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Tradición de la cocina palaciega

Editada por Castalia en 1997, La cocina de palacio (1561-1931), cuya autora es María del Carmen Simón Palmer, es una obra basada en la documentación inédita que se conserva en el Archivo del Palacio Real de Madrid. En ella identificamos los que fueran cocineros reales, la batería de platos que ofrecían diariamente a los reyes, las bebidas, el protocolo y la etiqueta real.

El libro comienza en pleno Siglo de Oro y termina con el reinado de Alfonso XIII; y se acompaña con ilustraciones de cuadros y grabados a todo color. Una de las lecciones más interesantes que nos brinda este libro es que hubo una interrelación de los cocineros de las diferentes monarquías, y que el  saber de estos fue auténticamente internacional.

 

Una historia de la alimentación

Esta obra, bastante voluminosa (Fayard, 2009), en la que han participado unos cincuenta historiadores, se realizó bajo la dirección de Jean-Louis Flandrin (1931-2001) cofundador de la revista internacional Food & Foodways, y de Massimo Montanari (1949-), especialista en alimentación de la Edad Media. Es una seria y valiosa contribución a la historia de los fenómenos alimentarios, desde la agricultura a la culinaria, pasando por la gastronomía. Nos indica cuándo se empezaron a cocer los alimentos, las manera de comer, las variables socio-alimentarias, las épocas de escasez y de abundancia, las culturas que interpretan el alimento, las técnicas producción y de preparación, las representaciones dietéticas y religiosas, los progresos en la mejora de alimentos y en la elaboración culinaria, etc. Aparece también la función del pan, del vino, de las especias.

Recorremos el mundo alimentario desde la antigua Mesopotamia hasta la moderna América, pasando por los egipcios, griegos, romanos, bizantinos, judíos y árabes.

Un rasgo importante de la obra es la atención que pone en destacar las influencias de unos modos culturales en otros, o sea, la interrelación cultural de la alimentación y de la gastronomía, fenómeno siempre nuevo y siempre antiguo.

Hambre y apetito

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), "Niños comiendo melón y uvas". Con más apetito que hambre, los mozalbetes "regustan" el dulce melón y la uva madura. El azúcar y las vitaminas de estos productos son suficientes para regular y equilibrar el estado metabólico del organismo (efecto sobre el "hambre"), además de colmar el "apetito" con su sabor sobre las papilas gustativas linguales.

Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), «Niños comiendo melón y uvas». Con más apetito que hambre, los mozalbetes «regustan» el dulce melón y la uva madura. El azúcar y las vitaminas de estos productos son suficientes para regular y equilibrar el estado metabólico del organismo (efecto sobre el «hambre»), además de colmar el «apetito» con su sabor sobre las papilas gustativas linguales.

El impulso humano de alimentación

De una manzana recibimos sen­saciones de diversas cualidades (olor perfumado, forma suave, etc.). Pero la manzana no es apetecida por ser un objeto bello, sino por­que responde a mi necesidad de ali­mento, al im­pulso primario que siento de conservarme.

No obstante, esa necesida­d no se encuentra en el hombre en estado puro, como en los meros anima­les, sino modificada por la experiencia inteligente y la vida social: permanece como orienta­ción general, modificada o refrenada por la inteligencia; asimismo, la voluntad de­liberada tiene el poder de amortiguar el efecto explosivo del impulso instintivo mediante un acto inhibitorio. El instinto de alimentación se hace plástico y multiforme al contacto con la inteligencia y la voluntad. Por eso el hombre, a diferencia del animal, adapta el instinto a la alimentación, y no la alimentación al instinto.

Cuestión distinta es la capacidad, meramente fisiológica, que el hombre tiene de resistir al hambre y a la sed: se ha comprobado que puede estar más de cua­renta días sin comer, pero tan sólo seis o siete días sin beber.

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Lo viejo y lo nuevo de las especias

Las varias "rutas de las especias" estuvieron asediadas por la piratería, en el Mediterráneo, en el Atlántico, en el Índico. Tal era su codiciado valor económico.

Las especias en el mundo antiguo y medieval

En su discurso de ingreso en la Academia Navarra de Gastronomía, Dña. Paloma Vírseda ha realizado una convincente reflexión sobre el uso actual y, especialmente, futuro de las especias, que el lector puede encontrar en este blog con el sugerente título La ruta de las especias en el siglo XXI.

Sobre la nomenclatura y utilización histórica de las especias escribí hace algún tiempo varias páginas en mi Dietética Medieval, de las que aquí daré una breve noticia, con el ánimo de que el lector vuelva luego al escrito de Vírseda.

Ya los romanos exigían una condimen­tación esmerada en sus comidas y estable­cieron hasta la India rutas de la pimienta, adqui­rida a cambio de vinos y metales pre­ciosos. Pero de cada dos bar­cos que salían del imperio sólo uno regresaba a salvo. Este riesgo, unido a la enorme distancia que debían recorrer, hizo que, por ejemplo, el precio de la pimienta fuese exorbitante. Seguir leyendo

La salud en la cocina medieval

En el libro «Dietética medieval» (Alifara Estudios, 1997) Juan Cruz Cruz presenta las claves de los regímenes de salud antiguos al filo de un episodio del sanguíneo Sancho en «El Quijote». Se vale para ello de varios textos antiguos, especialmente del «Régimen de salud» del médico medieval Arnaldo de Vilanova. El autor vuelve la vista atrás para comprender cómo entendían los medievales sus necesidades de mantenimiento y el efecto de los alimentos sobre su propio organismo. Los dietistas medievales, aunque desconocían qué es oxidación o anhídrido carbónico, intuían muchas cosas básicas sobre la nutrición que hoy sabemos a través de la experimentación científica. A modo de apéndice, se ofrece la traducción, debidamente anotada, de la obra de Arnaldo de Vilanova.

La incorporación de esta obra a la bibliografía actual, más allá del ámbito universitario, quiere dar satisfacción también a quienes desean adquirir una sólida cultura alimentaria y pretenden comprender mejor la literatura gastronómica de otros tiempos -los recetarios también- que con esta aportación se hace comprensible y amena.

 

¡Sabe y huele que alimenta! Los sabores medievales

 

Escena del Tacuinum Sanitatis (s. XIV), "Recogida de ajos". El sabor y el olor de determinadas plantas tenían no sólo función saporífera, sino también medicinal (curativa o no). Se creía que el sabor y el olor del ajo en concreto servían también para ahuyentar el mal (físico o psíquico).

Amplitud del gusto medieval

 

Al tratar de los sabores y condimentos, los medievales estudiaban en primer lugar la índole de los órganos receptores y las cualida­des gustativas más aceptadas en su propia área alimentaria. Desconocían, eso sí, la anatomía y la fisiología de las papilas gustativas linguales, por lo que se veían obligados a indicar la posible relación que los sabores conocidos tendrían con la constitución corporal, considerada por entonces como una mezcla de cuatro cualidades elementales o básicas: húmedo, seco, frío, caliente.

 

El número de sabores

 

En lo referente al gusto afincado en la lengua, nosotros distinguimos cuatro sabores básicos: lo dulce, lo salado, lo ácido y lo amargo. De ellos son responsables cuatro tipos de papilas gustativas distintas. Y en ningún caso se le atribuyen propiedades nutricionales por sí mismos. Seguir leyendo

Cocina popular y cocina internacional

Claude Joseph Bail (1862-1921), «Le Petit Cuisinier». El buen cocinero se hacía en la cocina, desde pequeño. Con trazo realista, el pintor representa una posible situación lúdica del aprendiz, con un gato en el hombro.

 

La cocina popular: un gran pasado

La urbanización ha transformado la relación del hombre con las viandas, consumidas ahora por mucha población en autoservicios o enlatadas con escasa calidad gastro­nómica. Se han perdido en los pueblos de España, por ejemplo, las tradicionales maneras caseras de realizar las “matan­zas” de cerdos y ovejas, con las opor­tu­nas recetas de preparar carnes en ado­bo, chorizos, jamones, morcillas, buti­farras. Las recetas tradicionales y familia­res de quesos y embutidos (que exigían un deli­cado tra­tamiento y una profunda y con­tinua inspección) son imitadas leja­na­mente y aplicadas por las modernas in­dustrias alimentarias, muchas de las cua­les sustituyen la lenta maduración por el control químico.

En realidad, siempre ha existido, junto a la cocina popular, una cocina experimental, surgida o bien el deseo inventivo de los próximos o bien por el influjo novedoso de lo foráneo.

La cocina popular lega modelos culinarios

Los “modelos cu­linarios” vienen a ser como los grandes temas de una fuga musical de sabo­res, cuyas variaciones organísticas se encuentran en un espacio muy amplio. Baste pensar, por ejemplo, en el “modelo culinario” español de la humilde mor­ci­lla y en sus variadísimas modu­laciones regionales: de cebolla, de arroz, etc. Digamos lo mismo de la paella, las migas, la olla (con sus variaciones de pote, escudella, pilota, cocido), la fa­ba­da o el gazpacho.  Estos “modelos cu­linarios” de la cocina popular están tan profundamente arraigados en el pueblo que acaban emergiendo incluso cuando la cocina entra en crisis de identidad.

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Gastronomía de «La lozana andaluza»

Una obra literaria

Francisco Delicado (1475-1535) fue un clérigo y escritor andaluz de la época del Renacimiento. Publicó la mayor parte de sus obras en Italia; concretamente publicó en Venecia su obra más famosa, Retrato de la lozana andaluza (1528), vida de una mujer inteligente, desenfadada y liviana.

En una página de esa obra, Delicado pone en boca de la Lozana unos bellos párrafos que retratan lo más entrañable de la cocina hispanojudía e hispanoárabe remansada en las costumbres del pueblo jiennense y cordobés de aquel tiempo. Muchos de los nombres culinarios que allí aparecen siguen vigentes en esa zona. De ahí la importancia del siguiente texto. Seguir leyendo

Primero fue el asado

Ignacio Manzoni (1797-1888), "El asado". Imagen costumbrista de la Pampa argentina.

Al calor del fuego

La cocción de alimentos es un fenó­meno cultural que ha tenido una in­fluencia decisiva en la fisiología y en la morfología del hombre. Cocer es hacer comestible un alimento crudo sometiéndolo a ebullición o a la acción del vapor, o sea, sometiéndolo  a la acción del fuego en un líquido para que comunique a éste ciertas cualidades. Pero antes de ser hervido, el alimento fue asado.

Los hallazgos arqueológicos en los yacimientos más impor­tantes del hombre primitivo delatan que la técnica del asado fue la más usada en pueblos de recolec­tores-cazadores. Los antropólogos esti­man probable que el descubrimiento del asado fue accidental o azaroso: por ejemplo, un rayo cae sobre un bosque y quema al­gunos de sus animales; estos, al ser consumidos por curiosidad, muestran unas cualidades gastronómicas nuevas e insospechadas. Seguir leyendo

Cocina y gastronomía como cultura

Jan Josef Horemans (s. XVIII), "La Cocinera". Escena de la vida cotidiana en la cocina de un antiguo hogar europeo.

El hombre, un «comedor» universal

Entre todos los vivientes, sólo el hom­bre, al intentar alimen­tarse, produce una cocina gastronómica. También los animales se nutren -dice Dancer-, pero no tienen una cocina. Acaso la práctica de la fermentación de algunos productos, como el hueso que el perro entierra, sea ya un embrión de «cocina», o sea, de preparación y perfeccionamiento del ali­mento. Pero la cocina, como perfecciona­mien­to de la alimentación, es un fenó­meno de tipo estrictamente cultural: y aunque exista algún rasgo de cocina en algunos animales, es el hombre el que la somete a in­venciones y la de­sarrolla. A su vez, la gastronomía es un paso más hacia un progresivo perfeccionamiento de la coci­na misma. Seguir leyendo

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