
Pierre Auguste Renoir (1841-1919): “Desayuno de remeros”. Con una luminosa reverberación de colores el pintor representa un espacio convivial que se siente como algo dilatado, alegre, sereno: no se percibe la resistencia del mundo y se abre la conciencia amorosa.
A veces he coincidido en la mesa con personas de apariencia normal que, comiendo a mi lado, inician una conversación interesante, pero que poco a poco van apagando la luz de su sonrisa y el albor de sus pensamientos, para poner rumbo a reflexiones sombrías y estimaciones negativas. Y a pesar del esfuerzo que he puesto por establecer indicadores positivos y objetivos, he salido prácticamente agotado del acto gastronómico. No eran «raras» aquellas personas. Simplemente tenían un «estado de ánimo» incompatible con la emoción positiva que requieren los procesos de la mesa. Y esa situación es muy frecuente.
Esta experiencia me da pie para proponer una reflexión, que sin ser estrictamente gastronómica, está ligada a los sentimientos o emociones con que vivimos el comer y el beber.
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Placer y displacer como «estados de ánimo»
Retengamos que placer y displacer son sentimientos.
El sentimiento es un fenómeno complejo. En él podemos distinguir el «movimiento sentimental» y el «estado sentimental». Este último se llama en castellano «temple», «estado de ánimo», «humor». El primero es un proceso que transcurre con cierta rapidez. El segundo es un estado persistente. El placer que siento hoy porque he comido con un buen amigo es un «proceso sentimental»; la «jovialidad» permanente con la que encaro siempre mi vida saludable, aunque carezca de algunas cosas, es un «estado sentimental».
El «estado sentimental» tiene una función implicativa e impregnante: se adentra en nuestras funciones psíquicas; por ejemplo, el que tiene un humor triste, hasta las comidas más eufóricas le parecen lastimosas. Podríamos comparar el proceso y el estado sentimental con dos fenómenos de una fuente saltadora: el «estado sentimental» vendría a ser el agua quieta de la taza; el proceso sentimental sería el chorro que, impulsado desde el líquido estancado, se dirige hacia arriba y después cae sumergiéndose en el agua tranquila: al final todo va a parar a un «estado de ánimo».
En cuanto «procesos sentimentales», placer y displacer (chorros de agua que saltan hacia arriba) poseen dos aspectos: uno estático, otro dinámico. En primer lugar, un aspecto dinámico, pues dibujan un «gesto» corporal y psicológico, una posible «motricidad» del sujeto hacia el mundo (que puede ser intensa o débil). En segundo lugar, un aspecto estático con dos vertientes: una que mira a la «cualidad objetiva» que la realidad nos envía (lo que llega a nuestra interioridad, que puede ser algo positivo o negativo: es la fisonomía del mundo que nos sale al encuentro) y otra que mira a la «tonalidad subjetiva» (el colorido o temple sentimental interno con que lo acogemos).
1. Por «su aspecto motriz», el placer consiste en atraer los objetos que satisfacen las necesidades orgánicas; el displacer consiste en alejar los objetos nocivos. El gesto motriz del displacer «es de desvío y de huida«; el gesto motriz del goce «es de aceptación, del tomar, del inspirar, del sorber y del paladear«.
2. La «cualidad objetiva» que se percibe en el placer es lo «agradable», el regalo de la vida. En el displacer se percibe el mal que sale al encuentro de la vida, la inhibe y la amenaza. El displacer altera o desorganiza las funciones vitales del hombre, pues tiene delante como una espina, un aguijón molesto.
3. Y el «colorido» o «teñido» interior y subjetivo del placer, afincado en el temple correspondiente, es el incremento del fluir de la vida en nosotros. En cambio, el temple actual del dolor es el sentimiento de alteración y amenaza de nuestro mismo ser, por el que participamos de la vida (Ph. Lersch, Estructura de la personalidad, 196-197).
Los temples o estados de ánimo disponen al sujeto de una manera permanente o habitual: en el lenguaje coloquial hablamos de los joviales «castañuelas» o de los amargados «cenizos».
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Exultación y abatimiento
Todos los procesos sentimentales están enraizados en un temple, en un estado de ánimo. Hay «estados sentimentales» –lo hemos dicho– que pueden ampliar o estrechar el curso de nuestra vida afectiva y, consiguientemente, de nuestros gustos. Un humor melancólico tiende a no sacarle jugo a la vida; el temple del amargado impide el goce gastronómico.
Los temples se distribuyen como el polo positivo y el negativo de un magneto, regidos respectivamente por la exultación y la depresión, con sus formas fundamentales. El temple exultante es luminoso. El temple deprimido es sombrío. Este carácter exultante o deprimente de los temples están anclados en formas y funciones de la corporalidad: en el temperamento, en el carácter, en la constitución nerviosa.
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El ánimo jovial
La jovialidad es un modo del temple placentero (Ph Lersch, 272-273).
En la jovialidad se muestran tres características. Primera, el hombre jovial posee una luz, una claridad interior que se proyecta en el ambiente, iluminándolo y prestándole brillo: está abierto y dispuesto positivamente al mundo de sus semejantes. Segunda, está libre de la presión, del agobio y de la tensión forzada, sintiéndose ligero, suelto: no vive el mundo humano como espacio hostil, sino como algo familiar del que destierra la envidia y la rivalidad; por eso son incapaces de jovialidad los nerviosos que se agobian y gastan sus energías luchando contra las resistencias. Tercera, se relaciona sosegadamente con el tiempo, instalándose en el presente, abandonando la inquietud preocupante por un futuro incierto: acepta las cosas presentes como un regalo, como un don; su actitud es de agradecimiento vital y de acogimiento.
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El ánimo festivo
En el ánimo festivo se manifiestan también tres características. Primera, claridad interior y proyección luminosa hacia el exterior; pero el ánimo festivo necesita en mayor medida que el ánimo jovial ese mundo: si al hombre jovial no le es preciso el mundo para conservar calladamente su buen humor, el temple festivo necesita regocijarse en el mundo de forma rápida, excitante, explosiva. Segunda, impulso de libre desenvoltura, pero acompañado de una falta de reflexión y de profundidad; el hombre festivo suele ser superficial y frívolo, a diferencia del hombre jovial. Tercera, vivencia despreocupada del momento, del aquí y ahora, eliminando de este presente todo lo que le estorba, a diferencia de la jovialidad que abarca la totalidad de su mundo presente (Ph. Lersch, 274-275).
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El ánimo melancólico
El ánimo melancólico es un temple habitual displacentero, estado deprimido y sombrío.
A la melancolía, en primer lugar, le falta claridad interior y luminosidad externa: es la vivencia de la oscuridad. El melancólico todo lo ve oscuro, hasta su propio interior. Segundo, al melancólico le falta también el impulso de elevación y desenvoltura que caracteriza al hombre jovial: se experimenta como abatido y vacío, hundido, oprimido. Vive con desaliento su propia existencia, sentida como una carga. Este abatimiento se manifiesta incluso corporalmente al andar y al hablar: los hombros se le hunden y todo su cuerpo toma la dirección opuesta a la elevación, como si el hombre se arrastrara por la vida, que es considerada como vacía y pobre de sentido. Su disposición para la acción es mínima. Su interés por los hombres es muy tenue. Tercero, el melancólico tensa escasamente sus impulsos hacia el futuro; se ancla en el presente, aunque mantiene sus preguntas acerca del sentido y de los valores, convencido no obstante de que sus requerimientos quedan sin respuestas. Por este índice de trascendencia, es tolerante con el hombre alegre, especialmente con el jovial. El melancólico quiere, a pesar de todo, que el mundo sea o exista (Ph. Lersch, 275-277).
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El ánimo amargado
La amargura, en primer lugar, afinca al hombre en un presente oscuro, vivido como un vacío y una carencia de sentido; muestra sobre todo hostilidad e irritación frente a su mundo. El amargado se diferencia del melancólico por la irritabilidad, por el enojo a flor de piel: le fastidia la existencia de los demás. El melancólico suele ser amable, el amargado no. Segundo, la amargura también hunde la expresión corporal del hombre, que, además de inclinada, pesada y lenta, aparece incomodada, enervada. Tercero, el mundo del amargado está empobrecido, desvitalizado, sin valores. Pero a diferencia del melancólico, echa la culpa de su incapacidad al mundo y a los hombres que le rodean. Por eso, el amargado es un resentido, mientras que el melancólico es un resignado. El resentimiento hace agria y venenosa tanto la existencia propia como la de los demás. Su interés por el mundo es meramente negativo: quiere simplemente que el mundo no sea ni exista (Ph. Lersch, 278-279).
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No se crea que el comensal festivo o jovial es más llevadero en la mesa que el melancólico o amargado. A veces en las comidas he de hacer verdaderos equilibrios psicológicos cuando los polos del magneto se distribuyen respectivamente a mi izquierda y a mi derecha.
21 septiembre, 2011 at 1:37
Muchas gracias, Prof. Juan Cruz, por estas reflexiones, llenas de «gracia», particularmente por este artículo dedicado al buen humor en la mesa, tan necesario para sentirse bien por dentro y por fuera, para crear un ambiente de relax propicio para una sana digestión. Desde luego que esto no tiene nada que ver con las risotadas escandalosas, y es que como bien sabe usted, la virtud está en el medio.
21 septiembre, 2011 at 21:32
Comer en la frugal mesa de vuestra residencia de Chiclayo fue para mí una experiencia inolvidable, rodeado de unos jóvenes «chalaos» que no paraban de reir y contar anécdotas mientras comían. A ver cuándo repetimos la experiencia. Un abrazo, Juan
21 septiembre, 2011 at 19:03
Una interesante reflexión que yo me he planteado a veces en el sentido de meditar sobre el placer versus la felicidad, siendo como bien explica en su artículo, el placer, un estado pasajero y superficial, que requiere ser alimentado con avidez, de bienes superficiales, mientras que la felicidad es un estado interior, una gracia por así decirlo, con cuyo potencial sin duda nacemos cuando nacemos humanos.
Por otra parte, huyo de las clasificaciones en este sentido, no creo que hayan hombres amargados o melancólicos o por contra, festivos, pues pienso que no «somos», sino «estamos» de un modo u otro. Creo que el hombre «es», libre de trabas , un ser feliz, naturalmente inclinado a la felicidad, no al placer superficial y frívolo, sino a la felicidad y armoniosamente actualizado en percibir y vivir el momento presente como valioso. También creo que es un ser agradecido de natural, pues de natural hay mucho que agradecer.
En mi opinión, cuando un hombre sufre o se muestra melancólico o amargado, molesto con el mundo, es la traba de la enfermedad (sea un desequilibrio manifestado orgánicamente o no), la que ha tomado el control de su nave interna, por eso no creo en los hombres amargados, sino «enfermos» o impedidos de ser lo que están llamados a ser.
La comida es una especie de cita vital que nos recuerda la fortuna de vivir, es un poco como respirar, cada cosa en su ciclo, son actos que apaciguan la incertidumbre de nuestro determinismo. Por eso, un hombre sano es un hombre agradecido, por el aire y cómo no, por el alimento.
Siempre es un placer leerle con atención Juan, por ello, gracias.
21 septiembre, 2011 at 21:30
Efectivamente, nadie «es» jovial o melancólico. Sino que «está» de esa u otra manera; por eso hablamos de «estados» de ánimo. Pero resulta que mucha gente tiene acentuado el humor, sin llegar a enfermedad. Los psicólogos de hace unas décadas hablaban, por ejemplo, de «esquizotímico», «esquizoide» y «esquizofrenético» para indicar los tres estados (de menos a más) de la conducta de don Quijote. Todos «estaríamos» en un punto de esos o de otros. Pero no nos liemos. Estoy de acuerdo básicamente contigo. Un saludo, Juan