
Pedro Brueguel representa, en su "Reino de Jauja", el sueño reparador de tres sujetos en el momento de la siesta, después de haber comido opíparamente.
Reposo conveniente
Una vez digerida, la comida ha de con vertirse en sustancia de los miembros. Para que ello ocurra, tiene que haber en el estómago una transformación de los alimentos, los cuales, siendo tan diferentes o heterogéneos, deben converger uniformemente y hacerse semejantes a los miembros que nutren.
Esa transformación es impulsada por el calor natural. Pero como éste se encuentra durante la vigilia dispersado por todo el cuerpo, es preciso que en el momento de la digestión se recoja cerca del estómago, efecto propiciado por el sueño.
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Naturaleza y función del sueño
He aquí el círculo fisiológico del sueño:
1º Iniciada la digestión, tras la comida, los humos o vapores ascienden desde el estómago hasta el cerebro.
2º La frialdad propia del cerebro (órgano frío y húmedo) condensa esos humos y obstruye las vías que utilizan los espíritus para llegar a los sentidos y a los órganos de movimiento: la disminución de los espíritus en el cerebro apaga las funciones sensitivas y locomotivas, apareciendo el sopor.
3º La baja temperatura cerebral posibilita la refluencia y concentración del calor en el fondo del estómago, a través de un miembro interior tan importante como es el hígado, por cuya virtud siguen los humos o vapores ascendiendo al cerebro, condensándose y apagando las funciones sensitivas, etc., produciéndose el sueño profundo, momento en que descansan y se confortan las virtutes o fuerzas naturales.
De modo que la interiorización del calor innato va acompañada de una paralización sensorial. El calor natural no aumenta durante el sueño, sino que se desplaza y concentra en el interior, provocando el enfriamiento de la superficie corporal y del cerebro. Cuando cesa la digestión, el calor innato se libera del estómago y sube hasta el cerebro, desbloqueando las vías paralizadas por las que discurren los espíritus sensitivos. Se prepara así el despertar[1]. Los dietistas aconsejaban que al levantarse por la mañana el hombre extendiera «las manos y los pies y los otros miembros: porque los espíritus vitales se atraigan a los miembros exteriores y se asutilen los espíritus del cerebro»[2].
El sueño, dice Savonarola, es de complexión caliente y húmeda: «es como ligamen de las virtudes, mayormente de las animales, y confortativo de las naturales. En el sueño cesan las operaciones de los sentidos como ver y oir, no se sienten los dolores, ni el ejercicio de los miembros, y cesa también el flujo de los humores»[3]. Así como el sueño humedece o humecta, «el velar deseca, y por tanto, para desecar el catarro y el reúma los médicos loan y mandan el velar, el cual, hecho moderadamente, conforta la virtud y calor natural y despierta el apetito»[4].
La Escuela de Salerno aconsejaba en su De Regimine Sanitatis: Post prandium dormire; / post coenam, mille passus ire. Precepto que fue literalmente recogido en el refranero: Después de comer dormir,/ y de cenar pasos mil.
Siguiendo a Hipócrates[5], Sorapán avisa que el velar demasiado –quizás como le ocurría a Don Quijote– «deseca la carne y los huesos y deshace el calor natural y enciende el accidental […]: adelgaza las carnes, entristece el alma, deslustra la hermosura, hace los ojos cóncavos, daña la digestión, quita el entendimiento, enfría el cuerpo y requema los humores, y engendra enfermedades agudas y calenturas diarias»[6].
¿Cuál es la sede del sueño, el cerebro o el corazón? Enseñaba Aristóteles en su tratado De somno et vigilia, punto de referencia de autores posteriores, que el sueño es una pasión del «sentido común». Los filósofos aristotélicos sostenían que ese sentido común no puede estar localizado en el cerebro, órgano frío y húmedo, sino en el corazón, porque el corazón sería el órgano primario del organismo y asiento del calor natural, que es el instrumento de las operaciones del alma. Pero los médicos medievales comprobaban empíricamente –por ejemplo, en los síntomas de las enfermedades nerviosas– que las alteraciones del sueño iban ligadas a la patología cerebral, razón por la cual atribuyeron al cerebro las acciones del sueño. Llegaron a escribirse varios trataditos que respondían a la siguiente cuestión: utrum sensus communis sit in cerebro vel in corde. En general se respondía: el sueño está en el cerebro. En esta explicación se admiten tres puntos: 1º Que durante el sueño hay una disminución de los espíritus en el cerebro. 2º Que consiguientemente cesa la transmisión de tales espíritus a los órganos de los sentidos y al movimiento voluntario. 3º Que el sueño es así un reposo de las fuerzas cognoscitivas y del movimiento voluntario[7].
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La hora del sueño
En igualdad de condiciones, el nocturno es mejor: «generalmente todo sueño diurno es malo, engendra fiebres, empereza el cuerpo, da dolor de cabeza, multiplica el catarro –y por eso decía la Escuela de Salerno que todos estos daños se seguían del sueño del mediodía–; además engruesa el bazo, hace amarilla la color, relaja los nervios, debilita el apetito, engendra apostemas, y mucho más daña cuando el hombre de súbito es despertado»[8]. La ocasión más saludable para el sueño es la de la tarde-noche. Porque en la noche «se recoge el calor a las partes internas, por su frialdad, y será más natural el sueño, pues el calor suele asistir en lo más interior»[9].
También Arnaldo, recogiendo el sentir de todos los filósofos y médicos antiguos, nemine discrepante, dice que la mejor hora de tomar la mayor refección el cuerpo es la de la tarde: «por cuanto, luego tras la comida, viene la noche; de donde nacen tres provechos importantes para hacerse la digestión. El primero, la frialdad del aire, porque con el aire frío, mejor se hace la digestión que con el caliente, por cuanto con la frialdad se recoge y aúna el calor natural y viene a juntarse en el cóncavo y partes interiores del cuerpo; y con el calor se disminuye, exhalándose y saliendo hacia las partes de fuera, como se ve de ordinario que las personas comen más en el invierno y tierras frías que en otras. El segundo provecho es la quietud del entendimiento y cuerpo, pues de noche cesan los pensamientos y ocupaciones del día. El tercero, el sueño sosegado, porque con el silencio de la noche no se interrumpe con el estruendo y vocería de la gente, ni se impide con las ocupaciones y negocios»[10].
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La forma de dormir
1. El acostarse de espaldas en los sanos es mala cosa «y apareja el cuerpo a muchas enfermedades, como son perlesía y apoplejía, íncubo y letargia y otras semejantes: porque todas las superfluidades descienden a las partes traseras y no se purgan por las narices como deberían»[11]. ¿Y sobre qué lado dormir? El refranero aconseja echarse a dormir de un lado, pero prudentemente no indica cuál: Comer y beber, sentado; / dormir, de costado.
En suspenso se muestra también Savonarola: «Es mejor dormir primero sobre el lado derecho, por esta razón: que debemos dormir sobre el lado con que mejor se haga la digestión y mejor durmamos, y esto se hace sobre el diestro, como quiere Aristóteles en el Sexto problema[12], y porque se hace mejor digestión cuando se mete el hígado debajo del estómago, porque entonces lo calienta mejor que cuando el hígado está encima, que es cuando dormimos sobre el lado siniestro. Avicena[13] tiene la contraria opinión, que dice que dormir sobre el lado siniestro es mejor; y hay mucha secta de médicos diferentes; mas para concordarlas pondré esta primera conclusión y esta sentencia de Alejandro[14], médico excelente, que dice: duerme templadamente sobre el lado derecho una hora, después sobre el siniestro y así acaba el dormir»[15]. Sorapán indica también, sobre el modo de dormir o acostarse –y siguiendo la tradición medieval–, que «al principio del sueño sea sobre lado derecho y pasado algún espacio de tiempo volverse sobre el izquierdo»[16].
Arnaldo aconseja que, para la buena salud, «se debe, en el primer sueño, dormir sobre el lado derecho: para que el hígado, el cual tiene más calor natural que los demás miembros (excepto el corazón), venga a quedar bajo del estómago, como el fuego que se pone bajo del caldero»[17].
2. ¿Cómo meterse en la cama, vestido o desnudo, calzado o descalzo? Cubierto, pero con los pies descalzos. Los pies calzados pueden producir más calor de lo debido, empujando los humores hacia zonas inconvenientes[18]. Dormir con los pies calzados provoca, pues, debilidad en la vista y encendimiento en todo el cuerpo[19].
De la teoría termodinámica de la digestión se sigue que se debe dormir con la cabeza cubierta y en alto. «Porque como el calor natural durmiendo se junta en lo medio del cuerpo, vienen a quedar los extremos de él con muy poco calor. Y así entonces más fácilmente puede dañarles el frío»[20].
Por lo que se refiere al cubrimiento de la cabeza para dormir, debe recordarse que el cerebro es el órgano de la flema (o pituita), que es fría y húmeda, y recibe durante el sueño menos espíritus que lo acaloren: es preciso, pues, protegerlo del frío[21].
Esta doctrina sobre la hora y la forma del sueño se entendía de un modo general; porque en la vida práctica había que atenerse a la costumbre»[22].
[1] P. Gil-Sotres, op. cit.
[2] Lobera 2, fol. II.
[3] M. Savonarola, 170.
[4] M. Savonarola, 172.
[5] Hipócrates, IV Epidemias.
[6] J. Sorapán, I, 65.
[7] M. Fattori, “Sogni e temperamenti», 87-109.
[8] M. Savonarola, 171.
[9] J. Sorapán, I, 62.
[10] Arnaldo de Vilanova, nº 28.
[11] M. Savonarola, 171.
[12] Problemata, VI, 5.
[13] De regimine aquae et vini, Lib. I, fen. 3, doctr. II, cap. 7.
[14] Pseudo-Aristóteles, Carta a Alejandro.
[15] M. Savonarola, 188.
[16] J. Sorapán, I, 64.
[17] Arnaldo de Vilanova, nº 32.
[18] Arnaldo de Vilanova, nº 30.
[19] Lobera 2, fol. XIII.
[20] Arnaldo de Vilanova, nº 31.
[21] P. Gil-Sotres, op. cit.
[22] J. Sorapán, I, 61.
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