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Adelgazar sin límite: la anorexia

 

Caravaggio: “Narciso” (1600). Un joven hermoso se queda embebido por el reflejo de su propia imagen en un estanque. Su admiración fue tal que cayó al estanque al intentar besarla, muriendo ahogado. El tenue reflejo del joven significa la fatuidad de la belleza física, tan inestable como el reflejo de la superficie del agua. También la anoréxica se mira en el estanque de la sociedad: pero el reflejo que recibe de su propio cuerpo le molesta.

Búsqueda inquieta de adelgazamiento

Cuando el organismo está bien nutrido y saciado pierde normalmente de manera temporal (sólo por unas horas) las ganas de comer. Pero existe una búsqueda obsesiva de adelgazamiento mediante una dieta progresivamente restringida; es el comportamiento propio de la anorexia nerviosa que, junto a la bulimia, está muy extendida en la población juvenil, especialmente femenina. No es propiamente la falta de ganas de comer en un sujeto mal nutrido, pues el anoréxico sufre «punzadas de hambre».

En la anorexia nerviosa aparece una implacable búsqueda de adelgazamiento, mediante restricción de la ingesta hasta llegar incluso a la inanición.

Perturbaciones biológicas de la anorexia

Las causas biológicas apuntan a la delgadez extrema, incluso a la inanición, con la concomitante malnutrición.

El anoréxico rechaza persistentemente los alimentos y pierde peso de un modo alarmante, dejando de percibir las sensaciones de hambre al ingerir menos de 200 calorías diarias. Y, sin embargo, su lastimoso grado de emaciación (adelgazamiento morboso) no se corresponde con el alto nivel de atención y de actividad que desarrolla. Seguir leyendo

Cortesía en la mesa

Paul Émile Chabas (1869-1937), «Coin de Table». Los comensales atienden con respeto y cortesía a una persona acompañante que les habla desde el extremo oculto de la mesa. Todo en el cuadro expresa cortesía, desde la vajilla a las flores, pasando por el elegante vestido de los comensales.

Qué es la cortesía

Un comensal, un camarero, un chef muestran cortesía cuando manifiestan respeto, atención y afecto hacia las personas con las que se encuentra en su trato normal. Tal respeto no se dirige a una cosa, sino a una persona. La cortesía es una relación interpersonal.

Así entendida, la cortesía tiene que ver con la “urbanidad” o, en sentido amplio, con las “buenas maneras”. Una persona “cortés” es atenta, respetuosa, comedida, afable, urbana.

He de advertir que el tiempo, o la historia, ha ido ensayando sobre los comensales maneras de urbanidad, pero no siempre esas maneras han sido lo suficientemente buenas. Por ejemplo, antiguamente en la mesa se comía con los dedos, se eructaba y escupía, no existían cubiertos, ni reglas determinadas para comer, ni ninguna norma fija. Ya analizamos esto en el artículo El tenedor: un cortesano en la mesa y en Emociones blancas: manteles y servilletas.

Yo supongo que las actuales «maneras» de mesa (desde la posición simétrica de los cubiertos al perifollo de la servilleta) irán paulatinamente cambiando -no desapareciendo, sino cambiando-. Así son las costumbres. Y es de esperar que con ello nunca quede eliminada la cortesía, la cual responde a una actitud espiritual que va más allá de las rutinas.

Las consideraciones que siguen me han sido sugeridas por la lectura de una obra de Romano Guardini, adaptadas ahora a los fines de este blog.

 

La cortesía no es superficial

La cortesía es respeto a la persona. En el respeto radica precisamente la significación de lo que se llama cortesía. Con ella no se alude a nada exterior o superficial. La auténtica cortesía es expresión del respeto a la persona humana. Hace que quienes se encuentran en un mismo espacio vital puedan convivir sin herirse mutuamente; más aún, convivir con la dignidad de personas.

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Un libro de casquería

Para Abraham García, regente del restaurante Viridiana, las vísceras son el centro del universo gastronómico. En este libro sobre la casquería , titulado De tripas corazón: la biblia de la casquería (Barcelona, 2009) desarrolla  con ingenio recetas clásicas: Morros; Crestas; Cabezas y sesos; Carrilleras; Lenguas; Orejas; Papada; Mollejas; Cuellos; Tuétanos; Corazón; Sangre; Hígado; Bazo; Riñones; Criadillas; Entresijos; Cortezas y tocino curado; Callos;  Estómago; Manos; Ubres; Rabos. Termina con la casquería del mar.

Confiesa en la Introducción: “Tras un cuarto de siglo de injustificada apatía entre los consumidores que supuso el cierre de muchos emblemáticos puestos que dignificaban nuestros mercados, hoy la casquería resurge, con renovado ímpetu. Interés del que, aunque solo sea por mimetismo, parece contagiarse el ama de casa que de nuevo vuelve a pedir la vez en esas colas nutridas mayoritariamente por emigrantes hispanos que han devuelto a los despojos su abolido esplendor”.

Una observación: se le ha colado la “becada”  entre las cortezas y los callos. En realidad la becada es un ave del tamaño de una perdiz, de pico largo y plumaje pardo rojizo; y su preparación culinaria no tiene nada que ver con la propia de la casquería. Quizás ha querido referirse a otra cosa.

He de confesar que algunas humoradas suyas más parecen boutades que ocurrencias graciosas. Pero es meritorio el esfuerzo profesional que ha hecho para destacar los varios sabores y olores que se conjugan en múltiples platos de casquería.

Casquería

Francisco de Goya (1746-1828): "Bodegón" con carne vacuna. El pincel de Goya se desliza con extrema agilidad por la cabeza y el "interior" de una res, donde se pueden apreciar elementos de casquería.

Casquería: una cultura gastronómica

Cuando se me ofrece algún plato de casquería, siempre me acuerdo de la aversión que don Miguel de Unamuno mostraba por estos preparados culinarios, tan apetecidos en la capital de España, allá por finales del siglo XIX y comienzos del XX. El muestrario que ofrece puede que nos haga sonreír: «Los modales, los chistes –esos horribles chistes del repertorio de los géneros chico e ínfimo–, la literatura, el arte –sobre todo la odiosa música que se aplaude en los teatros por horas–, la navaja, los bailes, la cocina con sus picantes, sus callos y caracoles y otras porquerías; los toros, espectáculo entontecedor, por el que siento más repugnancia desde que se ha declarado cursi el pronunciarse contra él, etc., etc. Es una oposición íntima y de orden social» (La crisis del patriotismo). Don Miguel estimaba, por aquellos tiempos, que la casquería madrileña iba indisolublemente unida a un modo vulgar de entender la vida y a una cultura populachera y entontecida.

 

Ricos y pobres

Es comprensible que en tiempos de bonanza económica, el aprovechamiento de los animales que ingresan en la cocina sea parcial; normalmente quedan fuera los llamados “despojos”, como asadura (las entrañas), cabeza, manos y criadillas (testículos) de las reses; y también  alones, molleja, patas, pescuezo y cabeza de las aves. Todo ello constituye lo que se llama “casquería”. Seguir leyendo

Del comer y engordar

 

En su óleo "El gordo al arco" (a la portería) el pintor argentino Alejandro Varela (1963-) expresa, con gestos gráficos y francos, las desigualdades sociales que sufren los individuos con prevalencia de sobrepeso y obesidad; incluso entre los niños. Un sobrepeso que está relacionado con factores de riesgo genéticos, ambientales y del estilo de vida que afectan a todo el espectro social; mientras que la obesidad está muy vinculada con el menor nivel educativo familiar y es un marcador de desigualdad en salud.

Muchas energías renovables

Si los norteamericanos –cuyo excedente corporal de grasa se cal­cula en un bi­llón de kilogramos– se decidieran a adelgazar hasta lograr un peso ideal, y si esa energía pu­diera ser aprovechada me­cánicamente, se haría recorrer 18.000 kilómetros al año a 900.000 automóviles.

Y si esas ca­lorías se convirtiesen en electricidad, se podrían alimentar de co­rriente durante un año las ciudades de Boston, Chicago, Washington y San Francisco jun­tas.

Esta podría ser una buena noticia para los políticos que tan preocupados están por el asunto de las energías renovables. Y también para las Clínicas que practican liposucciones (extracción de la grasa que a gordos y gordas les sobra). Seguir leyendo

El tenedor: un cortesano en la mesa

 

En cualquier iluminación de un manuscrito medieval que exponga gente alrededor de la mesa, apenas se hallan utensilios como cuchillos o cucharas y nunca el tenedor.

Un refinado comer con los dedos

Los modos de mesa no se vieron en­riquecidos y refinados com­pletamente en Europa hasta que incorporaron lo que hoy denomi­namos tenedor, un sencillo utensilio que consiste en un astil con dientes o púas en un extremo. Con el te­nedor alcanza Europa la objetivación cultural más alta en el trato con la co­mida, pues rea­liza la mediación pura del hombre con el alimento, sin tener que to­carlo con los dedos o las manos. El te­nedor abre las puertas de Europa a la modernidad. Incluso los refinados roma­nos comían con los dedos; y la diferencia entre un plebeyo y un patricio estri­baba en que aquél lo solía hacer con los cinco dedos, mientras que éste utilizaba sola­mente tres, sin ensuciarse el anular y el meñique. Así lo enseñaba Ovidio: Carpe cibos, digitis, est quiddam gestus edendi; ora nec inmunda tota perunge manu. Seguir leyendo

Un canto gastronómico al puerco

Rufino Peral: "La matanza del cerdo". Este artista asturiano adopta una tendencia cubista y vitalista para realzar las figuras humanas insertadas en costumbres populares, como ésta de la cooperación familiar para la matanza del cerdo.

Me ha enviado Sebastián Damunt, desde Murcia, fotocopia de un delicioso ejemplar que ha encontrado en la envidiable biblioteca que su padre le legó. Me aclara que son dos hojas (cuatro caras a dos columnas) encuadernadas como un librito.  Y lo más sabroso del envío es que se trata de un férvido poema sobre … el puerco.

La trova es  larga en extensión: tiene cincuenta y ocho estrofas; pero es larga también en materia especulativa, pues agota las lindezas que imaginablemente puedan decirse de ese animal.

Aunque en el frontispicio del original no figura el autor, al finalizar el poema podemos leer: Con licencia, en Barcelona, en casa Lorenzo Dèu, Año 1613. Y véndense en su casa delante el Palacio del Rey. Tenemos, por lo tanto, el año y el nombre de un tal Lorenzo Dèu, cuya casa estaba en Barcelona, delante del Palacio del Rey. He ahí el sujeto y su tiempo.

El autor compone su poema en estrofas que tienen forma de quintillas, o sea, con cinco versos, en este caso de ocho sílabas. La rima es siempre consonante; y se atiene a dos principios básicos de esta composición. Primero: que en las estrofas no pueden tener la misma rima tres versos seguidos. Segundo: que los versos no pueden acabar en pareado ni quedar alguno suelto o sin rima. Seguir leyendo

Preferencias gustativas

Johannes Vermeer (1632-1675), "La lechera". Vermeer une en su paleta de colores el amarillo limón, el azul pálido y el gris claro, empleando la luz, la textura, la perspectiva y los efectos de transparencia. El uso de la leche en los países nórdicos significaba, por aquel tiempo, una preferencia normal, alejada quizás de los usos del sur.

No hay gustos universalmente idénti­cos en la raza humana.

El hombre no nace de­terminado por una preferen­cia gustativa de alimentos concretos. En esto se diferencia de los animales, los cuales llevan genéticamente inscritas sus preferencias y se atan de manera perma­nente y definitiva a ciertos alimentos bien precisos. Pero el ser humano, en cuanto omnívoro, debe adaptarse conti­nuamente a los cambios de alimentos que se producen en su medio. Una ins­cripción gustativa genética le llevaría a extinguirse de la tierra tan pronto como dejara de existir el concreto alimento.

 

Existen algunas apti­tudes genéticas

Se trata de aptitudes genéticas here­dadas por los individuos. Tales son ciertas diferen­cias de aptitud para de­tectar los olores o sabores de alimentos. Por ejemplo, la sa­carina –un edulcorante artificial– tiene para muchas personas un gusto amargo, debido a unos genes dominantes que permiten de­tectar sus componentes amargos; luego la aptitud de sentir el gusto dulce de la sacarina es genético. Pero hay más sustancias de esta ín­dole. «Existe un producto químico, por ejem­plo, cuyo nombre es PTC (phénylthio­carbamida), que parece ser extrema­da­mente amargo para el paladar de ciertos per­sonas, y no tener ningún gusto para otras. Estudios genéticos han mostrado que esos ca­rac­teres eran here­dados. La mayoría de los Amerindios están en la categoría de quienes pueden detectar el amargor del PTC; algunos de sus gru­pos se encuentran en un 100% en este caso. Los «gustadores» son también más nu­merosos en ciertas partes de Africa y de Extremo Oriente que en la India y en Europa, donde son mucho más raros. (Esos «gustadores» tienen ve­rosímilmente más aver­sión hacia más alimentos que los «no gustado­res», un rasgo que puede te­ner un carácter adap­tativo, pues puede evitar el consumo de ali­men­tos eventual­mente tóxicos)» [Farb/Armélagos]. Seguir leyendo

Un gusto fragante, el «umami»

Miguel Marazuela Zapata: "Jamón, queso y vino". Este joven pintor alcalaíno, hiperrealista, expone con rigor de color y líneas la objetivación exquisita de un sabor umami.

Cómo llamar en español al umami

El sabor umami es suficientemente conocido: en 1985 se celebró en Hawai el “Primer Simposio Internacional de Umami”, donde fue reconocido oficialmente -ya identificado en 1908 por el científico japonés Kikunae Ikeda- para describir el sabor de glutamatos y ribonucleótidos. Personalmente no puedo aportar gran cosa a su comprensión y beneficios; salvo, claro está, una reflexión propia del que se pone a pensar en las cosas gastronómicas.

Umami es un término japonés que, con grafía latina, corresponde a uno de los cinco gustos básicos, junto con el ácido, amargo, dulce y salado. Vaya por delante que ese nombre hace enmudecer a las raíces indogermánicas de nuestras lenguas europeas, por lo que carecemos de significados galvanizados en nuestra tradición lingüística.  Para el profesor Ikeda, su mentor, umami significa en japonés: sabor gustoso, o mejor, “sabor delicioso”. Para lo chinos equivale a xianwei, que literalmente significa «sabor fresco» o «sabor delicioso». Por lo tanto, para nosotros los europeos no dice terminológicamente nada específico que sirva para contrastarlo con los otros sabores. Al principio fue considerado como un sabor propio de las cocinas asiáticas; pero se ha comprobado que también existe en alimentos y preparaciones culinarias de la cocina occidental. Seguir leyendo

El cocinero, ingrediente humano de la receta

Diego Velázquez (1599-1660), “Cristo en casa de Marta y María”. Al fondo del cuadro, y a través de una ventana, se ve a Cristo conversando con Marta y María. El esmero con el que la joven cocinera va preparando los ingredientes se patentiza en el vigilante dedo de la anciana que advierte los pasos que deben seguirse. En la cocina se dispone con amor y cuidado la comida que se va a servir a la persona de Cristo.

Puri Tafalla Peñalver, natural de Orihuela, es profesora de cocina familiar en su propia pequeña escuela. Tiene una especial intuición para las cosas importantes de la cultura gastronómica. Y dice que la «fábrica» la lleva puesta. Me envía un fino comentario sobre el papel del cocinero en la confección final de una receta. Y lo voy a reproducir, porque es muy cierto y profundo.

«Dice una historia Zen que Ikiu, jefe del Daitoku-ji, el templo más bello de Kioto, solía ser descuidado en el vestir. Aunque era un príncipe, no lo parecía por su apariencia. Un día fue invitado por un hombre muy rico a un banquete de conmemoración de sus antepasados. Ikiu se presentó tal y como era y cuando llegó, los criados confundiéndolo con un mendigo, lo echaron.

Entonces Ikiu volvió al Templo y por primera vez se vistió como un príncipe, con un hábito violeta, dorado y blanco y unos zapatos igualmente blancos.

Vestido así volvió a la casa del hombre rico, donde le estaban esperando. Seguir leyendo

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