las ciudades de Boston, Chicago, Washington y San Francisco jun­tas.

Esta podría ser una buena noticia para los políticos que tan preocupados están por el asunto de las energías renovables. Y también para las Clínicas que practican liposucciones (extracción de la grasa que a gordos y gordas les sobra). Seguir leyendo

Equilibrio dietético como adecuación racional

Juan Cruz Cruz estudia en Razón dietética (Sonega, 1999, 350 págs. a doble columna) los motivos que mueven al ser humano a seguir unas dietas o a seleccionar sus alimentos: no sólo el hambre fisiológica dirige esa selección, sino las ideas culturales que mueven a la sociedad. De ahí la gran variedad de apetencias nutritivas, la refinada percepción de determinados alimentos, el complejo acercamiento a la comida desde el punto de vista afectivo.

La idea central del libro es que un alimento no es un conjunto de hidratos de carbono, minerales y vitaminas; es eso, claro está, más unaforma, la forma de cultura, de religión, de aceptabilidad social que tiene: el alimento humano es un símbolo que aceptamos o rechazamos. Por eso, lo que en algunos ámbitos puede resultar repugnante o abominable, en otros sitios es valorado como un alimento básico. La industria alimentaria, la culinaria y la dietética están hondamente implicadas en esta valoración.

Una de las cuestiones actuales que el libro estudia es la estética de la delgadez la cual no es solamente una meta biológica, sino también cultural: existe una correspondencia entre la forma de alimentarse y la belleza estimada en la corporalidad humana. La delgadez parece ser un camino sin retorno en el mundo civilizado: incluso llega a convertirse en un problema patológico.

 

La salud en la cocina medieval

En el libro «Dietética medieval» (Alifara Estudios, 1997) Juan Cruz Cruz presenta las claves de los regímenes de salud antiguos al filo de un episodio del sanguíneo Sancho en «El Quijote». Se vale para ello de varios textos antiguos, especialmente del «Régimen de salud» del médico medieval Arnaldo de Vilanova. El autor vuelve la vista atrás para comprender cómo entendían los medievales sus necesidades de mantenimiento y el efecto de los alimentos sobre su propio organismo. Los dietistas medievales, aunque desconocían qué es oxidación o anhídrido carbónico, intuían muchas cosas básicas sobre la nutrición que hoy sabemos a través de la experimentación científica. A modo de apéndice, se ofrece la traducción, debidamente anotada, de la obra de Arnaldo de Vilanova.

La incorporación de esta obra a la bibliografía actual, más allá del ámbito universitario, quiere dar satisfacción también a quienes desean adquirir una sólida cultura alimentaria y pretenden comprender mejor la literatura gastronómica de otros tiempos -los recetarios también- que con esta aportación se hace comprensible y amena.

 

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