Teniendo en cuenta la complexión humana, formada por los cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego) se comprende la explicación que Sorapán ofrece de nuestras necesidades generales alimentarias: respirar, beber y comer. La naturaleza «compúsonos de cuatro elementos, en que están el calor, frío, sequedad y humedad en continua guerra, por ser cualidades contrarias; mas como el calor es de mayor actividad disipa la sustancia de los cuerpos, venciendo y consumiendo lo frío, lo húmedo y lo seco y aun el propio se desvanece así, deshaciendo el cuerpo en que se sujeta. Lo que consume el calor del elemento del agua restaura el hombre con la bebida, según enseña Galeno; y lo que también deshace del elemento del aire y fuego restaura con la respiración y con el movimiento de los pulsos; mas lo que disipa de las partes más sólidas y secas, que corresponden con la tierra, esto no se puede restaurar, sino sólo con comida. Esta disposición o miseria ningún cuerpo compuesto de la tierra, aire, fuego y agua la puede evitar. Mas el hombre con su prudencia puede buscar saludables aires para la restauración de los espíritus, que cada día se pierden; y delicadas bebidas para conservar lo húmedo; y manjares convenientes a su natural, para las partes sólidas. Es tan necesaria la restauración de las partes dichas, como la vida: y así la propia naturaleza nos dio respiración; y nos dio sed, porque bebiésemos; y hambre, porque comiésemos»[1].
La Escuela de Salerno ordenó de un modo general en dos series los alimentos: los nutritivos y los nocivos. En la serie de alimentos muy nutritivos se encuentran: los huevos frescos, los vinos rojos, el caldo denso y la sémola pura; nutren y engordan: los granos, la leche, el queso fresco, los testículos, la carne porcina, los sesos, la médula, los vinos dulces, los huevos sorbidos, los higos maduros y las uvas frescas; buen nutrimento también da el pan fresco y el vino viejo, la carne joven y el pez viejo. Pero no todo lo que nutre es bueno dietéticamente: entre los alimentos nocivos se nombran los siguientes: los albérchigos, la miel, las peras, la leche, el queso, la carne salada, la carne de ciervo, de liebre, de buey y de cabra; son dañosas también las frituras (frixa nocent). Los alimentos hervidos calientan, pero los asados restriñen (elixa fovent, asata coërcent); purgan los alimentos agrios, pero los crudos inflan y los salados resecan. No se debe comer la costra (crustam), porque engendra humor colérico; los alimentos picantes inflaman los ojos, aminoran el esperma y producen pruritos y fiebres[2].
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Comer
a) Necesidad, hora, cantidad y cualidad de la comida
1. Hablemos primero de su necesidad. Tras el ejercicio y el baño, el Regimen Sanitatis debe tratar del orden de comer y beber, por dos razones: 1ª «Porque el ejercicio evacúa y debilita el cuerpo, y después de la evacuación al cuerpo evacuado hásele de dar refección». 2ª «Porque el ejercicio, evacuando el cuerpo, provoca el apetito del comer, el cual se llama hambre, la cual no es otro que un embajador de naturaleza, que viene a notificar la necesidad de la comida o mantenimiento»[3].
El hambre es un impulso caliente y seco, a diferencia de la sed, que es un impulso frío y húmedo.
El cuerpo sano necesita de mantenimiento cuando siente hambre. La distinción que actualmente se hace entre «hambre» y «apetito» era también conocida por los medievales. Decían que hay dos tipos de impulsos naturales referentes al alimento: uno, que se encuentra en las facultades vegetativas humanas, las cuales, localizadas primariamente en el estómago, no están sujetas al gobierno de la razón y cumplen funciones metabólicas; a este orden de impulsos pertenecen el hambre y la sed[4]. El comer es una actividad esencial o básica, a la cual pertenecen de modo necesario el uso de los alimentos y el placer consustancial a su consumo. Hay también un impulso sensitivo, el gusto por los sabores –llamado hoy «apetito»– que se localiza primordialmente en la boca.
Al sentido del gusto corresponde la distinción de sabores que fomentan el placer de la comida, en cuanto que son signo del buen estado del manjar. Hay así un placer gastronómico que radica en la propia sustancia del alimento: el placer del comer, que como actividad esencial sigue necesariamente a la ingestión del alimento[5]. Y hay también otro placer o deleite gastronómico que se liga al exquisito sabor o preparación del manjar: el placer del sabor es, pues, algo sobreañadido.
A los cuerpos sanos no se les puede señalar la hora más conveniente para comer y cenar, «sino cuando la naturaleza lo apetece»[6]. Y así lo recoge el refranero: No hay mejor reloj ni campana, / que comer cuando hay gana.
2. Sobre la hora y tiempo de comer enseñaban los medievales que debía guardarse una distancia temporal entre una comida y otra, porque si el estómago no había «cocido» la primera, tampoco cocería la segunda. Normalmente se hacían dos comidas diarias: al mediodía y al anochecer. Para muchos dietistas, incluido Arnaldo, esta última debía de ser la principal, porque la realizada durante la actividad de la vigilia se digeriría mal: entraría en un estómago poco preparado, con poca temperatura, ya que el calor natural estaría vertido hacia el exterior del cuerpo. La refección vespertina, en cambio, entra en un cuerpo aquietado, bien dispuesto, pues el calor está retraido al interior. De donde viene el refrán: Quien quiera vivir sano, / coma poco y cene temprano.
3. Sobre la cantidad de comida (unida al tiempo y al modo de alimentación necesaria para mantener la salud se expresa el refrán: Come poco y cena más / y dormirás.
No significa que se coma poco y se cene algo de más, sino «que la comida de medio día ha de ser muy moderada y de poca cantidad, y que la principal comida para nuestro sustento y la de más cantidad debe ser la que llamamos cena, que se celebra por la tarde, después de haber dado cada cual fin a sus trabajos y ocupaciones de aquel día»[7].
Pero no alimenta adecuadamente todo lo que se come, sino lo que se digiere en vistas de la constitución del organismo; por lo que el comer demasiado es peligroso[8]. .
El comer debe ser medido, pues la demasía daña. Incluso el noble medieval, tiranizado por su médico, era fundamentalmente sobrio. La comida ha de hacerse también con relativa rapidez.
Para medir bien el comer Arnaldo aconseja que se hagan dos cosas: una, evitar la variedad de los manjares en la mesa, no mezclando los gruesos y poco digeribles –carne de vaca– con los leves o light –carne de pollo–, fácilmente digeribles[9]. Otra, mascar bien lo que se come[10]. La masticación viene a ser un comienzo de digestión[11].
No hay que olvidar que el estómago fue considerado como un órgano de cualidad fría, aunque esté puesto en el cuerpo para «vaso de digestión». Esto tiene su explicación en el hecho de que recibe en sí manjares duros: si no tuviese cualidad fría, sino cálida, quedaría dañado con el excesivo calor que con los manjares recibe. El estómago es como un caldero que recibe el fuego del hígado y no debe ser enfriado innecesariamente. Por tanto, las muchas y variadas viandas pueden impedir la buena digestión[12].
4. Vista la hora de comer y la cantidad de las viandas, se ha de observar también la cualidad de estas (frías, calientes, húmedas y secas), en función de la complexión de cada sujeto. La complexión, según la doctrina galénica, está constituida por la proporción de los humores, con sus cualidades contrapuestas (caliente y frío, seco y húmedo) y está expuesta al influjo de los cambios estacionales. Los manjares han de ser tales que correspondan al cuerpo del que ha de comerlos, según lo requiere la naturaleza del temperamento de aquél.
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b) Dietas y edades del hombre.
Mientras el niño es lactante ha de tomar de la madre la leche, «la cual se hace de la sangre que iba antes al útero, cocida y alterada en los pechos»[13]. Cuando pueden comenzar a masticar alguna cosa, deben tomar manjares húmedos, como las sopas hechas del caldo de carne, la carne de borrego de un año, de cabrito, de polla, pollo y ternera, y frutas tales como las uvas y los higos.
La comida del anciano ha de estar sujeta a especial vigilancia, porque la vejez no era considerada como un proceso natural «sano», sino como propio de enfermedad. Esa comida, pues, «conviene que sea cálida y húmeda, porque aunque la vejez es fría y seca, naturalmente por ser tenida por enfermedad se ha de corregir con sus contrarios, de suerte que podrá comer los manjares de las cualidades dichas y que sean fáciles de digerir y críen sangre. Estos son yemas frescas, carne de polla muy tierna y de pollo, los perdigones, palominos, gazapos, pajarillos y carnero nuevo»[14].
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Beber
La bebida era considerada bien como pura bebida (agua), bien como alimento (vino, leche, aceite) o como medicamento (cerveza, zumo de frutas). Iohannitius establece los siguientes grados:
1. Potus (aqua).
2. Potus et cibus (vinum).
3. Potio contra morbium (mellicratum, mulsa, conditum).
Ya se dijo antes que la función fisiológica de la bebida era triple: mezclar los alimentos (potus permixtivus) en el estómago; restaurar la humedad del organismo (potus sedativus) y transportar el alimento digerido o «quilo» a todos los miembros (potus delativus). Según las fuentes médicas árabes –y a pesar de la prohibición del vino en el Corán– el vino opera positivamente sobre las tres fuerzas que regulan el funcionamiento orgánico (las naturales, las vitales y las animales) y actúa sobre el estómago y el hígado. El potus sedativus por excelencia es, para los medievales, el agua y no el vino. Pero acerca del mejor potus permixtivus había variedad de opiniones: para muchos, el vino –por ser caliente y sutil– tendría más fuerza para mezclar los nutrientes. Tiene también acción beneficiosa como potus delativus, corrigiendo en la tercera digestión los humores semicrudos.
1. A diferencia del impulso a comer, que es caliente y seco, el impulso a beber es frío y húmedo, razón por la cual se calma con las correspondientes cualidades del agua. La sed es un apetito natural «con el cual desea el hombre lo frío y húmedo, para restauración de lo que se pierde continuamente en nuestros cuerpos y conservación del húmedo que queda»[15]. La bebida, por tanto, ha de ser fría; de otro modo, según dice Avicena, quita la gana de comer, «corrompe la digestión, hace nadar el manjar en el estómago, no quita la sed, es causa de hidropesía y consume el cuerpo con su calor»[16]. Sólo como medicamento podría beberse caliente el agua, por ejemplo, para limpiar las flemas del estómago y para que el vientre duro se ablande y alargue. La bebida frigidísima, no obstante, puede perjudicar el estómago, los huesos, los dientes y los nervios; porque «todo aquello que repentinamente nos altera mucho en calor o frialdad es peligroso y aborrecido de nuestra naturaleza»[17]. Sobre la polémica que existía entre los defensores de la ingestión del agua frigidísima, de un lado, y los del agua simplemente fría, de otro lado, Sorapán tercia diciendo que «aquellos sujetos que respiran cálido, conviene que beban frío, y los que respiran frío, conviene que beban caliente, a medida de la frialdad, con la cual bebida se conservarán bien»[18].
Los dietistas distinguían dos tipos de sed: la natural o verdadera y la innatural o falsa. La primera (vera sitis) surge del calentamiento efectuado en el estómago tras la primera digestión, percibiéndose en la boca del estómago: esta sed se calma bebiendo agua. La segunda (sitis mendosa) se siente en la garganta o en el paladar como resultado de una sequedad causada por el polvo, el ejercicio, la embriaguez o la ingestión de alimentos picantes: esta sed no se calma bebiendo agua, sino haciendo gárgaras o enjuagándose la boca. Sólo hay que beber cuando se presenta la primera, que es la sed verdadera. «Es verdadera la sed cuando en el orificio o entrada del estómago se siente calor, lo que jamás se siente en los cuerpos sanos, sino después que han comido. Y así, cuando la sed es manifiesta, es necesario beber y con moderación, según la razón del tiempo y a la naturaleza del cuerpo conviniere»[19]. Se recomienda no beber cuando aparece al falsa sed: «En la sed que fuere fingida o falsa, que es cuando no se siente calor en el orificio o boca del estómago, sino que solo hay sequedad en la garganta o en la boca o paladar, por causa de polvo, ejercicio, calor de aire o sequedad, u otras causas como estas, no conviene beber. Sino que para humectar o limpiar dichas partes, bastará gargarizarse con vino bien aguado o agua sola, o si más quisieren, mascar alguna fruta que tenga zumo y echarla, o engullirse un poco de zumo de ella: por causa de la sequedad de los gaznates o caño de la garganta»[20].
2. Los medievales conocían un preparado de agua mezclada con miel, llamado hidromiel (medo), al que la Escuela de Salerno saluda con admiración: «¡Oh dulce hidromiel, por tu dulzura a tí me entrego! Tú purificas el pecho, oh hidromiel, y relajas el vientre […]. La hidromiel aprieta las venas y hace dulce la voz»[21].
3. El café, originario de Abisinia, era recomendado ya en Europa por la Escuela de Salerno, debido probablemente a que esta ciudad traficaba con el Oriente: exportaba manufacturas e importaba especias, aromas, drogas y, por supuesto, café. Sobre las propiedades dietéticas del café dice esta Escuela: «El café impide y concilia el sueño, aleja los dolores de cabeza y los vapores del estómago; provoca la orina y acelera los menstruos; ha de ser selecto, sano y buenamente tostado»[22]. Benedicenti afirma que «de un manuscrito de la bibliteca nacional de París parece cierto que el café fue ya usado en Oriente desde el año 875 con el nombre de cahouah o benetbam, y Rhazès en el siglo IX lo menciona bajo el nombre de bunchi y lo define como cálido y seco, concurre al proceso del estómago y es apto para quitar el mal olor y el sudor. Avicena lo recuerda con el nombre de bon, llamándolo res delata de Jemen y distingue en él dos tipos: uno cetrino, oscuro y de suave olor, el otro blanco y malo»[23].
Sobre las bebidas alcohólicas, como el vino y la cerveza, se hablará en un capítulo especial.
[1] J. Sorapán, II, 35-36.
[2] Regimen sanitatis salernitanum, IX, 6, 1-2.
[3] Arnaldo de Vilanova, nº 14.
[4] Summa Theologiae, 2-2, 148, 1, ad 3m.
[5] Summa Theologiae, 2-2, 141, 6.
[6] Arnaldo de Vilanova, nº 16.
[7] J. Sorapán, I, 54-56.
[8] Arnaldo de Vilanova, nº 15.
[9] Arnaldo de Vilanova, nº 19.
[10] Arnaldo de Vilanova, nº 18.
[11] Véase el libo Arte Cisoria de Villena.
[12] Arnaldo de Vilanova, nº 20.
[13] J. Sorapán, II, 42.
[14] J. Sorapán, II, 46-47.
[15] J. Sorapán, I, 343.
[16] J. Sorapán, I, 345.
[17] J. Sorapán, I, 350.
[18] J. Sorapán, I, 358.
[19] Arnaldo de Vilanova, nº 23. Villalobos define en verso la sed innatural, op. cit., 290:
La sed, cuando vieres que no es natural
de sol, de cansancio y de vino procede;
también de secura y calor desigual,
también de materia que es putredinal.
[20] Arnaldo de Vilanova, nº 26.
[21] Regimen sanitatis salernitanum, IX, 5, 14. O dulcis Medo, tibi pro dulcedine me do. Pectus mundificas, ventrem tu, medo, relaxas. Stringit medo venam, et vocem reddit amoenam.
[22] Regimen sanitatis salernitanum, IX, 5. Impedit atque facit somnos, capitisque dolores tollere cofaeum novit, stomachique vapores; urinare facit, crebro muliebria movit; hoc cape selectu, validum, mediocriter ustum.
[23] Alberico Benedicenti, Malati, Medici e Farmacisti, I, 630. A finales del siglo XVII el café era conocido en Europa bajo diversas denominaciones: cophe, cavà, cihuè, caveah, choana, chaona, chouoh. El largo camino del café hacia Europa pasaba primero por Aden, después por la Meca, de donde se introdujo en Siria, Egipto y Turquía, bajo el reinado de Solimán el Magnífico; después pasó a Constantinopla a través de los navegantes. Sólo hasta el siglo XVII no se comercializó en Europa de una manera intensa.
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