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Propiedades de los sabores

Brueghel de Velours (1568-1625): “El gusto”. Con gran riqueza visual -acentuada con el fogonazo de luz dorada- representa el gusto por una ninfa, sentada a una mesa repleta de ricas viandas, mientras un sátiro escancia el vino en su delicada copa.

Características generales de los sabores

Muchos autores del siglo XIX tenían la teoría de que la percepción del gusto era comparable a la de la visión de los colores, de modo que, si al juntar el azul y el amarillo se produce el verde, también al mezclar varios sabores se lograría un nuevo sabor. En realidad, las cualidades primarias no se fusionan para dar lugar a un nuevo sabor. Voy a destacar algunos caracteres psicológicos y fisiológicos que los sabores encierran:

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Especialización funcional de las células gustativas

A cada sensación sápida fundamental corresponden células o papilas funcionalmente especializadas. Cada sabor no es un grado de un único sabor general, ni se da un «paso» continuo de un sabor a otro. Los sabores son modalidades dis­tintas, sensaciones específicamente diferentes, de manera que el sentido del gusto se diversifica internamente, según la teoría clásica, en cuatro sentidos parciales; aunque hoy debemos indicar un quinto sabor, el umami.

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2º  Posición y cualidad del objeto

Un terrón de azúcar debajo de la lengua no sabe a «dulce» lo mismo que cuando está encima de ella. A su vez, recibimos lo dulce de una forma pobre y mortecina en el azúcar, pero de una manera plena y viva en la fruta. La amputación de la lengua (que fue practicada como castigo por algunos pueblos norteafricanos) lleva consigo la pérdida del sabor dulce y salado. Seguir leyendo

Confluencia de olores y sabores

Brueghel de Velours (1568-1625): “Gusto, oído, tacto”. Con gran riqueza del colorido, preciosismo y alta calidad de los detalles, muestra una estancia inundada de luz. A la derecha de la mesa, una muchacha degusta ricos manjares, simbolizando el gusto; en el primer plano de la mesa resalta un bodegón de caza; y a la izquierda de la mesa, dos niños escuchan embelesados un archilaúd, símbolo del oído

Congregación sensorial de olores y sabores

En la consumición de los alimentos, es llamativa la unión del olor con el sabor. Sin el olfato no hay degustación completa. Pero gusto y olfato son dos sentidos distintos, pues lo son sus objetos (sabores y olores). Cuestión distinta es que en un mismo acto perceptivo queden unificados como lo pueden estar en nuestro mundo el espacio y el tiempo.

Brillat-Savarin estimó que olfato y gusto forman unidad perceptiva, “cuyo laboratorio es la boca, que tiene su chimenea formada en la nariz, o expresándome con mayor exactitud, sirviendo la primera para la degustación de los cuerpos táctiles y la segunda para la de los gaseosos […]. Cualquier cuerpo sápido es, necesariamente, odorífero, lo cual hace que tenga sitio lo mismo en el imperio del olfato que en el del gusto. Nada se come sin que percibamos más o menos reflectivamente su olor; y tratándose de alimentos desconocidos, la nariz funciona siempre como centinela avanzado, gritando: ¿Quién vive? Interceptando el olfato, paralizamos el gusto”. Y cita dicho autor el caso del hombre acatarrado, cuya membrana nasal, al estar irritada, da lugar a que se le borre el gusto, y a que no encuentre sabor a lo que traga. También recuerda el hecho de que si comemos con la nariz tapada, la sensación del gusto se percibe entonces vaga e imperfecta, de modo que en esta situación podemos tragar las medicinas más repugnantes, sin advertir su mal gusto. (Las madres saben perfectamente está técnica para administrar al niño una medicina amarga). Seguir leyendo

Uvas de Muñoz Sola

 

César Muñoz Sola (1921-), “Bodegón con uvas”. Este pintor navarro, de iniciativa realista e impresionista, hereda en sus bodegones el verismo destacado de la pintura del Siglo de Oro, poniendo en ellos alta calidad técnica y gran dominio del color, capturando la gama física de los objetos representados, con sus matices sensoriales.

 

 

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Una cena de Navidad

Rogier van der Weyden (1400-1464): “El nacimiento de Jesús”. Interpreta de modo sencillo el tema religioso de la Natividad. Su estilo es marcadamente gótico, algo hierático. A la época del pintor responden tanto los edificios como las vestimentas de sus personajes, los cuales presentan, no obstante, un marcado corte realista.

La Cena de Navidad es para muchos de nosotros un entrañable momento familiar, muy especial siempre, en el que se enlazan recuerdos, afanes e ilusiones de hijos, padres y abuelos: es un punto álgido de la tradición.

Pero enlazar con la tradición es una meta que me propuse seguir en este blog dedicado al gusto gastronómico. Varias veces he comparado aquí la cocina popular con la cocina vanguardista, pues siempre anduvieron juntas ambas pautas, y nunca a la greña. Y siempre llegué a la misma conclusión: el pulso de la cocina popular lo lleva casi siempre el factor económico. La antigua cabeza de familia ponía, en tiempos de escasez,  todo su ingenio para con pocos recursos dar muchas satisfacciones a los suyos. Sin temor a equivocarme, puedo decir que los mejores platos populares españoles, los más resistentes al tiempo, tienen su origen en esta venturosa fantasía de las abuelas y de las madres.

También hay tradiciones gastronómicas que están a punto de eclipsarse. Por ejemplo, la tradición del pavo de Navidad, antaño tan estimada, está desapareciendo; a veces con un esfuerzo económico exagerado se sustituye ahora por el besugo u otras delicadezas de mar y de tierra, mucho más caras. No puedo discutir el excelente nivel culinario y gastronómico del besugo, ni del bogavante, ni de tantas otras suculencias que se nos ofertan en estas fechas. Pero es que, por ser tan difícilmente alcanzables, están muy lejos de fundirse en una tradición, aunque de vez en cuando piquemos en ello.

 Mi admirable amiga, María Victoria Rodríguez, me envía el menú de una cena de Navidad. Digo que ella es admirable porque hace lo que dice; y su menú cumple los requisitos indispensables para entrar en la alacena de este blog: ser económico, sencillo y popular.

Aquí va su menú de Navidad. Seguir leyendo

Soles y estrellas

 

Vincent van Gogh (1853-1890). Un “amanecer” dulce y lento, bajo la calidez del sol naciente, que emite su bendición a la tierra y excita el terreno para la vida, en todas direcciones: hace desaparecer las sombras y lo llena todo de coloridos reflejos.

 

Quiero hacer una pequeña e inocua reflexión personal, referente a los nombres (“estrellas”, “soles”) aplicados a los galardones que conocidos restaurantes reciben.

Lo cierto es que “sol” tiene cierta ventaja cósmica sobre «estrella», pues siempre fue considerado como una “magna stella”, centro de nuestro sistema planetario.

Ateniéndonos a la vista, miramos a las estrellas  de abajo arriba, para gozar de su excelsitud. En cambio, el sol no puede ser mirado de esa manera, pues perjudicaría nuestros ojos.

Ahora bien, ateniéndonos a los efectos beneficiosos, es claro que el sol significa luz, calor, animación; cosa que no se le puede pedir a una «longinqua stella». Pero es algo que se le debe pedir a un restaurante.

Tiene además el “sol”, como premio gastronómico, la aventurada cualidad innata de “volver”; y así hablamos del tiempo que el sol “parece” emplear en dar una vuelta alrededor de la Tierra (aunque en realidad sucede lo contrario): el año que viene, ya veremos.

Espero que los restaurantes agraciados con “soles” recuerden, para su propio bien, el uso coloquial de “sol con uñas”, que refiere el hecho de que a este astro se le interponen a veces algunas nubes ligeras que no le dejan despedir su luz con toda claridad y fuerza. Y para los que todavía no han conseguido “soles” me permito recordar el dicho tan español de que “aún hay sol en las bardas”, pues no está perdida la esperanza de conseguir algo. Y si no, el tiempo al tiempo.

En fin, hay un calificativo que me permite el refranero, “ser un sol”, y que yo reservo tan sólo para ponderar afectuosamente las cualidades de mis alumnos, de mis amigos y, por supuesto, de mis nietos: sin valoración gastronómica alguna.

El «Régimen de salud» de Arnaldo de Vilanova

El dietista (o el galeno) seguía muy de cerca al cocinero en la Edad Media.

El Regimen sanitatis del médico catalán Arnaldo de Vilanova (1238-1311) fue compuesto hacia 1307 para un sanguíneo, el rey Jaime II de Aragón. Regentaba Arnaldo por entonces una cátedra en la Escuela de Medicina de Montpellier[1]. Fue también médico del rey Pedro III de Aragón y de los papas Bonifacio VIII y Cle­mente V. Sus obras versan sobre metodología médica, fisiología, patología, dietética y controversia religiosa (cfr Arnau de Vilanova). De su texto sobre el régimen de salud hay varios manuscritos latinos. Se imprimió por vez primera hacia 1470; y desde entonces ha sido impreso varias veces en las ediciones generales de sus escritos[2].

La versión publicada por Jerónimo de Mondragón en 1606 con el tí­tulo Maravilloso regimiento y orden de vivir guar­da una corresponden­cia fiel con los textos latinos conservados; y es muy superior a otras traducciones más libres e incompletas que del mismo libro se hicieron en España desde 1519[3]. Es la que ofrezco[4] brevemente anotada y ac­tualizada ortográficamente. Mon­dragón dice expresamente que no tra­bajó sobre una obra im­presa, sino sobre el texto manuscrito «de un libro muy antiguo, traslado del mismo original del autor»[5]. Esta aclaración convierte al texto de Mondragón en una “fuente” preciosa para cotejar otros manus­cristos y va más allá de una simple traducción. Seguir leyendo

Dietética medieval, 11: Emociones positivas

Autodominio emocional

El dominio de las emociones es tam bién un factor dietético o de salud. La melancolía, la ira frecuente, el excesivo tra bajo: estas tres cosas consumen en breve tiempo la vida[1]. Por eso, Arnaldo obser va que «las pasiones y accidentes del ánimo mu dan o alteran el cuerpo terriblemente y ha cen notable impre sión en las obras del en tendi miento; y así, las que son daño sas de ben huirse con mucho cui dado y dili gencia: en particular, la ira y la tristeza».

Por «accidentes» del alma en tendían los Regimina sanitatis no otra cosa que las pasio nes o emociones: lo que le pasa al alma por estar unida a un cuerpo sonpa siones; o lo que le acaece (accidit) en este mismo sentido son acciden tes; lo que le afecta por las cuali dades y com plexiones del cuerpo son afectos. Todos son términos equivalentes que se refieren a los movi mientos afectivos del alma sensitiva, tanto los excitados, como los calmosos. La con veniencia de este capítulo quedó recogida en el adagio: «mens sana in corpore sano«.

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Dietética medieval, 1: Fuentes, libros y autores

Mesa y dietética: la importancia del dietista

 

La gran tradición dietética antigua –la de Hipócrates y Galeno– quedó recogida por los médicos medievales.

La dietética griega es obra de una plé­yade de investigadores, muchos de ellos anónimos, que crearon desde el siglo V a.C. una tradición (el Corpus Hippo­crati­cum) sobre la salud del hombre.

Cuatro de los tra­ta­dos que se atri­buyen al médico griego Hipócrates (460-375 a.C.) están dedicados a los temas de la alimentación y de la dieta. Una vida sa­ludable requiere el equilibrio entre los «alimentos» que provocan un es­ta­do de plétora corporal y los «ejercicios» que sus­citan la eva­cuación, dentro de un «ambiente» ade­cuado en sus aires y en sus lugares. El sueño incluso es un factor nece­sario para «estar en forma».

La doctrina dietética hipocrática quedó ab­sorbida en el De sani­tate tuenda de Galeno[1] –médico griego que vivió en­tre el 129 y el 201 d.C., y que ejerció en Roma su actividad–, cuya siste­mática elaboración se extendió a lo largo de la Edad Media a través de los médicos árabes[2] y de las versiones que a su vez se hicieron de estos al latín por los mé­dicos del sur de Italia (especialmente Cons­tantino el Africano, muerto en 1087) y por la escuela de traductores de Toledo (principal­mente por Gerardo de Cremona, muerto en 1187).

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Importante para el estudio de los ali mentos vegetales fue la obra de Dios córides Pedanus –médico de la época de Nerón y de Ves pasiano– estudioso de la botánica médica en un herbario conocido como De materia me dica. Interesante fue también la Diaeta Theo dori[3], un texto atri buido a Priscia nus Theo dorus, com puesto en el siglo IV, siendo quizás una re co pilación de otras fuentes antiguas. Otro tex to importante es el De observa tione ciborum[4], del médico Anthi mus[5], ex pul sado de Constantinopla hacia el año 477. Seguir leyendo

Dietética medieval, 2: Componentes fisiológicos

Modelo fisiológico dinámico

A la pregunta por el número de elemen tos básicos que componen el cuerpo huma no, un dietista antiguo respondería indi cando el cuadro adjunto


 

 

 

 

Pero a la misma pregunta, un dietista actual respondería indicando las cantidades adecuadas de oxígeno (65%), de carbono (18%), de hidrógeno (16%), de nitrógeno (3%), de calcio (2%), de fósforo (0,25%), de potasio (0,20%), de azufre (0,20%), de sodio (0,10%), de magnesio y hierro (-0,05%).

Pero un dietista medieval habría seguido explicando las siguientes  tesis bio-psicológicas.

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Dietética medieval, 3: Fuerzas y espíritus

Fuerzas o «virtutes»

 

En la dietética medieval es importante la doctrina de las fuerzas or­gá­nicas o virtutes, la cual se entronca con la teoría platónica y aristotélica del alma, el más radical y primario principio opera­tivo de todo el viviente. El alma hu­mana muestra tres nive­les, fuerzas o poten­cias: el racional (lógico), el irascible (fogo­so) y el concupiscible (deseos). Galeno establecía el primer nivel en el ce­re­bro, el segundo en el corazón y el tercero en el hígado. El alma se expresa, pues, en potencias o virtu­tes, modos de apa­ri­ción del alma misma.

La virtus es el principio particular de la operación en cualquier órgano[1].

1º La pri­mera virtus es la naturalis (physiké), con sede en el hígado, y preside las fun­ciones de reproduc­ción, nutrición y creci­miento.

2º La segunda virtus es la vitalis (zotiké), que se ori­gina en el corazón, con­cretamen­te en el ventrículo iz­quierdo, y mediante la acción que el calor cordial ejerce sobre la sangre sutil que allí penetra por el ta­bique interventricular rige la respi­ración y el pul­so por todo el cuerpo: su función es car­dio­rrespiratoria. 3º La tercera virtus es anima­lis (psychiké), a la vez cognitiva (mediante la cual se produce el conocimiento animal de sentir, imaginar, esti­mar y recordar) y motiva (afincada en los nervios y múscu­los, de la cual depende el movimiento vo­luntario y la vida de re­lación). Seguir leyendo

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